Atlánticos o atlantistas
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
La Unesco describe la cultura como los rasgos que definen el estilo de vida de una sociedad, sus valores, derechos humanos fundamentales, tradiciones y convicciones. Otra definición más estética la relaciona con el cultivo del espíritu, con el conocimiento académico, las bellas artes, la literatura y el desarrollo del juicio crítico. Sus instrumentos son todos aquellos que permiten expresar y preservar su identidad, conocimientos y tradiciones a lo largo del tiempo.
I. El globalismo de bazar y la pérdida de soberanía
¿Qué pensar cuando en realidad todo esto tan razonable se convierte en algo adocenante (en todos los sentidos, incluido el de falta de originalidad), anónimo por falta de luminarias, que crece y expulsa a codazos a lo que goza de valor, especialmente si es clásico? Esta ha sido la lenta deriva que nos ha llevado de un modelo universal a un globalismo de bazar; de una euforia injustificada (el fin de la Historia) a una decadencia no asumida.
Cuando el galimatías rumsfeldiano se materializó en Irak, incautos voceros dijeron que era para la defensa de un modo de vida. La frase fue significativa. ¿Un modo de vida dónde? ¿En el atacante, en el atacado o en los aliados? Cabe imaginar que, cuando la Unesco define los fines de la cultura, piensa en las naciones que integran la ONU. Hablan de un presente interpretable, pero también de tradiciones; y estas no son transformables a no ser que se manipule su contenido. Aquí hay que subrayar que, cuando se habla de ellas, no nos referimos al folclore de una nación, sino a algo más profundo; algo que da la sensación de ser más importante de lo que parece por el interés que se pone en absorber, en abducir su contenido. Quizá sea el subsuelo, el estrato último que preserva la existencia de una nación. Los ingleses saben de sobra qué pasó con la Armada española, pero presentarla como una proeza británica los cohesiona. Esa tradición de victorias navales convierte su isla en una suerte de portaaviones. Ellos lo han entendido. ¿Nosotros también? ¿O nos creemos más grandes al desplazar individualmente los defectos hacia nuestros compatriotas? ¿O acaso lo consideramos un asunto secundario por el mero hecho de sabernos modernos?
La cultura, la política nacional y la geopolítica están íntimamente relacionadas. Pero esto no significa que tengan que ser congruentes entre sí. España, por presión y falta de un proyecto nacional, sirve más a los extraños que a sí misma. Ni nuestra cultura sirve a nuestros intereses nacionales, ni pensamos en crear unas bases materiales que nos permitan, si no una geopolítica propia, al menos una dotada de la autonomía suficiente para no perjudicar nuestros intereses. La Unesco menciona las convicciones, pero, vista la uniformización impuesta en el mundo, no sería extraño que su lenguaje hubiera perdido toda su virtualidad. No por lo dicho, sino por lo no dicho. Por ello, frente al modelo único, cabe preguntarse: ¿son principios verdaderamente universales, como para ser asumidos por todos, o, por el contrario, son una losa que aplasta las convicciones nacionales? ¿Por qué España no pudo desarrollar su propio poder nuclear? ¿O alguien había decidido ya que debíamos ocupar la periferia? La reducción de la flota mercante, de la industria fabril y de los astilleros nos ha enclaustrado en el Mediterráneo, apartándonos de ese Atlántico que nos une a nuestro pasado. Hemos visto varios artículos que recuerdan que España contribuyó a la existencia de EE. UU., pero olvidan que estos, a su vez, provocaron el encogimiento de nuestros dominios en Asia, África y América. Tan lamentable pérdida, además, incide en los peligros de la falta de convicciones. Ya lo hemos dicho, pero no se recuerda: el almirante de la flota norteamericana en aguas de Cuba lo reconoció al afirmar que con un solo submarino español habríamos perdido la guerra. Sin embargo, a pesar de superar las pruebas con éxito, aquel submarino fue rechazado y sus planos se publicaron en el boletín oficial del momento. Absoluta falta de convicciones que facilita la venalidad.Nuestra cultura está contaminada por esta falsa diversidad; y no hablamos aquí de emigración ni de variantes sexuales, sino de que ha perdido por completo su especificidad. Nunca antes había soportado influjos exteriores tan masivos. Eso, ya de por sí, constituye una amenaza seria. Esta mezcolanza ha rebajado los niveles de la tríada, eliminando toda maniobrabilidad. Del “vosotros con condicionantes soberanos” hemos pasado a la posición periférica del “con vosotros de cualquier forma”.
II. La hegemonía cultural y el desmantelamiento del arte
Vivir aceptándolo todo y sin hacer preguntas parece el designio de nuestra época. Podríamos plantearnos, por ejemplo, por qué estamos unidos como nación y si tal unión es necesaria; si tiene sentido respetar más lo extraño que lo propio —o si no constituye una flagrante imprudencia—; o si sería conveniente que cada provincia hablara un idioma o dialecto distinto —como se quiera decir— en beneficio del hecho diferencial, para luego, ante la incomunicación resultante, acabar importando una lengua extranjera que evite los conflictos locales. Cabe cuestionarse también si la soberanía nacional sigue siendo precisa o si, por el contrario, resultan preferibles esos poderes exteriores, aparentemente tuitivos, que nos descargan de responsabilidades. De paso, podríamos preguntarnos por qué hemos de ir a las guerras de los otros y si estos vendrían a las nuestras.
