De la democracia a la postdemocracia. De Maastricht a lo irrevocable
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Si en una barcaza a la deriva el 51% de los ocupantes hubiera votado que el 49% restante debía dejar de comer para así estirar las provisiones en beneficio de la mayoría, el resultado sería numéricamente válido, pero al cabo de los días la decisión se habría convertido en un crimen.
Añadamos el olvido de una de las principales reglas de la democracia: el gobierno de la mayoría, pero con respeto a la minoría. Esto se ha perdido. Actualmente, cuando un partido gana las elecciones hay un extraño consenso en que lo absorba todo, como si hubiera obtenido el 99% de los votos (una extraña concesión). Se olvida que solo es una fracción del electorado y que, además, hay una proporción apreciable de abstención. Ya prácticamente no se habla de mayorías absolutas, cualificadas y relativas. Quizás el sistema necesita aparentar solidez. Si esa abstención se materializara en escaños vacíos, sorprendería su efecto visual.
Reducir la democracia a una mera contaduría de votos es quedarse en la democracia formal frente a la sustancial; en lo legal frente a lo legítimo. Es aceptar, como decía Tocqueville, “la tiranía de la mayoría”. Si se vacía de su finalidad principal —el bien común— se convierte en un contrasentido, por mucho que los números atestigüen a su favor. Y ese bien común general necesita, entre otras cosas, una concreción material: la de atender al mundo del trabajo (que es mayoritario y olvidado). Unos derechos humanos, unos derechos fundamentales, abstractos, sin esa plasmación material, son el escamoteo de uno de los principales objetivos de la democracia. El trabajo representa un tercio o más de la existencia, a pesar de que la bolsa suba cuando hay despidos masivos.
A esto se le une el debilitamiento de la Constitución (¿está por encima o por debajo de las normas comunitarias, del TUE?). Dejarla en un segundo plano puede precarizar nuestros derechos fundamentales, más erosionados de lo que se reconoce. Por eso, es importante no considerarla como una idealización de lo remoto, sino como un mandato que se ha de realizar o completar sin demora. Lo contenido en los artículos 39 al 52 de la Constitución se va debilitando progresivamente, junto al Estado que los sostiene (¿cómo se articularán sin él?). El dilema de la barcaza puede parecer exagerado, pero no menos serio es gobernar sobre la paz, la guerra (entre ambas pueden mediar millones de muertos y de toneladas de escombros), alimentarse suficientemente, poseer una vivienda (hay ya provincias en las que el alquiler equivale al Salario Mínimo, y lo de digna hay que archivarlo en el apartado de la demagogia: ya se permite en locales mínimos), calentarse, el beneficio desorbitado de unos pocos a costa del resto, la expropiación del poder ciudadano o la hipoteca de la soberanía.
Hay que desempolvar viejos textos y analizar la democracia desde su raíz, interpretaciones, errores (¿cómo llamar democracias a sistemas con esclavos?), evolución, estancamientos, derivas. Se recurre a Kelsen, pero él no resuelve la cuestión. El jurista justifica el sistema mediante una jerarquía de leyes legitimadas por la norma fundamental. Pero ¿quién legitima a esta? La respuesta inevitable será que la propia democracia; es decir, dando un rodeo, volvemos al origen. Es más, podemos encontrar argumentos en contra de la aritmética: ¿qué es más legítimo, un 51% imponiendo el ayuno al resto o un 49% dispuesto a autoimponérselo en beneficio de los más débiles? Matemáticas y decencia no siempre se conjugan. No pedimos políticos filósofos; simplemente que sepan de política y no olviden que hay algo llamado ética e interés general.
Entonces, ¿puesta la papeleta, puesta la legitimidad? Se objetará que se votan diversas opciones. La respuesta no es tan simple: en primer lugar, se ha hecho virtud de la similitud, A, A´, AB, BA. Mientras hay discrepancias en lo adjetivo, no las hay en lo sustantivo (recuérdese la reforma del artículo 135 de la Constitución, tan grave, impuesta por la Comisión Europea). Todo esto, además, es complicar lo sencillo: ¿se corresponden las campañas electorales con las posteriores gestiones de gobierno?
