Capitán Richard F. Burton. Harar, ciudad prohibida. XVII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Se desayunaba a las seis, cando comenzaba a apretar el calor del día, una pesada colación a base de pasteles de cereal de holcus y cordero asado, de la que se daba cuenta acuclillado en el suelo, sin alfombra, en torno a una banqueta circular. Se sumaban al desayuno algunas visitas y, a Burton se le regañaba cuando empezaba a flaquear su apetito. Luego, una siesta y después más visitas. Era llegado el momento de labrarse una reputación de hombre íntegro y piadoso, ente los somalíes. Había llevado abundantes libros consigo, en su mayor parte libros religiosos, entre ellos el Corán y, algunas obras sufíes; tuvo que enseñar en el momento oportuno su diploma de “murshid”, para dejar sentadas sus credenciales de sufí. Por lo que todo el mundo llegaba a saber, con la única excepción de Sharmakay, era un mercader árabe, un hombre distinguido, que además había realizado el peregrinaje a La Meca. Era capaz de hablar con gran fluidez sobre asuntos de religión, aunque a menudo prefería relatar cuentos de Las Mil y una noche para deleite de sus visitas.
Por las tardes se dedicaba a escribir su diario y, cuando el aire empezaba a refrescar, salía con sus amistades y acompañantes a dar un paseo a orillas del mar. En la costa misma había una minúscula mezquita en la que muchos de los asistentes jugaban a una especie de ajedrez rudimentario o, bien se dedicaban a realizar ejercicios atléticos, gimnasia, lucha libre y deportes por el estilo. “Bien pronto”, alardea Burton, “adquirí la reputación de ser el hombre más fuerte de toda Zaila” y añade: “Esta es tal vez la forma más simple de ganarse el respeto de un pueblo bárbaro, que honra el cuerpo y degrada la mente, considerándola mera astucia”.
Los viernes, el día festivo del islam, Burton asistía a la jãmi, o mezquita catedralicia. Consciente como siempre de la necesidad de impresionar a todo hijo de vecino, Burton entraba en la mezquita acompañado por un criado que portaba su estera de oraciones y, avanzaba por entre “la mirada fija de trescientos pares de ojos, pertenecientes a los fieles arrodillados a un lado y a otro”, hasta la parte de delante de la mezquita, en donde recitaba la consuetudinaria oración acompañada de dos reverencias. Después colocaba la espada y el rosario ante él y, con un grasiento ejemplar del Corán en la mano, recitaba “con voz altisonante” un capítulo del libro sagrado. Para esta lectura en público le agradaba, al parecer, seleccionar un extracto del famoso “capítulo de la vaca” (azora 2). Tras la lectura, Burton se explayaba comentándola. La azora, con sus 286 versos, contiene la esencia misma del Corán y, constituía la base ideal para explicar y demostrar su conocimiento de la doctrina islámica.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.