Mecánica cuántica. El átomo cuántico
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Cuando, en noviembre de 1913, vio la luz la tercera parte de la “Trilogía” de Niels Bohr, Henry Moseley, otro miembro del equipo de Rutherford, había confirmado la idea de que la carga nuclear del átomo, es decir, su número atómico, era un número entero característico de cada elemento y, el parámetro clave que decidía su ubicación, dentro de la tabla periódica.
Por aquel entonces, se sabía que los rayos X eran una forma de radiación electromagnética, de una longitud de onda miles de veces más corta que la de la luz visible, generada cuando un haz de electrones, que poseían la energía suficiente, impactaba sobre un determinado metal. Bohr, por su parte, creía que los rayos X se emitían, cuando un electrón de los niveles más internos, se veía expulsado de un átomo y, otro electrón procedente de un nivel superior saltaba al inferior, para rellenar el hueco. La diferencia existente, entre los dos niveles de energía era tal, que el cuanto, de energía emitido en la transición, era un rayo X. Bohr se dio cuenta de que, con su modelo atómico, era posible determinar la carga del núcleo, utilizando la frecuencia de los rayos X emitidos. Era sí, un hecho intrigante, que había discutido con Henry Moseley.
Con una capacidad de trabajo extraordinaria, que sólo podía equipararse a su fortaleza, Moseley permanecía en el laboratorio toda la noche, mientras todo el mundo dormía. Al cabo de un par de meses, había medido la frecuencia de los rayos X, emitidos por todos los elementos, que separan el calcio del cinc. De ese modo descubrió, que cuanto más pesados eran los elementos bombardeados, mayor era el aumento de frecuencia, de los rayos X emitidos. Mosley predijo la existencia de elementos perdidos, con números atómicos de 42, 43, 72 y 75. Pero cuando esos 4 elementos, se vieron posteriormente descubiertos, Mosley ya había muerto, porque, al empezar la PGM, se enroló en el cuerpo de ingenieros y, sirvió como oficial de señales. Pero murió, de un disparo en la cabeza, el 10 de agosto de 1915 en Gallipoli. Una trágica muerte que, a los 27 años, le privó de un premio Nobel seguro. La atribución exacta de Bohr, a las líneas de Pickering-Fowler y, el revolucionario trabajo de Mosley, sobre la carga nuclear, estaban empezando a respaldar el átomo cuántico.
Cuando, en julio de 1913, se publicó la primera parte de la “Trilogía” de Bohr, al mismo le fue ofrecido finalmente, un puesto de profesor en la Universidad de Copenhague. Al poco tiempo, sin embargo, se sintió decepcionado, porque su mayor responsabilidad, consistía en enseñar física elemental, a estudiantes de medicina. Bohr emprendió la tarea, de tratar de establecer una nueva cátedra de física teórica, para sí mismo. Pero esa sería una empresa difícil porque, fuera de Alemania, la disciplina de física teórica, no contaba con un gran reconocimiento. “En mi opinión – escribió Rutherford – el doctor Bohr, es uno de los más capaces y más prometedores, jóvenes físicos matemáticos europeos, de la actualidad”. Aunque el inmenso interés que despertó internacionalmente su trabajo, le garantizó el respaldo de todo el cuadro docente, la dirección de la Universidad, decidió posponer, una vez más, cualquier de cisión. Fue entonces cuando, un Bohr desalentado, recibió una carta de Rutherford, ofreciéndole una vía de escape.
“Me atrevo a decirle que la titularidad del puesto de Darwin (nieto del famoso naturalista) ha expirado y, que estamos buscando a un sucesor, con un salario de 200 libras”. Las investigaciones preliminares que, al respecto, hemos realizado, no parecen prometer la presencia de muchos candidatos. Me gustaría contar con un joven original”. Y no cabía la menor duda, después de haber subrayado, la “gran originalidad y méritos” del danés, de lo que Rutherford estaba pidiéndole.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.