La cuestión es que las culturas, encerradas en sí mismas, no son buenas por norma; pero tampoco lo son aquellas diluidas en un magma como el actual. Lo que se ha esparcido no fue una cultura generosa, sino la imposición de intereses insolidarios. No fue una diversidad universalizada, sino una hegemonía uniformada. No se querían reglas ni ubicaciones: estas constreñían la libertad de maniobra del emisor. Si primero fue un Pollock, después lo sustituyó un Warhol. ¿Por qué? No hay explicación técnica, sino una política cultural determinada: ambos carecían de contenido. Recordemos a Pierre Brassau, que en 1964 introdujo en una exposición cuadros que fueron premiados por la crítica. ¿Quiénes los habían realizado? Simpáticos simios. Y puestos a admitir que el subconsciente sea el verdadero autor, ¿por qué despreciar entonces el de los monos, infinitamente más primigenio que el nuestro?
Cuando se lee inquisitivamente sobre asuntos serios (digámoslo así, como contrapunto a la necesaria e invariable diversión), afloran preguntas muy necesarias pero aburridas para muchos. Quizás —y la duda no es especulativa— la primera sea: ¿Nos interesan el género humano, la naturaleza y sus integrantes? Se podrá objetar que no toda cultura ha de ser filantrópica o humanista; puede bastar una técnica extraordinaria. En Caravaggio tenemos un buen ejemplo: el esplendor del arte encarnado en un delincuente habitual. Posiblemente esta contradicción sea la raíz que hay que regar constantemente. No basta con invocar los derechos de la humanidad; hay que esforzarse en aplicarlos. No se puede hablar de ellos y pretender que alguien de setenta años trabaje en lo alto de un andamio. Pero hoy hacemos como aquellas autoridades de la administración colonial, que decían: “Obedézcase, pero no se cumpla”.
En el último periodo de esplendor hegemónico, Donald Rumsfeld, director de la orquesta, decía que “hay hechos conocidos que conocemos; cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que hay hechos desconocidos conocidos; es decir, sabemos que hay algunas cosas que no sabemos. Pero también hay hechos desconocidos desconocidos: aquellos que no sabemos que no sabemos”. Esto significa que se puede actuar a voluntad —como ocurrió en Irak— sobre la base de la nada. Por todo ello, es de actualidad periodística, y no solo académica, preguntar por la cultura de los pueblos, por su vinculación con la autonomía de sus políticas nacionales y por el peso geopolítico que gravita sobre ambas. Desde esta perspectiva, Hollywood no es un capricho estético (a veces, eso sí, de pésimo gusto).
III. Cultura y política: la necesidad de un ideal común
Si no hemos sido suficientemente claros, cabrá la pregunta de por qué unir cultura, política nacional y geopolítica. Pues porque ahí radica, simplemente, el problema: una interdependencia que anula la autonomía. Si se está bajo la hegemonía de la geopolítica, aun queriendo transitar por un carril no conflictivo, surge un problema histórico, filosófico y de subordinación intelectual: esa cultura estará mermada en sus posibilidades. ¿Hay causas para que la Leyenda Negra sobreviva y perdure? Pues sí. España es percibida con ambivalencia en Iberoamérica; pero si en vez de madre —con sus lógicos defectos— la pintamos como una madrastra, la posibilidad atlántica nunca se desarrollará. Hemos visto intentos de que España sea, en un club europeo, mera intermediaria entre los dos continentes. ¿Por qué esa intermediación si somos nosotros los verdaderos navegantes en la totalidad del Atlántico? La Leyenda Negra es una cuestión cultural de un peso formidable. Si una industria cinematográfica determinada pinta a los españoles como piratas y se distribuye por el noventa y nueve por ciento del mundo, los propios hispanohablantes no querrán que esas vías de navegación queden abiertas. Es decir, un asunto cultural se ha convertido en geopolítico. Y si los gobiernos de nuestra nación no afrontan esta batalla, nunca seremos soberanos; peor aún: nunca seremos nada. El otro, cualquiera que sea, nunca es mejor que uno mismo o que el hermano.
Si buscamos una escala de valores literarios, la pauta se repite. El otro día, en una película ajena a nuestra órbita cultural occidental, surgió el ya indefectible Ulises de James Joyce. ¿Habrán logrado traducirlo? ¿Lo habrán leído? ¿Habrán entendido algo, si es que hay algo especial que entender? El propio traductor de los Hermanos Marx se preguntaba de qué se reía la gente; le sorprendía que hiciera gracia lo que apenas se comprendía, puesto que su humor iba dirigido contra la política norteamericana y la gesticulación era un simple y necesario acompañamiento del texto. El humor español y el anglófono nunca han tenido nada que ver, hasta que nos hemos anglosajonizado y hemos renunciado a nuestro propio método de crítica. Hoy, seguramente, La Codorniz ya no tendría gracia.
