La nación y la prensa entre la política y la metapolítica
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Podemos seguir con el pim, pam, pum del vodevil político, con frases tan metafísicas como la de “es lo que hay”, o asumir nuestra responsabilidad más allá de rutinas consumistas. En esto al periodismo le queda mucha actividad por hacer. La metapolítica no es una labor reservada sólo a las academias; si algo falta es un enfoque que vaya más allá de dimes y diretes partidarios. Es evidente que los partidos no están interesados en tales asuntos. Por ello, ¿lo dejamos en blanco? Si los partidos no quieren reflexionar sobre el largo plazo, algo o alguien deberá hacerlo en su lugar. A no ser que creamos que es suficiente con ser eco de escaramuzas y rutinas.
Demos un salto al panorama doméstico. Si observáramos críticamente los programas de la radio o de la televisión, comprobaríamos que son lugares extremadamente amables. Nada de lo presentado está mal. No sabemos si es porque prima un admirable espíritu de tolerancia, o porque sólo entra lo que a los responsables del ente les gusta, por lo cual no cabe controversia. Si este es el caso, la criba deja pasar un porcentaje bastante alto de mal gusto. Viendo la competitividad que hay en el mundo, sería conveniente preguntarse si esto es lo mejor para sacar la cabeza. No faltarán quienes digan que nuestro cine, música, escritores, instituciones o sistema son inmejorables. Nada es inmejorable, sobre todo cuando fuera hay mucho bueno. Tenemos grandes cosas, efectivamente, pero en número reducido. Y resulta inexplicable por qué hay figuras que destacando en programas espontáneos, desaparecen rápidamente, mientras elementos muy mejorables siguen ocupando la primera fila. ¿Mal gusto, nepotismo, enchufismo o una imposición para que no destaquemos como país y así sigamos en la periferia y sin enlazar con nadie? Fuera y dentro, a muchos no les ha hecho ninguna gracia Rosalía. Es más, no sabemos por qué dentro y fuera la califican como catalana (asunto problemático; el gramo que puede desequilibrar la balanza), cuando ella misma no se manifiesta en tales asuntos, defendiendo la pluralidad lingüística).
El modelo dialéctico de tesis, antítesis y síntesis es un mecanismo excesivamente incontrolable como para ser tenido en cuenta por el poder. “Si hacemos esto, demasiadas cosas aflorarán”, se razona. No nos extrañe, por tanto, que se quiera anular la filosofía en los programas educativos. La palabra más dialéctica a la que hemos llegado es "filtro". Sin filtros. El colmo del análisis; repetido por grandes, medianos y pequeños.
¿Cuál es el resultado? Un estancamiento autocomplaciente. Primero se “filtra” lo que no gusta (o no conviene) y después se elogia sin medida lo que ha superado la barrera, prueba de que hay oportunidades, de que la sociedad no es hosca ni hostil. Más allá, padecemos un grave defecto que nos expone al ridículo: el de no temerle. El otro día alguien en la radio mostraba una canción propia en contra de que la Inteligencia Artificial pudiera componer. Quizás haya que prohibir que la IA lo haga, pero también a determinados autores sin voz ni inspiración. Este puede ser otro de los efectos de la falta de crítica. Si el acuerdo es que todo es bueno, ¿qué importa que no lo sea y dé, en el mejor de los casos, risa?
La historia nos demuestra la gravedad de no mirar a largo plazo. Tras lo que antes se había alentado, es decir, la guerra mundial, diarios como Le Temps o The Times miraron las cosas de muy distinta forma. La amargura sustituyó al triunfalismo, lamentando el retroceso moral demostrado. Respecto a la prensa alemana, esta se escudó en la censura militar imperial, que había ocultado la gravedad de la situación. Unos y otros se prometieron que nunca más volvería a suceder. No; solo después de veinte años. Que Europa lleve ochenta años de paz interna no significa que sea un continente pacifista; su Historia abarca bastante más de esos años, aparte de que el colonialismo es un permanente estado de guerra. Dejemos a un lado lo de Yugoslavia, que debería ser un aldabonazo universal.
¿Sería imaginable un consejo de administración que sólo seleccionara los proyectos más dudosos, poniendo coto a los mejores? ¿Sería comprensible que no se pudiera criticar tal actitud? ¿Acaso la crítica es vista como una demostración de mal gusto en un ambiente de formas exquisitas? En absoluto. En el terreno de la política el mal gusto es insuperable e indisimulado. No hay comunicación contradictoria; hay tapada de oídos y pitidos. La crítica en su sentido dialéctico no se concibe. Sólo cabe el dogmatismo. Se podrá argüir que no es dogmatismo sino mantenimiento de los acuerdos previa y dialécticamente obtenidos en el interior de cada fuerza. Pero no es así. Lo hemos conocido, y no se iba a votar, sino a confirmar, además, sin saber qué. Los ciudadanos que no acceden a las cocinas de la decisión comprueban que hay un muro entre los que mandan y los que se supone son sujetos principales. Esto no sólo se da en lo público, también en lo privado. Una empresa de este tipo no sólo es el edificio y sus límites; fuera hay muchos servicios financiados por los ciudadanos, sin los cuales nada existiría. En definitiva, se están tomando muchas decisiones dentro y fuera que nos afectan y de las cuales no tenemos la más remota idea. El panorama es el de unas fracciones que no quieren superar sus diferencias mediante métodos razonables. El famoso cuadro de Goya, dos cazurros dándose palos con las piernas clavadas en el fango, no envejece. Sin embargo, si fue fácil el entendimiento para lo difícil, como reformar el artículo 135 constitucional, ¿por qué no se hace en cuestiones menos graves?
