Talleyrand. Primer cargo importante. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
En 1777 el tío de Talleyrand era ya arzobispo de Reims y, no estaba dispuesto a tolerar más dilaciones, en lo que atañía a la ordenación de Charles-Maurice. La ordenación era solo un primer paso. Un poco más allá se vislumbraba un obispado. Por ora parte, el joven había mostrado sobradamente su competencia, si no en teología, al menos, en cuestión de números y, su memoria sobre “les biens inalienables de l’Eglise”, redactada por quien, no tantos años después, iba a proponer y conseguir su expropiación, determinó que todas las observaciones de poca monta, fueran pasadas por alto.
Finalmente, el 18 de diciembre de 1779, a la edad de 26 años, Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord fue ordenado sacerdote por el obispo-conde de Noyon, monseñor Grimaldi. La leyenda de nuestro protagonista cuenta que la mañana de su ordenación, fue sorprendido por su amigo y compañero de colegio (y más tarde, de juergas) Choiseul-Gouffier, anegado en llanto tras pasar una noche terrible, sumido en la incertidumbre ante el paso que iba a dar. ¿Resulta creíble tal escena? Puede que sí. A pesar de su inmovilidad estatuaria, Talleyrand fue, como Voltaire, un consumado comediante y, sin dejar de ser nunca él mismo, supo siempre representar el papel que el público del momento esperaba de él.
Instalado en su cómodo pied à terre parisino de la Rue de Bellechasse y, servido por su fiel “hombre para todo” Courtiade, que, mientras vivió, nunca se apartó de él, Charles-Maurice empezó a entregarse a lo que realmente le gustaba como, por ejemplo, coleccionar libros. A la hora de seleccionarlos no solo atendía a sus textos (de los que no se excluía la pornografía), sino también a su edición, la textura del papel, la encuadernación y el origen: fue así como creó una extraordinaria biblioteca y, aunque las circunstancias de la vida, le obligaron a venderla en más de una ocasión, siempre logró rehacerla y mejorarla.
Desde el principio se acostumbró a levantarse tarde (solía trasnochar, especialmente las noches en que jugaba) y desayunaba opíparamente a las once. Parece que el tono de las reuniones era elegante y ligero. En 1778 un sabio escocés, Adam Smith, había publicado su famoso tratado La riqueza de las naciones, que fue devorado por los intelectuales franceses, empezando por Talleyrand y sus amigos. No debería extrañarnos, pues, que aquellos desayunos resultaran, además, el mejor curso de economía política que orecía París en aquel momento, por más que no faltaran, como es natural, los intermedios dedicados a la poesía, la galantería y la gastronomía, temas que interesaban en mayor o menor medida, a todos los presentes.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.