Y puede resultar que la cultura, eso que parece secundario y más estético que práctico, ocupe un lugar esencial para la subsistencia de un pueblo. Los ingleses lo entienden bien. Es más, parece que su cultura se fortalece en la pugna con los demás, una contienda cuyo principal ariete es precisamente cultural. No alabamos esto, que suele terminar en demasiados ismos. ¿Y qué es la cultura sino la idea? Necesitamos de ella, pero no de cualquiera, sino de una construida sobre la base de la razón; de una causa que debe transformarse, a su vez, en ideal, que es su cobertura emocional. Pero ha de tratarse de un ideal poderoso, no de un artificio estético: los tiempos del lirismo pasaron. Y mucho menos debemos adoptar el ideal de otros que, encima, no nos valoran.
Y el contenido más vigoroso de ese ideal es la búsqueda de la razón, de la justicia. La no entrega, la dignidad propia frente a la arrogancia ajena; el hermanamiento entre nosotros, sabiendo que no estamos solos en la labor. Cuando decimos justicia no utilizamos el término abstracta ni enfáticamente. Si se quiere un pueblo de patriotas, este se ha de construir sobre la base de ciudadanos iguales, sin privilegios insultantes en la retaguardia; de hombres a los que no les importe compartir el mismo vagón y viajar con nosotros. No resolver el problema social imposibilita esa idea, ese ideal. En tal caso, a lo más solidario que se puede llegar es a cierta comunidad interesada, pero desconfiada. Y llega el día en que se descompone. Ya lo estamos viendo en otros países.
Quienes buscan la preeminencia en el mundo saben que la ejemplaridad y el respeto de los demás poseen un poder cohesionador fundamental. Saben, también, que para vencer hay que desorganizar, destruirlo todo. Hoy comprobamos que los ancianos, queriendo ganar la juventud, pierden la sabiduría; que los jóvenes, viendo lo que les rodea, dudan del esfuerzo por nada; y que los adultos comprueban cómo, mientras se retrasa su jubilación, se adelanta su incapacidad. Tiene que haber un pensamiento que nos saque no ya de este caos, sino de esta pobreza intelectual. Para comenzar, habría que poner en cuestión los términos: llamarlo pobreza intelectual puede sonar incorrecto o despreciativo frente a las mentes enciclopédicas. Al emplear la expresión, nos referimos a la pobreza colectiva. No se trata de tener sabios inconexos, sino de sabios empeñados en la tarea de forjar una cultura común; una cultura que sople como esos vientos de los que hablaba el cordubense y que, a la vez, sepa con precisión qué Atlántico estamos atravesando.
Coordinar la referida tríada (cultura, nación, geopolítica) es fundamental para la orientación de un país. El estoico cordubense afirmaba que “ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”. Si se piensa que la cultura no comparte tal importancia, es evidente que esos vientos, por muy propicios que sean, nunca nos beneficiarán. Es lo que ocurre hoy con el equívoco entre atlantistas y atlánticos: la ruta iberoamericana es nuestro verdadero Atlántico, no ese otro continente empeñado en vikingos y guerras.
Y el contenido más vigoroso de ese ideal es la búsqueda de la razón, de la justicia. La no entrega, la dignidad propia frente a la arrogancia ajena; el hermanamiento entre nosotros, sabiendo que no estamos solos en la labor.
Cuando decimos justicia no utilizamos el término abstracta ni enfáticamente. Si se quiere un pueblo de patriotas, este se ha de construir sobre la base de ciudadanos iguales, sin privilegios insultantes en la retaguardia; de personas a los que no les importe compartir el mismo vagón y no lo aísla. No resolver el problema social imposibilita esa idea, ese ideal. En tal caso, a lo más solidario que se puede llegar es a cierta comunidad interesada, pero desconfiada. Y llega el día en que se descompone. Ya lo estamos viendo en otros países.
Quienes buscan la preeminencia en el mundo saben que la ejemplaridad y el respeto de los demás poseen un poder cohesionador fundamental. Saben, también, que para vencer hay que desorganizar, destruirlo todo. Hoy comprobamos que los ancianos, queriendo ganar la juventud, pierden la sabiduría; que los jóvenes, viendo lo que les rodea, dudan del esfuerzo por nada; y que los adultos comprueban cómo, mientras se retrasa su jubilación, se adelanta su incapacidad. Tiene que haber un pensamiento que nos saque no ya de este caos, sino de esta pobreza intelectual. Para comenzar, habría que poner en cuestión los términos: llamarlo pobreza intelectual puede sonar despreciativo frente a culturas enciclopédicas. Al emplear la expresión, nos referimos a la pobreza colectiva. No se trata de tener sabios inconexos, sino de sabios empeñados en la tarea de forjar una cultura común; una cultura que sople como esos vientos de los que hablaba el cordubense y que, a la vez, sepa con precisión qué Atlántico estamos atravesando.