El Nilo Azul. James Bruce. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Ozoro Esther, hija de la reina madre Iteghe, y casada con el Ras Michael (de los que hablamos en el anterior texto) también atrajo las simpatías de James Bruce, pues era una hermosa muchacha, que andaba medio loca, por culpa de la violencia que la rodeaba. Difícilmente podría decirse otra cosa de Tecla Haimanout, el joven rey, y de Ras Michael. Cuando Bruce se encuentra por primera vez con ellos, estaban ocupados en arrancar los ojos a una docena de cautivos. Del aspecto del rey, Bruce no nos cuenta gran cosa.
Por el contrario, Ras Michael se proyecta como una figura, perfectamente definida: un viejo tirano septuagenario, de pelo cano, temible, que adoptaba el aire y las maneras, de un barón medieval. Entró a caballo en Gondar, vestido con un manto de terciopelo negro con orla de plata y, un paje a pie, a la altura del estribo derecho, portaba una vara de plata. Tras él el ejército: todo soldado que había matado un hombre, llevaba en la lanza una tira de tela escarlata y, los testículos de la víctima.
Bruce, al ser recibido en audiencia, uno o dos días después, se encuentra con Michael sentado en un sofá, rodeado por su séquito, el cabello cayéndole en cortos rizos, delgado, de porte autoritario, casi un metro ochenta de estatura y, ojos muy inteligentes. Bruce hace la reverencia de rigor, besando el suelo a sus pies. La acogida fue cordial y, después de prevenirle de los peligros de moverse solo por el país, Michael le entrega el mando, de una compañía de caballería del rey.
Es un milagro que Bruce sobreviviera, incluso que recibiera honores, entre estos hombres violentos, cuya primera reacción, era matar a los forasteros y, robarles sus pertenencias. Bruce tenía valor y, además, llevaba un voluminoso cartapacio, con cartas de los sultanes de Constantinopla, El Cairo y La Meca, aunque de poco servían en ese bárbaro mundo cristiano. Nos explica Bruce, que los guerreros etíopes quedaron muy impresionados, por el poder de su moderno rifle, especialmente cuando disparaba a los milanos, al galope sobre un corcel negro. La habilidad de Bruce como médico, contribuyó a que fuera muy bien recibido, pues infecciones como la viruela, eran endémicas. También contó en su favor, que hubiera aprendido a hablar en “ghez” y árabe. Pero a la postre, fue su imponente presencia y su aire de seguridad, lo que en realidad le salvó.
Los exploradores de África tienden a repartirse en dos grupos: los sofisticados y románticos, que asimilaban el protector colorido local del país y circulaban disfrazados, pasando por mercaderes, correos e, incluso, peregrinos de camino a La Meca; y los tipos prácticos, que afirmaban con audacia su propia identidad y, desarmaban toda oposición, avanzando frontalmente hacia sus objetivos, en una demostración de absoluta y total confianza. Bruce no era un inexperto, en las artes de persuasión. Nos cuenta que, en Etiopía, se había procurado una cota de malla, mantos y llamativas fajas prendidas con pistolas, como cualquier otro cacique, pero en conjunto, pertenece al grupo práctico. Poseía, además, un buen conocimiento dieciochesco de la intriga cortesana, así como de la palabra amable, que induce al mecenazgo. Escribía: “El hombre es siempre la misma criatura en todas partes, aunque el color sea distinto”. “La corte de Londres y la de Abisinia, son idénticas en sus principios” (El término “Abisinia” era de uso general en aquella época; pero “Etiopia”, según Alan Moorehead, es más correcto).
Así, después de limpiar de viruela el palacio de la reina madre, de mariposear con Ozoro Esther y, de adular al Ras Michael, todos estaban bastante dispuestos, a llevarle en la siguiente expedición, al sur del lago Tana, donde un cacique rebelde, llamado Fasil, andaba levantando un ejército, contra el trono.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.