Leemos sesudos artículos que no nos aclaran nada importante. Sus profundas clasificaciones no pasan de la distinción entre regímenes autoritarios y democráticos, sin salir del tópico. A la par, se afirma que el democrático es un sistema caro. Es decir, que en determinadas situaciones económicas se podría prescindir de él. Es tanto como normalizar la dictadura. Sin embargo, en Samoa y otros lugares votaban hasta los niños, y no eran ricos ni tontos.
Sobre los hombros de esa frágil democracia han depositado otra carga: una UE que neutraliza el poder de los Estados sin aportar las soluciones precisas. Con una abstención del 46% en las europeas, nuestro Congreso proclama ahora que la pertenencia de España a la UE es “irrevocable”. ¿Podemos sustituir a los futuros españoles? ¿Es tan ideal todo que podemos dar a la Comisión Europea un cheque en blanco que en realidad denuncia nuestra débilidad? Quien no se hace valer no es valorado. ¿Somos conscientes de que estamos blindando la Europa de Maastricht, ese acuerdo obtenido por la vía del 93 CE con una mayoría coyuntural (destinada a otras cosas) y que se utiliza para un acuerdo permanente? Un tratado que arrancó jirones del verdadero espíritu europeo; de su soberanía social y económica, y que sumó lo militar; que optó por una austeridad contraproducente, que nos ha desindustrializado y convertido en una Europa mayoritariamente de servicios.
Cuando no hay industria, los servicios que la sustituyen llevan a menor productividad y salarios, y a depender de terceros. ¿La ampliación de la UE hacia el Este significó un reparto de las cargas y de las renuncias? No. Parte de su industria se trasladó hacia los nuevos integrantes. España fue de las más perjudicadas: deslocalizó sectores clave como automoción, industria electrónica, electrodomésticos, textil, calzado, juguetes…, los cuales cerraron sus factorías para trasladarse principalmente al Grupo de Visegrado (Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia), más Rumanía, Bulgaria y los Países Bálticos, los que en pago hacen una política más pro-EE. UU. que pro-UE. ¿Qué perdió Alemania? Nada. A su reunificación se sumó el beneficio de una mano de obra barata y cualificada. Manteniendo en el país lo esencial de su industria, trasladó lo conveniente a esos países con los consiguientes beneficios. Pero no es suficiente: cree que aún tienen mucho que reclamar (¿conocerá su propia Historia, las indemnizaciones debidas? Grecia tuvo que pagarle sus deudas bancarias, pero ni ella ni Polonia han recibido el monto que les corresponde). Y si no se venden coches, se venderán tanques. El centro de gravedad de la UE se desplazó hacia Berlín. Francia y Gran Bretaña también se beneficiaron grandemente. Inglaterra, por ejemplo, abrió sus fronteras ampliamente a la cualificada nueva mano de obra. Los confiados en la fraternidad no deben olvidar estas cosas.
La pertenencia a la UE ¿ha mejorado la calidad de nuestra democracia, tal como se esperaba en aquella ilusión remota que provocó la primera ola desindustrializadora? No: la ha complicado más. Por arriba, Europa; por debajo, los territorios compitiendo por romper el principio de igualdad entre ellos y, en algunos casos, queriendo ser un país bis (lo cual no incomoda a la Comisión, al contrario); en el medio, un Estado que ha de defender su soberanía contra ambas presiones. Deslealtades internas (en un juego inconcebible de inepcias, alimentado por los Fondos de Cohesión y el FEDER). ¿Esa UE ha fortalecido la democracia general? Hemos recordado a Tocqueville y su tiranía de la mayoría. Pero hay otra figura peor: la tiranía de la minoría.
Hemos hablado de legitimidades. Todo lo que hace la UE lo realiza mediante dos organismos fundamentales: la Comisión Europea y el Consejo Europeo. 27 miembros europeizados y 27 jefes de Estado o de Gobierno entre la UE y la nación. ¿Qué puede haber más democrático? La voz de las naciones en las dos mesas principales. Pero, si la Comisión Europea tiene el monopolio de las leyes, el control financiero y las demandas ante los tribunales, ¿qué poder les queda a unas naciones cuya democracia está debilitada y con la mayoría de sus dirigentes en el candelero? Sumemos el autoritarismo de su presidencia, que aumenta de día en día, y del que desconocemos su origen ni legitimación. No será por sus éxitos.
