Capitán Richard F. Burton. Harar, ciudad prohibida. XXIII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Concluida la entrevista y, tras repetir las formalidades del principio, Burton y sus acompañantes fueron conducidos a una casa en la que había de residir los siguientes 10 días. Se les daría de comer tres veces al día, alimentos traídos de las cocinas del propio gobernante.
Burton conoció a otros oficiales y cada encuentro se fraguó en la más absoluta incertidumbre, ya que:
“Me encontraba bajo el techo de un príncipe fanático, entre un pueblo que detestaba a los extranjeros; además, era el único europeo que hubiese logrado traspasar su hostil umbral y, el instrumento elegido por el destino para su futura caída”.
Cuan cierta y trágica iba a ser esta afirmación, es algo que Burton no podía saber por entonces. Fue ciertamente el instrumento que propiciaría la caída de la ciudad. El “encantamiento guardián” se había hecho pedazos y, en el plazo de una generación los temores más supersticiosos que albergaba Harar se hicieron realidad. Veinte años después, la ciudad era poco más que un lugar exótico y acabado, que sucumbía ante la civilización a marchas forzadas.
El Amïr, que tan sencillamente podría haber matado a Burton sin previo aviso, manifestó escasas muestras de amistad. De todos modos, pareció interesarse por trabar cierta relación con los ingleses, que al fin y al cabo poseían grandes embarcaciones y eran de sobra conocidos, por haber conquistado a tantos pueblos. Y hay que señalar que la transmisión de información entre los nativos era tan exacta que, según Burton, estaban incluso enterados de la guerra de Crimea. Lo que también preocupaba al Amïr y, no poco, era que los inglese tal vez pudieran interferir en el comercio de esclavos, que tantos ingresos les proporcionaba. Burton se dio cuenta de que no iban a dejarle partir, así como así: los retrasos empezaron a multiplicarse. Burton pasó diez días en una especie de limbo. Debido a la precariedad de su situación no se atrevió a escribir ni siquiera en la privacidad de su alojamiento, ni tampoco tomó nota de lo que más le importaba, una gramática elemental de la lengua hararí. Estimó que la altitud era de 1.620 metros. (en realidad, es de 1.800) y también precisó con toda exactitud la latitud y la longitud de Harar.
Además, en todo momento había mujeres disponibles. Burton pasó un cierto tiempo con las esclavas gallas. A Burton, todas las mujeres le parecían invariablemente hermosas. Burton descubrió que las esclavas gallas eran adeptas a una técnica bastante popular en el este de África y Egipto, de la cual iba a hacer mención en sus escritos eróticos.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.