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Humanizar el humanismo


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

Dice Víctor Hugo que ser buenos es cosa fácil, que lo difícil es ser justos. Quizás se pueda añadir que ser malos es más fácil aún (se apunta más gente; ahí están los hechos). Hace unos años hablar del mal como realidad materializada hubiera resultado ridículo (no por inexistente, sino porque no resultaba tan evidente. Nos habíamos quedado en Mr. Hyde o en el Conde Drácula). Hoy, sin embargo, las máscaras del mal son tantas que hay que tener mucho cuidado con lo que se propone. Von der Leyen, por ejemplo, el otro día se superó: "No debe derramarse ni una lágrima por el régimen iraní". ¿Sigue la escuela de Madeleine Albright, quien afirmó sobre Irak que la muerte de medio millón de niños valía la pena para acabar con Saddam Hussein? Es evidente que no les duelen los dolores ajenos ni sus deslealtades (no olvidemos a quién beneficio realmente los ocho años de guerra Irán Irak, iniciada por este país).

Si de repente nos dijeran que ha estallado la guerra, que estamos a punto de ser bombardeados, ¿qué sentiríamos? Como poco un profundo desasosiego. Eso, si no somos Merz, a quien le extraña que temamos al conflicto (elaborado sinónimo de guerra). No en balde es nieto de aquellos aguerridos alemanes inspirados por el Mein Kampf.

Infrahumanos

En estos tiempos de impostura es necesario revitalizar el humanismo, pero cuidando que no se convierta en un único vector de análisis. Hasta la bondad necesita su complemento. Dos frases que seguramente para muchos, dado el título de estas líneas, no vienen al caso, nos servirán para proseguir. Una es de Anatole France: "Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida". La otra, de Oscar Wilde: "Si pasas tiempo con los animales, corres el riesgo de volverte una mejor persona". Es decir, que ambos afirman que no somos suficientemente humanos hasta que no descubrimos lo que por ignorancia despreciamos. Es decir, que para hablar sobre un humanismo verdadero hay que comenzar por remover cimientos de insensibilidad muy hondos. Cuando, por ejemplo, se aborda el asunto de espectáculos sangrientos, en el mejor de los casos centramos la discusión sólo en la víctima. Sin embargo hay otro elemento igualmente preocupante. ¿Nos preguntamos qué significa que un revuelto de sangre, miedo, riesgo humano, morbosidad y muerte lenta sea objeto de diversión? ¿La cultura del horror no es un peligroso desensibilizador? Por cierto, ¿qué clase de pensamiento es el de esos filósofos que justifican tales combinados? Para no caer en críticas de parcialidad diremos que tampoco es suficiente con amar a los animales o a la familia. Hitler amaba a los animales, y Fouche, el "genio tenebroso", adoraba a su familia.

Si no se tiene sensibilidad hacia lo que a su vez es sensible, sufre, está en inferioridad de condiciones, es difícil sostener un humanismo real, no ficticio. En el siglo XIX había una ilustración que mostraba la pirámide de clases; pero una de estas ilustraciones iba a más y en la base situaba a los animales como los últimos esclavos del eslabón, humanizándolos. La pirámide del mal, completa. ¿Otra vez los animales? Sí, es pertinente, vayamos más allá: no olvidemos que muchos totalitarismos justificaban o justifican sus acciones convirtiendo en infrahumanos, es decir, en animales, aquello que querían o quieren destruir o dominar. Tenemos a los esclavos de Roma, que eran considerados, junto a los animales, res mancipi, es decir, “cosas” transmisibles. ¡Eso era en Roma! Modernamente tenemos a los nacionalsocialistas, que utilizaban el término general de “untermenschen” (subhumanos); y más modernamente a los sionistas radicales, que consideran a los gazatíes como animales humanos ("hormigas”, “palesimian" o "paleostinian", dicen). Paradójico que parte de las víctimas reaccione como verdugos. En definitiva, la destrucción semántica precediendo a lo que se quiere destruir físicamente. Si de entrada fuéramos respetuosos, no consideraríamos a la propia Naturaleza como mero suelo que pisar ni cabría el colchón justificativo que abre puertas a la barbarie.

Totalidad, igualdad

Un humanismo verdadero debe ser un pensamiento que abarque la totalidad. De lo dicho arriba surge otro concepto fundamental: el de la igualdad. Si esos nazis o esos sionistas radicales hubieran sido educados en la igualdad entre los hombres no habrían procedido así. Cuidado con ese "neo-colonialismo" propuesto por Marco Rubio, quien debería sentirse doblemente obligado en cuanto es católico practicante y asiste a una iglesia bautista en Miami, la ciudad del amor, de la paz y del quinto mandamiento. No caben amputaciones en un humanismo que queramos útil. Un pensamiento que en virtud de esa totalidad puede ser paralelo a otras creencias si no las contradice esencialmente. Pretender que el humanismo por sí solo puede sustituir a lo demás es una quimera estéril. El pacifismo indio, en otra vertiente del humanismo, no acabó con la injusticia social; mal planteados estos pensamientos pueden ser deleite para los que no quieren ni paz ni sentimientos ni nada.