En 1980 la UE representaba casi el 25% del PIB mundial. En la actualidad apenas llega al 14% (casi la mitad), sin que su caída tenga visos de detenerse. Y, paradójicamente, a más debilidad, mayor imprudencia. Ahora toca romper comercialmente con China (¿nos molestan las olas del mar?: pues las suprimimos). Por su parte, Alemania, la convertida (no lo habría sido sin la ayuda exterior) en locomotora de la UE, se ha salido de la vía. Si avanzaba en fila sin consultar, ahora lo hace a lo ancho. No va a quedar ni una espiga.
Si el nexo entre representantes y representados es débil nacionalmente, su poder en las alturas de la UE es mínimo. Se responderá que la culpa es de los representantes, lo que es innegable. Tan innegable como que: 1) la UE no desarrolla o crea mecanismos que fortalezcan su democracia; todo lo contrario, cada día que pasa sus decisiones son más arbitrarias (algunos ejemplos: opacidad en las cuotas de pesca, falta de transparencia en los grandes contratos, aplicación selectiva de sanciones por déficit, doble rasero en tratados internacionales —caso Mercosur—, Pacto Verde, dejando en barbecho el 4% de las tierras productivas); arbitrarias y desconectadas de las necesidades nacionales, al extremo de que la UE no es la suma de los Estados, sino su contraposición. Por este camino, la Comisión podría un día enfermar de un atracón. 2) los dos sujetos principales, ciudadanos y Parlamento Europeo son, por causas distintas, invitados de piedra. Además, se da un bipartidismo que es reflejo de la deriva mundial. Los partidos difieren en el ruido y en el turno, como los funcionarios de la Restauración. Por otra parte, faltan transparencia, canales de de presión, mecanismos que promuevan una rendición de cuentas cotidiana y que faciliten la exigencia de responsabilidad. No hablemos de la comunicación: funciona la orden de arriba abajo, no la sugerencia de abajo arriba.
¿Podemos asegurar que el sentido democrático de la UE es superior al que echamos en falta en muchos países de Europa? No sabemos cuál es su rumbo, qué medios nos asisten, quién decide realmente; nos cabe la preocupación de si no pretende más de lo que puede, perdido su poder por torpeza, desidia o un interés que no coincide con el de las naciones. Diariamente nos vemos sorprendidos por medidas gravemente perjudiciales para los países de la UE. El sistema autonómico en España se articuló, entre otros motivos, para salvar el problema del centralismo, que no podía detectar las distintas necesidades territoriales. La Comisión Europea no se plantea este problema y aplica reglas iguales para países y situaciones muy distintas. Impuesto lo político y lo económico, ahora toca lo militar, con unos antecedentes históricos que no invitan a la confianza (Europa no ha sido un continente pacífico. ¿Desea retomar su belicismo?). Es un timón clvaado en una política que la mayoría no ha pedido y dudamos que conozca.
Las medidas que en las últimas décadas ha tomado la Comisión Europea ni son razonables ni racionales. Muchas de sus decisiones no han provocado el estancamiento de la economía, sino su retroceso. Y no nos han convertido ni en más independientes ni en más fuertes ni en más prósperos.
El ejemplo de la barcaza puede parecer exagerado; sin embargo, en el mundo, en la política internacional, en las relaciones de poder se toman medidas mucho más crudas. Solo se oye un ruido caquistocrático. ¿No a Europa? Para nada. Pero no una Europa que se construye sin planos, que partiendo de una habitación va agregando dependencias sin conocer su capacidad de asimilación, porque de entrada no tiene en cuenta a sus moradores. Que se construye aislándose hostilmente del mundo. Que se cree la única con razón (periclitada sin que se dé cuenta): tanta que puede aplicar decisiones a capricho. Que no puede ser mediadora porque carece de la capacidad de diálogo. Que adopta medidas justificadamente impopulares, sin valorar que no se puede defender cualquier cosa, por mucho que presione o amenace lo que sea. No una Europa que se construye de espaldas a la finalidad anunciada en un principio. Un síntoma: la primera Constitución fracasó. No se volvió a consultar a nadie más y se dictó una nueva.
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