La nada sí es el vacío
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
La verdad es que el nihilismo ha sido hábil en su batalla. Nos ha desnudado de todo. Nos ha dejado a la intemperie: ni estado ni democracia (si no son plenas son un simulacro, como la libertad de expresión) ni humanismo ni creencias a las que asirnos. Ha sido una labor encomiable. Preguntémonos quién hegemoniza la cultura en este lado del mundo (no sabemos si hay otra cultura y otro lado) y colguémosle la medalla pertinente. Ha sido tan eficaz que se ha quedado sin palos que sujeten su propia tienda.
La labor ha sido tan eficaz que hasta la diversidad que proclama es una. Una fuerza disolutiva que por el contrario aúna su poder, efímero, eso sí; nadie puede contra la corrosión del tiempo. Donde hay diversidad evidente -- por ejemplo, en la desigual distribución de la renta -- impera la certeza de que todos somos de clase media, aunque no tengamos donde caernos vivos, y diversidad en donde sí hay unidad, por ejemplo, en que todos tenemos una misma base humana. Lo de superhombres e infrahombres son cantinelas interesadas para quitarse las cosas unos a otros.
Personalmente, no creemos ni en las razas ni en las etnias como elementos inmutables que influyan en el pensamiento. Sí creemos (como realidad) en la cultura imperante, lo que no significa inmutable. Dispóngase de un poder económico y se hablará español. Hágase caer ese poder y se hablará inglés, lo cual demuestra su endeblez. Tampoco creemos en la diversidad de la inteligencia. Durante el apartheid sudafricano el coeficiente intelectual entre negros y blancos era diferente, al margen de las manipulaciones del régimen. Se dio educación general en la democracia y el coeficiente se niveló. Manden a la ciudad más cosmopolita del mundo a un habitante de las montañas más aisladas y en un año habrá asimilado virtudes y defectos de la ciudad, así como abandonado los antiguos hábitos y creencias. Determinados sectores expresan la necesidad de separarse del país porque las creencias son irreconciliables. Mándelos a Maravillolandia y verá cómo asimila las costumbres, incluso con más fervor que los nativos.
Es posible que sí haya un credo inmutable, el de la religión. Existe la necesidad de una causa primera. Por qué la causa primera no necesita de una antecesora parecería una pregunta absurda. Anatema. Tan absurda como preguntarse lo mismo respecto a sus efectos. Aunque el Código de Ur-Nammu y el de Lipit-Ishtar son más antiguos y justos, el Código de Hammurabi perduró, quizás porque contemplaba el fenómeno de las distintas clases. Establecido mil setecientos cincuenta años antes de Cristo y la humanidad no se ha apartado demasiado de sus reglas. En la parte superior del código se muestra un relieve de Shamash, dios de la justicia, entregándole directamente al rey los atributos del poder y de las leyes para demostrar que sus normas (las del rey) son absolutas. Suena.
Las secciones del código representaban la promesa de un orden justo enviado desde el cielo. Contemplaban asuntos como la regulación del matrimonio y de la infidelidad, la responsabilidad profesional médica (igual hay que revisar la deontología moderna); la responsabilidad en la construcción o la regulación de salarios y tarifas. Por supuesto, leyes sobre la esclavitud no podían faltar en un código justo. Nos recuerda al Libro de los Muertos, donde el faraón afirma ser justo porque no ha maltratado a sus esclavos. Igual decía lo mismo Jefferson.
El principio fundamental era el "ojo por ojo, diente por diente". Lo que sigue siendo válido (o aún más) para la geopolítica, en cuanto era una fórmula reparadora. Destruyes un ojo, lo repones destruyendo otro. Hoy ni se repara ni se castiga. Este variaba según el estatus social de víctima y agresor. Daño de un pobre a un rico y daño de un rico a un pobre. No ha cambiado tanto, sabemos que los ricos también lloran pero que no van tanto a la cárcel. Robemos una cartera y el delito será grave. Robemos cien mil millones y seremos poderosos y respetados.
