Mecánica cuántica. Los doctores del Espín. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
En septiembre de 1918, Wolfgang Pauli, abandonó lo que el mismo calificaba como el “desierto espiritual” de Viena. Con el imperio austro-húngaro al borde de la extinción y, desparecidas ya las antiguas glorias de Viena, Wolfgang lamentaba la ausencia, en su universidad, de físicos punteros. Podría haber ido a cualquier otro lugar, pero finalmente decidió estudiar física en Múnich, con Arnold Sommerfeld. Después de rechazar una cátedra en Viena, Sommerfeld llevaba ya 12 años, encargándose del departamento de física teórica, de la Universidad de Múnich, Y ya, desde el mismo comienzo, en 1906, Sommerfeld decidió crear un instituto que sería “una especie de guardería dedicada a la física teórica”.
Sommerfeld era un profesor excepcional, con un extraño talento natural para poner a prueba, las capacidades de sus discípulos. Y, cuando llegó el momento, de determinar el talento para la física del joven Pauli, Sommerfeld no tardó en reconocer, que se hallaba ante una figura muy prometedora. Y, aunque no fuese una persona fácilmente impresionable, cuando, en enero de 1919, se publicó un artículo sobre relatividad general, que Pauli había escrito, antes de abandonar Viena, Sommerfeld se dio cuenta de que, en su “guardería”, se hallaba un estudiante de primer curso que, pese a no haber cumplido los 19 años, era considerado por muchos, como un auténtico experto en relatividad.
Pauli no tardó en ser conocido – y también temido – por su incisiva crítica de las ideas nuevas y especulativas. Hubo quienes, debido a sus inflexibles principios, acabaron llamándole “la conciencia de la física”. Corpulento y con ojos saltones era, en todos los sentidos, el Buda de la física, aunque un buda con una lengua, ciertamente corrosiva. Era admirado por todo el mundo y, su comprensión intuitiva de la física no tenía, entre sus contemporáneos parangón, llegando incluso, en opinión de algunos, a superar al mismísimo Einstein. Y lo cierto es que todavía, era más estricto con su propia obra, que con la de los demás. Su comprensión de la física y de sus problemas, era tan completa que, en ocasiones, llegaba incluso a impedir, el libre ejercicio de sus facultades creativas. A ello se debe que, descubrimientos que perfectamente podría haber realizado, si su imaginación e intuición hubiesen volado más libremente, se vieron en realidad, llevados a cabo por colegas no tan perspicaces, aunque sí más espontáneos.
La única persona, ante la que se mostraba inseguro, era Sommerfeld. Aun cuando ya era un físico famoso, quienes habían sido blanco de sus invectivas, se quedaban sorprendidos al ver a “la ira de Dios”, respondiendo a su antiguo profesor (Sommerfeld), con un escueto “Ja, Herr Proffessor” o “Nein, Herr Proffessor”. Difícilmente reconocían en él al hombre que, en cierta ocasión, espetó a un colega: “No quiero decir que pienses lentamente, sino tan sólo que publicas más deprisa de lo que piensas” o, que en otra ocasión concluyó, después de leer un artículo: “No es tan solo que no sea correcto, sino que ni siquiera llega a ser incorrecto".
En un claro ejemplo, de la alta consideración en la que le tenía, Sommerfeld solicitó a Pauli su colaboración, para escribir un gran artículo sobre la relatividad, para la Enciclopedia de Matemáticas. Sommerfeld había aceptado, la tarea de editar el primer volumen de la Enciclopedia, que trataba de física. Cuando Einstein declinó la invitación, Sommerfeld decidió escribir sobre la relatividad, pero descubrió que no tenía tiempo para ello. Y, cuando se dio cuenta de que necesitaba ayuda, no dudó en buscarla en Pauli. Ese artículo, que acabó viendo la luz en 1921, dos meses después de que Pauli se doctorase, siguió siendo, durante décadas, la obra definitiva sobre el tema y, mereció una alabanza incondicional del mismo Einstein.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.