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Talleyrand. La legislativa echa andar. V


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A pesar de sus inflamadas diatribas, Mirabeau había sido la voz gritona de una revolución blanda que nunca apostó por la república y, aquel monstruo de fealdad y genio de la demagogia, a su muerte, dejó un vacío que nadie supo llenar. Mirabeau ponía a la gente de pie con una soflama y, con otra la obligaba a sentarse. Talleyrand era un gran jugador de whist, pero no era un demagogo, para lo cual hay que nacer. Y finalmente llegó a la triste conclusión de que Mirabeau había representado la última apuesta, para posibilitar la supervivencia de la monarquía en Francia. El país se iba al traste y, como escribió a Mme Flahaut, él no estaba dispuesto a hundirse en el marasmo que se aproximaba. Para ponerla a salvo, le insistió en que se fingiera republicana en lo posible, pero ella se decidió por la emigración. Su pobre marido no se dio prisa y murió cornudo y guillotinado en 1793.

Talleyrand no había cesado en su empeño de ser ministro de Asuntos Exteriores. Su buen amigo Narbonne fue nombrado ministro de la Guerra con el visto bueno de los jacobinos y el de su amante Mme de Staël. Esta circunstancia lo animaba a insistir en su aspiración. El plan (un plan que sostuvo toda la vida) era establecer con Inglaterra un gran pacto del cual solo cabía esperar beneficios para la nueva Francia. Pero nadie compartía su principal deseo. Todas las monarquías de Europa, empezando por la inglesa, estaban en contra de la Revolución por el temor al contagio y solo perseguían acabar con ella cuanto antes.

Talleyrand se había hartado de repetir una y otra vez a la Asamblea y a quien quería escucharle: “Debemos establecer los pilares de una fraternidad eterna entre Francia e Inglaterra” una obsesión que se explica fácilmente si tenemos en cuenta que el exobispo era un epicúreo nato y, le constaba que en Inglaterra los de su clase seguían viviendo muy bien sin que les amenazara en el horizonte revolución alguna. La relación entre ambos países era, a su juicio, imprescindible para mantener la paz, y esta, para hacer posible su estabilidad. De Inglaterra había mucho que aprender, sobre todo en materia de comercio y finanzas.

Pero su mala fama de hombre perezoso, inmoral, chaquetero, agiotista y jugador, pudo más que el peso de la importantísima contribución intelectual que había aportado a la primera etapa de la Revolución y, su aspiración a un ministerio quedó en nada. Finalmente, de acuerdo con Narbonne, partió a Londres para tratar de convencer a los ingleses, de que la Revolución no era tan mala como el resentimiento de los emigrados pretendía hacerles creer.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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