Aún con estos fallos, Hammurabi regulaba los derechos de la mujer de forma sorprendente: tenía derecho a poseer, heredar, comprar y vender tierras o bienes a su propio nombre. Podía gestionar comercios y firmar contratos legales vinculantes. La dote al matrimonio seguía siendo de ella. Si el esposo moría o se divorciaban sin culpa de ella, esta recuperaba su dote para mantenerse. La mujer esclava (esto no varía en ningún lado) que tenía hijos con su amo ganaba el derecho a que aquellos fueran libres, y ella no podía ser vendida; al morir el amo, quedaba en libertad. Si un esposo descuidaba a su esposa, la humillaba o la abandonaba, ella podía acudir ante un tribunal. Si demostraba que había sido una buena esposa, tenía derecho a separarse, recuperar su dote y regresar a casa de sus padres. Si una esposa enfermaba gravemente de por vida, el marido podía casarse con otra mujer, pero no podía divorciarse de la primera y tenía la obligación legal de mantenerla y cuidarla en su casa mientras viviera. Al morir el esposo, la viuda tenía derecho a quedarse en la casa familiar y recibir una parte de los bienes para asegurar su vejez. En la otra cara: El adulterio de la mujer se castigaba con la muerte a menos que el esposo la perdonara. No ocurría lo mismo con el hombre libre que podía tener concubinas o esclavas sin castigo. O, si un hombre causaba el aborto de la hija de otro hombre, el castigo no era para el agresor, sino para la hija del agresor (Ley del Talión). Hasta en eso no hemos cambiado, racionalidad dentro de la irracionalidad, o al revés. E inmutable, eso, sí, la diferencia de clases, la más arraigada creencia entre los hombres, al menos la de los del pico de la pirámide.
Vistas estas semejanzas entre el pasado y el presente, con su nivel evolutivo, por supuesto, no queda sino creer en la racionalidad como única solución. ¿Qué racionalidad? ¿La de los sabios? No: a los sabios, en muchas ocasiones, les puede el ego y el estatus. ¿La intuitiva del pueblo? Mientras no cambie el sentido común por el “buen sentido” los resultados pueden ser imprevisibles. Ya ven a Milei.
La racionalidad, como ente autónomo, lejos de guías de autoayuda, ha de organizarse. El pensamiento colectivo es eficaz, pero sin espontaneidades desorganizadoras. Los partidos lo pretendían, sobre todo, en el sentido social y económico. Eran los organizadores de los intereses de una clase determinada. Pero se han dinamitado. ¿Cómo conseguir que esa colectividad supere el individualismo sin convertirse en masa? Las ong han fracasado. Algunas incluso son espurias. Otras han fragmentado y privatizado la razón. Así que aquí estamos. Hay que indagar mucho, sí, sabiendo que este nihilismo posmoderno es eso, nada. “La nada nadea”, una gracia heideggeriana. Ni la máxima “no quieras para el otro lo que no quieres para ti” sirve totalmente: pensemos en los masoquistas.
Esta exposición no es de chiste, sino el intento de trasladar las dificultades que vemos no para encontrar una nueva vía, sino para algo más difícil, desinstalar la actual, que disfruta del poder económico y de la dispersión del público. Decía fray Luis de León que “la lectura de los buenos libros es la más segura vía para mudar las costumbres de los hombres y reformar las repúblicas”. La lectura es milagrosa, sí, pero no se quiere creer. Leyendo, el tiempo pasa rápido; mirándose el ombligo, lento. Quizás por eso no se lee y se ejercita el ombliguismo: así se estira el tiempo vital. Nos tienen, no empantanados, si no enmovilizados. El mundo reducido a un rectángulo mínimo. Lo más curioso es que un elemento de comunicación, de lectura variada, de interconexión incluso mundial, nos tiene ensimismados en lo más vacuo. El ataque fue certero. Las ideas generan ideas antitéticas. Vaciar las mentes, no. No es cierto que la nada “no es el vacío sino el fondo”, como afirmaba el citado Heidegger. La oposición, los ideales, la voluntad de resistir, demostrar que la humanidad es ejercer el humanismo, no masacrando, eran los enemigos de la nada en aquel tiempo heideggeriano. ¿Volvemos a él? Para algunos esta pregunta es inaudita. Todo está bien: el peor muro.