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Capitán Richard F. Burton. El Gran Safari. IV


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La Royal Geographical Society dio a Richard Burton los fondos que había solicitado, aunque, tal como probablemente esperaba, la Compañía no cumplió la promesa, de modo que iba a emprender el más difícil de sus viajes con escasez de financiación. Cuando salió de Londres ya era otoño de 1856. Tenía 35 años. Acompañado por Speke, el cual confiaba en que los oficiales de la Compañía, en Bombay, acogiesen su solicitud de permiso de modo más favorable que los directores de Londres, Burton pasó primero por Boulogne para ver a Edward Joseph Netterville Burton, su hermano, que estaba de baja por enfermedad, antes de regresar a la India.

Burton y Speke llegaron a El Cairo el 6 de noviembre. Siempre con Speke, prosiguió su viaje a Suez y descendió por el Mar Rojo. Su vista aguda y su oído atento le llevaron a percibir los problemas que se avecinaban. Las condiciones políticas, sociales y militares surgidas de la “errónea administración anglo-india… y del temperamento árabe” no tardarían en dar por resultado “algún terrible desastre”. Había detectado los problemas que flotaban en el ambiente; con sus años de experiencia en Oriente, sabía que iba a estallar un problema más grave. Burton y Speke llegaron a Bombay el 23 de noviembre, y allí fueron recibidos por lord Elphinstone y por James Grant Lumsden, el viejo amigo de Burton desde los tiempos de El Cairo, que ocupaba entonces un puesto destacado en el Consejo de Bombay. Contrataron como “cocineros” a dos oriundos de Goa, llamados Valentino y Gaetano, “descendientes de esa raza de medio parias que anualmente crece desde Goa, Daman y Diu”, comentó Burton. Eran indispensables para el trabajo, pero también eran vanos, jactanciosos, ladronzuelos y glotones, con “una clara deficiencia de fuerza corporal”. Elphinstone, “sabedor de cuanta importancia adjudican los orientales al aspecto exterior”, facilitó a los dos exploradores un barco con equipamiento de guerra, para que pudiesen atracar en Zanzíbar con todo el peso del gobierno a sus espaldas.

Como siempre, esta aventura resultó tremendamente apasionante para Burton, ya que el bárbaro aficionado acechaba en todo momento bajo su piel de europeo civilizado. “Mi diario está lleno de rebosante entusiasmo”, escribió “Uno de los momentos de mayor alborozo en la vida de un hombre, creo yo, es el momento de emprender un largo viaje hacia tierras ignotas. Desperezándose, despojándose con un poderoso esfuerzo de todas las trabas que nos impone el Hábito, el plúmbeo peso de la Rutina, el manto de tantas Cuitas y la esclavitud del Hogar, uno vuelve a sentirse de nuevo mucho más feliz. Fluye la sangre por las venas con el ritmo vivaz de la infancia… Un viaje, de hecho, atrae a la Imaginación, a la Memoria y a la Esperanza, las Tres Gracias de nuestra esencia moral”

Pues eso.

(Continuará.)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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