Esta alarmante falta de exigencia repercute en nuestro capital humano. Han sido ya muchas las veces en las que se ha demostrado que talentos geniales han tenido que hacer mutis por la aduana. Lo malo es que el país los prepara y en el extranjero los disfrutan. Todos los niños escolarizados deberían crecer con el comentario de Bismarck: «España es la nación más fuerte del mundo. Lleva siglos intentando autodestruirse y todavía no lo ha conseguido. Si acabaran esos intentos de autodestrucción, volvería a ser la más importante del mundo»...». Un alemán sabía mejor que nosotros sobre nuestras capacidades e incapacidades. Por supuesto, tal ignorancia desalienta al potencial de una nación. Es más, se cree que sólo se producen naranjas y aceitunas. Si se dijera al personal que España construía un vehículo a la altura del Rolls-Royce —como el Hispano-Suiza— cundirían los chistes. Aquel nefasto ministro de economía confirmó el nivel de desesperanza sentenciando que nos esperaba una economía de ladrillo y sol.
Ante este escenario, cabe recordar que España no es sólo un territorio rodeado de fronteras. Es algo mejorable o maleable. España en abstracto no tiene la culpa de lo que hagan los españoles en ella. Muchos pensarán que todo ha sido bastante decepcionante, en beneficio de unos pocos, por lo cual no cabe ningún tipo de entusiasmo patriótico. Sólo cabe sacar la bandera para festejar el fútbol. Y en parte, no les falta razón. Cuando hablábamos de crítica lo hacíamos en ese sentido dialéctico que acepta dos enfoques para una misma cosa. ¿Por qué España iba a ser mejor que las demás naciones o gustarnos sus tradiciones, algunas de ellas bárbaras con los animales? Pero ese territorio, sus habitantes, su idioma, su arte y sus riquezas son la barcaza que nos mantiene a flote sobre el océano. Podríamos cambiar de nacionalidad, si tal gusto existe; pero, en caso de no hacerlo, este es el bloque de madera a tallar. Un espacio como proyecto y laboriosidad.
Sin embargo, ese proyecto no se puede hacer unilateralmente, sin invitación al esfuerzo colectivo, sin intercambio dialéctico de ideas; sin presentar una antítesis con la voluntad en el otro de querer entender, y sin dejar a nadie con la palabra en la boca. Si conociéramos nuestra Historia veríamos que ese pueblo culpabilizado no es culpable. Tan violento en ocasiones como mal ha vivido siempre, fue capaz de levantarse contra el invasor mientras reyes, generales y aristócratas se entregaban al monarca extranjero impuesto. Porque en España sigue habiendo un prejuicio de clase que no se pregunta quiénes han detentado el poder durante siglos. Se oyen opiniones que parecen sacadas de las cavernas (perdón a los cavernícolas, que descubrieron el fuego y la rueda). Es incomprensible que se hable con tanta cerrazón, sin comprender que tenemos un problema de entendimiento porque estamos dispuestos a insultar en vez de escuchar. Actuamos como si fuera un negocio ajeno cuya quiebra que en nada nos perjudicará . ¡Ah!, cuando lleguemos nosotros. Pero España sigue esperando a un "nosotros" que todo lo arregla haciendo exactamente lo mismo que el desalojado.
Ahora ya podemos mirarnos sin complejos en el espejo de los europeos. Qué paradoja. Nosotros queriendo ser unionistas para mejorar y resulta que ellos se españolizan: operan sin capacidad crítica, sin comprender la naturaleza de las acciones que emprenden, como pedía Clausewitz analizando la guerra. Se mueven sin reflexión, sin diálogo, sin evaluación de capacidades, sin objetivos ni autocrítica. Creíamos que podíamos hacer una nación calcando de ellos y resulta que van a dejarnos a todos sin naciones. Como país hemos elegido el “no” en lugar del “sí, pero”. El no cierra y encierra; es un cepo de hierro que no te permite avanzar ni retroceder. El “sí, pero”, en cambio, representa introducirte en el círculo del otro y abrir sus puertas, lo que permite debilitarlas o conseguir la paz. Pero, no: crítica, dialéctica, filosofía, metapolítica son palabras destinadas hoy al polvo de las bibliotecas. Se ha de hablar, especialmente los periódicos, de cosas comunes de hombres muy comunes, y no abordar lo que siempre habían abordado: la salud espiritual y material de las naciones.