Talleyrand. La Revolución, al fin. VII
Cuando en noviembre se puso en marcha la disposición, por la que los ingresos de la Iglesia pasaban al Estado, lo gerifaltes de la misma renovaron sus ataques, a lo que Charles-Maurice respondió que, prejuicios aparte y, viendo hacia donde se encaminaba la situación, acababa de salvar a la Iglesia en Francia: “Estoy convencido, escribió, de que la medida tomada era el único medio, para salvar al clero del destino funesto que le esperaba”. Con ella había evitado, aseguraba, la eliminación de toda la Iglesia, como había hecho Cromwell en la vecina Inglaterra. Es muy posible que tuviera razón y, fuerza es reconocer, por si puede servir de atenuante al “desmán”, que fue también el detestado obispo de Autun, convertido en ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, la pieza esencial en la negociación del Concordato de 1801, para escándalo de auténticos liberales como Mme de Staël.
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