Capitán Richard F. Burton. En la corte del Agha Khan. I
El agha khan había establecido su vastísimo campamento, en los alrededores de las chozas de adobe de Ghara y, el ordenado campamento británico. La convocatoria a oración que entonaba el almuédano, cinco veces al día, los chillidos de las mujeres y de los esclavos apaleados, los balidos de las ovejas camino del matadero, el clangor (sonido de las trompetas o clarines) de los mensajeros, que acudían presurosos a la tienda del príncipe imam (agha khan), la llegada de las caravanas y de los agentes secretos, de los altos mandos y las bailarinas. Toda aquella barahúnda, no podía sino encandilar a Richard F. Burton, por grande que fuera el profundo desagrado, que poco a poco iba a inspirarle el príncipe, un hombre de robusta complexión, con un rostro picado de viruela, cruel, de talante engreído y, una vanidad insaciable. De joven, el agha khan se había sentido atraído por el sufismo y, había llegado a creer, que era el más enaltecido de los seres, el “insan-i-kamil”, u “hombre primordial de cualidades espirituales, plenamente realizadas”.
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