Talleyrand. La revolución al fin. IX
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Al redoble de los tambores de los granaderos, trescientos clérigos revestidos de albas blancas ceñidas con banda tricolor y escoltados por un centenar de monaguillos y, su hermano Archambaud revestido de oro y espada al flanco, montaban la guardia al pie del altar.
El obispo avanzaba cojeando con la mitra episcopal calada y el báculo en la mano. Se dice que al pasar por delante de su amigo Lafayette, el elegante “héroe de dos mundos”, por su participación en la guerra de América y, ahora aclamado Jefe de la Guardia Nacional de Francia, Charles-Maurice le susurró: “No me haga reír, por lo que más quiera”.
A continuación, tuvieron lugar los juramentos cívicos, el primero el prestado por Lafayette, al que siguieron los de los diputados de la Asamblea Nacional, el Ayuntamiento de París, los federados y todos los espectadores. Cerraron “la ronda” el rey y el delfín.
Al día siguiente Charles-Maurice escribió a la madre de su hijo, calificando de “ridículo” el espectáculo que había protagonizado el día anterior. A sus ojos, los juramentados eran solo ficciones políticas que se usaban por comodidad según las circunstancias, pero que, en puridad, no tenían valor alguno.
Después de todo lo ocurrido, el Vaticano decidió finalmente tomar medidas contra aquello oveja cada día más negra. Sus pecados de herejía, apostasía y muchas cosas más no admitían perdón. Entre ellos, se había permitido en febrero “consagrar obispos por lo menos a tres sacerdotes juramentados (en realidad parece que fueron 14) para reemplazar a los refractarios y a los que habían emigrado. En sus memorias Charles-Maurice se justifica aseverando que lo hizo para asegurar la continuidad del catolicismo en Francia y, evitar que cayera en las garras del presbiterianismo. De todos modos, aunque fingió indiferencia, empezó a temer por su vida, que veía amenazada desde los extremos.
Los realistas radicales le dirigían veladas amanezcas de muerte en la prensa reaccionaria por haber traicionado a la Iglesia y a su clase. En el otro extremo, el odio de la calle contra la jerarquía riquísima de la Iglesia, que no había dejado de existir y, el de los que no se fiaban de las conversiones sospechosas e interesadas para salvar la piel y, seguir animando subrepticiamente la contrarrevolución, también lo tenían en su lista de “enemigos del pueblo”. Tanto miedo tenía que un día se presentó en casa de Adélaïde, que nunca dejó de ser una ultrarealista y, le entregó un sobre que, según dijo, contenía su testamento, en el que, con toda seguridad, no de olvidaba de reconocer a su hijo.
En cuanto a su curiosa relación con la Iglesia, decidió ponerle fin de una vez por todas. La iglesia le facilitó las cosas. En un breve del 10 de marzo de 1791 el papa le manifestó su dolor por cuanto había hecho hasta entonces y, en otro del 13 de abril lo amenazó con la excomunión si no se retractaba, pero ¿por qué iba a retractarse? Los rayos con que Roma lo fulminaba servían a su propósito final: romper todos los vínculos que lo ligaban a un estado que, al menos en teoría, aborrecía.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.