El capitán Richard F. Burton. Entre los ismaelíes. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El trasfondo del agha khan, era de los que más fascinantes podían resultar, para un talante como el del joven Richard F. Burton, siempre tan enamorado de lo exótico, de lo insólito, de lo peligroso, a pesar de lo cual, desarrollaría una gran aversión, hacia la persona del príncipe imam.
Durante un largo periodo de tiempo, los ismaelíes, rama descendiente de las poderosas dinastías fatimíes, que habían sido reyes en España y en El Cairo, habían desaparecido tras las brumas de la historia. A comienzos del siglo XVIII, los europeos más avezados, en esta clase de investigaciones, habían descubierto a grupos diseminados de ismaelíes, en Siria y en Persia, los cuales seguían siendo leales, a la sagrada presencia de un dirigente espiritual, el imam, que, según los fieles, era descendiente directo del cuarto califa del Islam, Alí.
Los ismaelíes habían sido conocidos anteriormente, como “asesinos”, dado que habían desarrollado una serie de técnicas refinadas, para eliminar a sus enemigos, religiosos y políticos. A través de diversas doctrinas ismaelíes extremas, esta práctica se había mitigado, aunque el carácter sagrado del imam, no hubiese disminuido ni un ápice. No sólo era la autoridad suprema en materia de religión, sino que era además, una persona de gran poder y abundante riqueza. Anualmente, los fieles ismaelíes, conocidos genéricamente como “khojas”, llegaban desde lugares tan remotos como la misma india, con un tributo, el “zakat” islámico o diezmo. Dicho tributo iba a engrosar, las arcas del príncipe imam, lo cual le deparaba esa extraordinaria riqueza, que tan común resulta, entre ciertas clases sociales de Oriente, riqueza que además, ni se contabilizaba y, que se dilapidaba sin freno.
En 1812 y, en una aldea cercana a la sagrada ciudad de Qum, fortaleza ismaelí, el imam de entonces, Khalilulla, fue descubierto por un viajero francés. Khalilulla era muy odiado por las sectas rivales, pero gozaba de la protección y los parabienes, del sha de Persia, Fath’Alí, de la dinastía turco-persa nómada de Qajar, gracias a lo cual se convirtió inmediatamente, en objeto de inusitado interés, para la Compañía de las Indias Orientales, debido a los planes que albergaba, respecto a la conquista de Irán, que haría las veces, de excelente fortaleza defensiva, contra las aspiraciones de los zares.
Khalilulla era reverenciado casi como un dios, por sus seguidores. Pero en 1815, fue liquidado por una turbamulta, en la ciudad de Yezd. Parece ser que los instigadores del homicidio, fueron los miembros de una secta llamada “de los Doce”, cuyo mullah dirigente fue capturado en Teherán, tundido a palos e – insulto denigrante donde los haya – privado de su poblada barba, si bien no llegó a ser ejecutado. El hijo de Khalilulla, Hasan Alí Shah, que contaba a la sazón 17 años de edad, se convirtió en el nuevo imam de los ismaelíes. La madre del muchacho, una mujer sumamente vigorosa y poderosa, solicitó del sha Fath’Alí, la devolución de sus antiguos dominios. Como la familia disfrutaba del favor de la realeza, el sha concedió al nuevo imam de los ismaelíes, el grandioso título turco-persa de agha khan Mahallati. “Aqa” (o Ahgha, como escribe Burton a veces, o sencillamente aga) era un vocablo tártaro, que significaba dignatario o señor feudal, mientras que “khan” era el equivalente de soberano o emperador, términos hoy degradados, por su excesiva utilización. Ahora bien, una de las tierras de mayor importancia para los ismaelíes, la rica provincia de Kerman, notoria por su abundancia agraria y, por su fervor religioso, permaneció en manos del sha.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.