La libertad muchas veces es la bandera de los que carecen de principios, o la máscara que oculta una desigualdad aberrada pero entronizada. Otro elemento a juzgar y situar en el lugar adecuado. En un campo de concentración es luminosa, en una violación, deleznable.

Nos ha venido a la memoria la escena inicial, creemos recordar, de “2001: Odisea del espacio” (1968) cuando un simio golpea el suelo con un fémur o algo parecido. Escena que seguramente relaciona el poder con la fuerza mediante la violencia. Íbamos a decir que ya en 1968 se barruntaba lo que venía, olvidando que sólo 23 años antes se había realizado una guerra con más de 60 millones de muertos y dos bombas atómicas. Violencia que a su vez había olvidado la de 27 años atrás, con otros 20 millones de muertos.

¿Qué queremos decir con simplificar? Pues que ese humanismo no ha de ser un entramado inteligible sólo para doctos en filosofía. Que para hablar de él no ha de ser necesario ir previamente a la biblioteca y desempolvar teorías incomprensibles por su alambicamiento. Recordemos aquello de Voltaire sobre conferenciantes que no sabían de qué hablaban y de auditorios que no entendían ni una palabra de lo que les decían. Hablamos de la razón, pero de cuál? ¿De qué habla Descartes cuando en los animales ve autómatas incapaces de experimentar dolor y sentimientos? Si se está ciego ante tal evidencia, ¿qué pasará con lo complejo? Y no estamos hablando de los animales, sino de la razón, de lo lógico, de que no nos sorprendan tales distorsiones del pensamiento. Hasta el “método” puede ser un elemento distorisonante.

Cuando abordamos lo de Gaza, Líbano, Yemen, Ucrania, Venezuela, Irán, (últimos actos; hay muchos más anteriores,) ¿aplicamos algún tipo de pensamiento humanista o nos puede el tribalismo de la “jungla”? En realidad se hace una desviación hacia otras cosas que nada tienen que ver con el sufrimiento. Es más, aparecen involucradas ideas pretendidamente santas que añaden lo añaden. Que la Biblia dice que hay que acabar con Amalek, con sus hombres, mujeres, ancianos, niños de pecho, animales, todos… Pues se acepta. Y lo más desorientador: mientras se invita a los verdugos a la mesa se excluye a las víctimas. ¿Hay vergünza?

Totalidad, imparcialidad, justicia

Para sostener un humanismo verdadero hay dos requisitos esenciales: totalidad e imparcialidad. Los derechos humanos, tal como se plantean hoy, han perdido su capacidad de convicción. Es más, se han convertido en un instrumento de castigo y de poder en beneficio sólo de los que se autodefinen como los buenos: animales de dos patas (homínidos, habrá que recordarlo) no reducidos a autómatas sino elevados a dioses. Se puede bombardear sin sanciones por ello. Habrá quienes digan cínicamente: son acciones en búsqueda de la justicia. Es decir, otro elemento imprescindible para un humanismo verdadero: la justicia de y en cada caso; ya no cabe aquella ridícula justificación del “spanish way of life” de la guerra de Irak, repetida por despistados en el mejor de los casos.

Causa

La violencia es la violencia, pero un humanismo que no discrimina según las causas es totalmente estéril; a veces es un peligroso multiplicador. Sería como volver a hablar del sexo de los ángeles. Es decir, que entre ese conjunto de virtudes que buscan qué originó todo, está la razonabilidad, la voluntad de entender. Oyendo lo que se oye, viendo lo que se ve, permitiendo lo que se permite, es evidente que se ha perdido completamente esa voluntad. Deshumanización consciente. ¿Y en la base de todo no debe estar la justicia, y en especial la social? Una razón parcial es peor que la propia irracionalidad: esta no confunde: una razón torcida, sí. Y este es uno de los mayores males del momento.

El humanismo equidistante es igualmente nocivo. Cierra la puerta a soluciones definitivas. Ante una agresión injustificada, agotados todos los recursos, no cabe sino la respuesta. Sobre todo cuando son otros los que han delegado tales respuestas.

Finalidad e instrumento

El humanismo no es sólo la aplicación de unas recetas dadas, sino la búsqueda constante de una verdad concreta y cambiante. Es además, el ejercicio de esa sensibilidad hacia el otro, alterada, (de alter, el otro). No hablamos de corazoncitos rojos, tan decorativos). Más que una finalidad, que lo es, es un instrumento.

Empezamos con una reflexión de Víctor Hugo y terminamos con otra del mismo autor: la máxima del sabio es no exagerar nada (El Hombre que ríe, posiblemente su testamento). El humanismo compasivo es insuficiente. Incluso, un obstáculo: aquieta las conciencias y acalla las respuestas. Es en lo que han caído muchos de los que queriendo conservar el jardín material lo van a convertir en un estercolero moral.


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