Talleyrand. La Revolución, al fin. VIII
La situación en Francia se complicó para todos. Una cosa era que Talleyrand hiciera con su estado lo que quisiera y otra muy diferente que pretendiera imponer a los franceses, que se consideraban católicos (empezando por el clero mismo) la desobediencia al papa de Roma, una imposición que también parecía desconocer, los tan alabados derechos humanos. Convencido de que la Iglesia debía ser reformada de arriba a abajo, Charles-Maurice no se detuvo. La nacionalización de sus bienes no había puesto punto final a la hostilidad del pueblo alzado. No pocos imaginaban, conociendo la afición del abbé de Périgord a hacer negocio con todo, que iba a aprovechar la disposición para hacerse personalmente con parte de lo expropiado o especular con ello en beneficio suyo. Solo faltó la proclamación de la Constitución civil del clero.
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