Mientras nosotros comprobamos cómo nuestros derechos de todo tipo reculan o desaparecen, mi institucionalizado, al que elegí a falta de otra cosa, sigue en su luna de papel timbrado. No lo puede disimular: se siente en el mejor de los mundos. Raro es el momento en que no sonría (al menos mientras le enfocan las cámaras). El otro día decía con satisfacción, en defensa de su cocarnetario superior, que la sanidad, comparada con la del pasado, había dado, para bien, un giro de 180 grados. Loable conquista, porque en el pasado se decía que la sanidad era la “joya de la corona”, que incluso los ingleses ¡oh! venían aquí a operarse la cadera. Pero, ¿un giro de 180 o de 360 grados? La germanoverde Annalena Charlotte Alma, hoy presidenta de la ONU, nos sumió en la confusión cuando en su día aseguró que la cosa europea, para mejorar, debía dar un giro de 360 grados. La frase demostraba que los españoles no somos tan singulares: He ahí al "susurrador de papi Trump". Por no hablar del canciller Merz, que no comprende le temamos a la guerra. La incomprensión es recíproca). Así que, volviendo a la sanidad, habremos de calibrar si no hemos de agradecer una demora de veinte días para que el médico de cabecera nos llame por teléfono. Podría no llamarnos. Lo extraño es que los ambulatorios estén vacíos, mientras las colas se han trasladado a la privada. Otro misterio: ¿cómo pueden ser más baratos tres intervinientes (administración que paga y empresa y trabajador que cobran) que (administración y trabajador público)?