Capitán Richard F. Burton. Harar, ciudad prohibida. XIX
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
De vez en cuando se veían a lo lejos grupos de nómada que merodeaban al acecho, aunque nunca se desatara un ataque contra la caravana.
Sólo un “bárbaro aficionado” pudo haberse sentido como en su propia casa, en medio de los escenarios que fueron repitiéndose día tras día. Viajaban por entre seres casi tan salvajes como los animales, seres que amenazaban con atacarles, o que huían despavoridos, seres irremediablemente amiseriados, en mucho peor situación que las tribus del desierto o de la jungla. Los hombres de la tribu ïsa tenían “un aspecto tan salvaje como el que sus bocas abiertas, sus ojos como platos, fijos, sus cabellos enmarañados, podía darles y, miraban con extrema codicia el manto escarlata de Burton… cuya incitante textura hubo de ser tironeada y palpada por una grasienta muchedumbre”.
Los somalíes, aun cuando fuesen guerreros, no se mostraban impresionados por las armas de fuego. Los guerreros estaban convencidos, de que la verdadera prueba de la hombría, era la destreza con la espada o la lanza, “Fara la jabalina o la daga. Para silenciar estas críticas, Burton abatió a un ave. Cuando los hombres de un kraal musitaron audiblemente “un apelativo ominoso, “Faranj” o forastero”, apuntó contra un buitre. “La bala que atravesó el pájaro de parte a parte, causó un grito de asombro… Luego, cargando la escopeta con perdigones, que aquello beduinos jamás habían visto, derribó otro buitre en pleno vuelo. Aquella hazaña despertó un nuevo griterío…
Burton se adentraba por la primera de las mesetas y, entre los “gudabirse” que habitaban los cerros. “Me encontré con la primera cara verdaderamente bonita que pude ver en tierra de los somalíes… Tenía la piel de un cálido, intenso olor a avellana, todo un encanto en estas regiones y, en sus movimientos había una gracia que hacía pensar en una perfecta simetría… Una pieza de tela cubría de una forma imperfecta el pecho y, unas enaguas de trozos de cuero terminaban por desvelar el misterio de sus formas.
Amanera de tributo a la belleza de la joven, Burton le regaló tela, tabaco y, una parte de su valiosa, por escasa, provisión de sal.
Burton se había adentrado ya mucho por el altiplano; y tanto las aldeas como sus habitantes tenían un intenso sabor, propio del África Central. Días más tarde llegó a una población llamada Wilensi, que iba a servir como último descanso, antes de emprender el último asalto a Harar.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.