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Las estrellas brillan sobre la “Vía Láctea”


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Como historiador pienso mucho en el pasado y, menos en mi porvenir, dado que los octogenarios, ya lo vemos casi totalmente escrito.

Cuando se piensa en todos los acontecimientos del pasado, horrorosos o gloriosos, uno llega a verse como una simple criatura, importada durante un breve periodo a la corriente de la vida, a la que uno emerge en un momento preciso, procedente de la oscuridad y de la nada, para desparecer, demasiado rápido, en la oscuridad y en la nada.

El instante preciso en que salí de la nada, fue el día 8 de julio de 1942, en un pequeño chalet de la calle del Polvorín en el Terreno, un barrio de Palma de Mallorca. Pero, de hecho, no fui consciente de mi existencia, hasta unos tres años después. Y en ese intervalo, de 1942 hasta el día de hoy, pienso haber sido bastantes consciente, del retorno próximo - si lo comparamos con los años de la historia conocida - a la no-existencia, estado del que salí hace ya bastante tiempo.

Este paso por el mundo, me parece, a día de hoy, una experiencia bastante especial y no del todo desagradable. Pero a mis quince años pensaba, creo que como la mayoría de los adolescentes, que todo lo que sucedía en el mundo, estaba contra mí. Creo recordar que siempre me he tomado la vida en serio, pero nunca me preocupé de saber, si todo lo que me rodeaba, tenía sentido o no. Pero, al mismo tiempo, siempre fui sensible, a esa idea del retorno a la no-existencia, esa de la que había salido, después de mi fallecimiento. Nada se puede hacer para evitarlo y, no puedo decir que, a día de hoy, mi cercana desaparición me dé miedo o me angustie, pero si me encoleriza en momentos dados.

La adoración de una divinidad – como escribía Leonard Woolf – considerada como creadora del universo, que apercibimos en todos los himnos y los salmos judíos o cristianos y, los de la mayor parte de otras religiones, no dejan de parecerme ridículos. Pero bueno, podríamos añadir que esa criatura divina, la llamemos como la llamemos, creó dos o tres buenas cosas, a lo largo de millones y millones de años. Considero que nadie puede estar en desacuerdo con: “Mi corazón late con más fuerza, cuando contemplo un arcoiris en los cielos” o “Los junquillos dorados cerca del lago, más allá de los árboles, ondulan o se balancean bajo la brisa”, o también “Las estrellas brillan en la Vía Láctea”… pero todo eso ¿a costa de que sufrimientos? De desdichas, de crueldad.

Difícilmente soporto la estupidez de sistemas económicos sociales y políticos, que comportan, guerras, mortalidad infantil, hambrunas, emigraciones forzosas, toda clase de desdichas. Son los dioses, quienes deberían ser civilizados por los hombres y no al revés.

No vivo bien la necedad de un sistema, que exige a los seres humanos trabajar y sufrir, pasar años en adquirir conocimientos y experiencia, saberes y, el día en el que por fin esos seres humanos, podrían poner todo eso al servicio de la humanidad, para hacerla más dichosa, comienzan a peder sus dientes, sus cabellos, su espíritu, su memoria y, son llevados – con todo lo que han aprendido – de vuelta a la tumba y a la nada.

Es evidente que algo, un proceso cósmico o un dios para los creyentes, creó el universo y, que seguramente tenía un objetivo, pero ambas cosas nos son ininteligibles. Lo que nos les proporciona ninguna excusa. Pero es cierto, nada puede uno hacer. Por lo que es inútil protestar o enfadarse. Así que mejor, vuelvo a mi optimismo de nacimiento, a mis libros y a mis tontos escritos.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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