William Mulloy, el profesor de Wyoming, había escogido para sí, una prometedora tarea. Era el primer arqueólogo que atacaba aquel “abu” (el Vinapu) extraordinario, fuente de sorpresas para cuantos exploradores y viajeros, lo habían visto. Como sus cientos de parientes esparcidos por la isla, consistía en una plataforma rectangular elevada, plana y pavimentada en su parte superior, formada por grandes bloquee de piedras, tallados y ajustados entre sí donde, al parecer, se rendía culto a los ancestros. Encima de esta terraza-altar se colocaban “papa-ebe” (discos de piedra) de 2 a 3 metros de diámetro y, 20 a 30 centímetro de espesor, destinados a servir de pedestales a los “moái”. La estructura completa incorporaba “avanga” (cintas funerarias) en su parte trasera y, una “tahua” (terraza inclinada) adornada con hileras de “poro” (cantos marinos ovalados), separados por un relleno de “kikiriporo” (chinas de basalto) delimitaba el altar por delante. Hoy, Vinapu es solo una gloriosa ruina, pero lo excepcional, lo que lo hacía único, sigue patente en lo que aún se conserva de su obra de sillería: los bloques encajan unos con otros tan milimétricamente que, a semejanza de las ciclópeas construcciones murales del Imperio Incaico, no hay espacio ni para introducir una hoja de afeitar. A todas luces, Vinapu se alza como un reflejo de las obras maestras más clásicas, de los predecesores de los incas. No existe nada similar, en ninguno de los incontables archipiélagos, salpicados en la inmensidad del Pacífico.