NIels Bohr y Rutherford III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Ernest Rutherford estaba de acuerdo, en lo esencial, con la imagen que J. J. Thomson tenía de la estructura atómica: un pastel esférico uniformemente positivo con pasas, es decir, electrones negativos pegados.
Pero Rutherford se dio cuenta, de que la única manera de investigar algo tan minúsculo como un átomo, era bombardearlo con algo todavía más pequeño, es decir, con una partícula subatómica.
Por suerte, sabía que cuando los átomos radiactivos se desintegran en otros menores, emiten un flujo de partículas subatómicas. Decidió utilizar un tipo determinado de éstas, llamadas partículas alfa, que son mucho mayores que los electrones y, tienen carga positiva.
Los electrones eran tan pequeños, que sólo desviaban a las grandes partículas en 1º aproximadamente. Según avanzaba el experimento, le sorprendió descubrir, que algunas partículas se desviaban tanto como 10º.
¿Pero cómo podía ser, si las partículas alfa disparadas eran enormes en comparación, iban a gran velocidad y, los electrones eran tan pequeños? Unos días más tarde ocurrió algo, aun más asombroso. Se comprobó que algunas de las partículas rebotaban hacia atrás, tras haber golpear en la lámina de oro. “puedo decir que fue, el acontecimiento más increíble de mi vida”, comento Rutherford
“Era casi tan increíble, como disparar un obús de 38 cm. Contra un pañuelo de papel y que rebotara, volviendo hacia ti”.
¿Qué demonios estaba pasando? ¿Qué cosa podía ser capaz de detener y, hacer rebotar una partícula subatómica, con semejante cantidad de movimiento? No le llevó mucho tiempo, a una cabeza como la de Rutherford, ofrecer una respuesta. El átomo tenía que estar formado por un diminuto, pero extremadamente concentrado centro con carga positiva. Éste podría así soportar, la cantidad de movimiento de la partícula positiva alfa y, también, repelerla, como sucede con dos extremos positivos de un par de imanes. Ahora Rutherford podía presentar un modelo del átomo. Según su concepción, el átomo estaba casi completamente vacío. En el centro hay un núcleo minúsculo, pero extraordinariamente denso, que ocupa una milmillonésima parte, del espacio del átomo. Imaginemos un guisante en una catedral. Este núcleo positivo, está rodeado por una cierta cantidad de electrones negativos, que giran a su alrededor en órbitas fijas, atrapadas por su poder de atracción.
Había nacido el átomo nuclear, al que habrían de seguir, la física y la era nucleares. Era una de las ideas estéticamente más reconfortantes, que la ciencia haya concebido nunca. Parecía que la unidad más pequeña del mundo, funcionaba igual que el sistema solar. ¡El micromundo y el macromundo, eran reflejos el uno del otro! La concepción de Rutherford era inspirada. Tenía una sola pega: no funcionaba.
Según las leyes de la física clásica, los electrones en órbita, simplemente irradiarían toda su energía en un milisegundo y, colapsarían contra el núcleo. Un núcleo central compuesto de partículas positivas, se disgregaría en el acto. Estas cuestiones no tenían respuesta. La estructura atómica de Rutherford, era inestable.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.