Talleyrand. La legislativa echa andar. V
A pesar de sus inflamadas diatribas, Mirabeau había sido la voz gritona de una revolución blanda que nunca apostó por la república y, aquel monstruo de fealdad y genio de la demagogia, a su muerte, dejó un vacío que nadie supo llenar. Mirabeau ponía a la gente de pie con una soflama y, con otra la obligaba a sentarse. Talleyrand era un gran jugador de whist, pero no era un demagogo, para lo cual hay que nacer. Y finalmente llegó a la triste conclusión de que Mirabeau había representado la última apuesta, para posibilitar la supervivencia de la monarquía en Francia. El país se iba al traste y, como escribió a Mme Flahaut, él no estaba dispuesto a hundirse en el marasmo que se aproximaba. Para ponerla a salvo, le insistió en que se fingiera republicana en lo posible, pero ella se decidió por la emigración. Su pobre marido no se dio prisa y murió cornudo y guillotinado en 1793.
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