Niels Bohr y Rutherford. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Como decíamos, la estructura atómica ideada por Ernest Rutherford, era inestable.
Niels Bohr pensaba de otra manera. Nada dispuesto a dejarse desanimar por las leyes de la ciencia, Bohr se propuso hallar otra solución, que apoyara la estructura atómica “imposible” de Rutherford. Bohr estaba convencido, de que el modelo “sistema solar” del átomo, era demasiado bueno para ser mentira. Explicaba tantas cosas hasta entonces inexplicables. Y Bohr fue uno de los primeros en percatarse de ello.
Cada elemento de la Tabla Periódica tiene un número atómico, que indica su posición en la misma y, por tanto, sus propiedades. Este número, estrechamente relacionado con el peso, refleja obviamente, el número de unidades de carga eléctrica positiva, que hay en el núcleo. Éste sería, por lo general, igual al número de electrones negativos, en la órbita del núcleo. Las propiedades físicas y químicas de un átomo dependen, evidentemente, de las órbitas de dichos electrones. Su facilidad para tomar o desprender electrones, dependería de la posición de la órbita. Diferentes tipos de órbita podían incluso explicar, cómo había diferentes elementos y, como sus propiedades recurrían, como lo hacían en la Tabla Periódica. ¡Caramba, el modelo de Rutherford, lo explicaba “todo”! “Tenía” que ser correcto, ¡aunque supusiera negar las leyes de la física! Después de todo, Bohr ya las había cuestionado, en su tesis sobre la teoría del electrón en los metales.
Para explicar, como Bohr se las arregló, para resolver este problema aparentemente insuperable, primero es necesario comprender exactamente, cuáles eran las leyes de la física. En aquella época, en el paso del XIX al XX, las leyes de la física se basaban, en los supuestos fundamentales de la física clásica, es decir, de la visión física del mundo, desarrollada principalmente por Galileo, Newton y, más tarde, Maxwell. Dicha visión consideraba el Universo, como una máquina vasta y compleja, que operaba siguiendo principios estrictamente mecánicos, en tiempo absoluto y espacio absoluto. Todo movimiento del Universo, obedecía a una causa. La secuencia de causa y efecto, era rígida e inmutable. Todo estaba determinado y, era, por tanto, explicable. Había dos formas de energía: la que poseían las partículas en movimiento y, la que viajaba en forma de ondas (como la luz, las ondas de radio, etc.). El comportamiento de la primera, se asemejaba a bolas de billar chocando, el de la segunda a las olas desplazándose sobre la superficie del mar. Estas dos formas de energía, eran mutuamente excluyentes.
Como explica la teoría de la gravedad de Newton, los cuerpos se atraen unos a otros, según su masa y la distancia que los separa. Y como explicaba la teoría de las ondas electromagnéticas de Maxwell, la luz se desplaza en forma de ondas, cuyas diferentes frecuencias, producen diferentes tipos de radiación (por ejemplo, diferentes colores). La veracidad de estas leyes y, supuestos básicos de la física clásica, estaban por encima de toda duda. Ésta era la manera como funcionaba el mundo, sin más. ¿Y quién podía negarlo?
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.