España, una división no resuelta (II)
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
La desmemoria histórica española es sospechosa. Quizás haya demasiados responsables para que se desee remover el pasado. En este punto, una autocrítica: ¿y los demás países no tienen nada que ocultar? Este es otro asunto a tratar necesaria y aisladamente. En el mundo de hoy todo repercute en todos, desde los secuestros a la inseguridad territorial.
La cuestión es que, realizada la sesión plenaria del pasado 3 de septiembre, podemos ratificarnos en lo sospechado en el anterior trabajo, de igual título. ¡Qué difícil es que en España se llegue a un acuerdo estratégico entre todas las fuerzas! Somos los reyes del tactismo, de la guerrilla. Viendo las intervenciones de los distintos grupos políticos, ¡qué espesos los muros del Congreso! ¿Tan difícil era traspasarlos con la imaginación y ver la fiesta en la embajada de Marruecos y en el Ministerio de Asuntos Exteriores, con su ministro pontificando o ulemizando sobre el asunto: “Vamos por buen camino. Sigamos así”?
Poseer una legión de víctimas por las carencias sociales se ha convertido en un ariete indetenible que genera, por un lado, que se intente trasladar a España la responsabilidad de la política social de Marruecos, y por otro, vistos los precedentes, una duda: ¿quién nos asegura, en este mundo de reglas variables ad hoc, que mañana la cosa no dé otro giro impensable y se nos pueda acusar de criminales, de insolidarios? Somos de los que admiran la habilidad del vecino; pero también es verdad que lo logra gracias a muchos aliados que deberían ser nuestros. En esta variabilidad de posiciones, no querríamos ver a Sánchez ante el TPI acusado por lo que hoy se le reprocha: dejar pasar, humanitariamente, a personas necesitadas de ayuda. Lo que hoy es humanidad y legalidad, mañana podría convertirse en un delito de secuestro. Basta con cambiar, no la ley, sino al juez.
A Sánchez se le ha reprochado que hablara más del pasado de la oposición que de las soluciones del presente. No estamos de acuerdo. Es verdad que cada gestión tiene su momento de evaluación; pero hay pasado lejano y pasado próximo. Si un gobierno dejara sin textiles al país, el siguiente tendría derecho a reprochárselo al no poder hacer camisetas para el Mundial, que es lo que importa. Por otra parte, las críticas son oportunas, pero ligando a cada una de ellas una solución. Así sabríamos qué nos espera con ellos. Aparte de que la situación se ha agravado con el tiempo: a Marruecos le llueven los aliados. ¿La causa?, histórica: no se fían de nosotros. Qué ceguera. España siempre singularizada, la que precisamente se enfrentó, a veces en solitario (o traicionada por Francia), a árabes y turcos. Por lo visto no somos buenos guardianes del Estrecho. Aunque no sabemos por qué nunca se habla de Tarifa. Podría cerrar lo que otros abrieran.
La cuestión es que ante la gravedad de la situación actual, la respuesta general dada está en las antípodas de lo necesario: más griterío que propuestas cohesionadoras. Añadamos la peregrina salida de Sánchez al culpar a medio universo menos a Marruecos y a las manos que mecen la cuna.
¿Por qué mezclamos desmemoria y presente? Porque no hay causa sin causa previa, porque se ha lesionado y olvidado toda una serie de acuerdos y principios que nos alejaban de lo tribal (“nosotros contra ellos”). En ese lejano próximo (1975) teníamos a la “Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa” (CSCE), pieza fundamental que establecía que la seguridad era indivisible; que ningún Estado participante podía fortalecer o garantizar su propia seguridad militar a expensas o en detrimento de la seguridad de los demás firmantes; que había que respetar las fronteras, sin necesidad de tener la bayoneta calada; que había que respetar la soberanía y la vecindad.
Intentar alterar la frontera ceutí o cerrar unilateralmente la aduana comercial por parte de Marruecos, sin demasiados aspavientos internacionales, es la prueba de la involución legal y ética del mundo. Las satrapías pueden jugar con mejores cartas gracias al fortalecimiento que reciben de aliados que no paran de invocar su propia excelencia ética.
¿Por qué Marruecos está (más que “es”, sutilezas de nuestro infravalorado idioma) más fuerte? Porque ha pasado con complicidad por todos los aros necesarios que violan, como mínimo, el derecho moral; por ejemplo, suscribiendo los Acuerdos de Abraham (entre los adheridos, Kosovo), que consolidan a Israel y debilitan la creación de dos Estados en Palestina, tal como establece la ONU. ¿La firma ha sido gratuita? No, su precio ha sido que le entreguen cuasi legalmente el Sáhara (otra agresión a los acuerdos de la ONU, que establecen la obligación de celebrar un referéndum). Y España cayó, respaldando el plan de Rabat. Curiosamente, China, Japón, Alemania, Reino Unido, España, entre otros, contribuyen anualmente al mantenimiento de la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO).
Es evidente que esta deriva desde 1975 a 1991 y de ahí a la actualidad, no es sostenible. Es tal la inepcia que ya no sabemos lo que sí sabían las tribus: quiénes eran ellos y quiénes los otros. Un parche cuyos propios hacedores se están dando cuenta de que puede derivar gravemente. Parece que la OSCE, sustituta de la CSCE, ha proclamado la necesidad de estudiar cómo aplicar los principios del Acta Final de Helsinki de 1975. El término “aplicar” no es caprichoso: la CSCE establecía unos principios que se aplicaban desigualmente, como el control de las elecciones (situación de deterioro que se aceleró desde 1989). Esperemos que no estemos ante un lavado de cara más. Porque, como ocurre con Ceuta, hay principios para unos (nosotros) y falta de aplicación para otros (Marruecos). La cuestión es que hemos de rebuscar en la historia y analizar cómo, cuándo y dónde se lesiona el derecho internacional (no las leyes) para poder actuar consecuentemente. ¿Desiderata? No cuando las aguas se nivelen.
Pero, aquí “el Congreso se divierte”; porque no parece que se haya tomado nota de la necesidad de unidad nacional frente al grave problema en el lugar más sensible: su frontera. Tenemos que contribuir a restaurar el derecho internacional como “cúpula de hierro” de la paz. Pero, como acostumbramos, nos hemos situado a uno y otro lado del hemiciclo, no sobre él. Y así es imposible ver nada con clarividencia y perspectiva. Pero insistimos: el presente se retrotrae al pasado, y para conjurarlo hay que conocerlo.