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Los orígenes del totalitarismo


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Todo movimiento totalitario, se implanta con propaganda y terror, dos caras de la misma moneda. Lo explicó espléndidamente, hace ya tiempo, Hannah Arendt en su obra con este título. La lectura, o relectura, del mismo, ayuda a entender, como es posible que Putin, mantenga el apoyo de su población (recordemos que los nazis iniciaron su escalada al poder absoluto, a través de las urnas), mientras invade un estado independiente. La eficacia del totalitarismo, requiere de la proliferación de la mentira, como llamar a una guerra “operación especial”, para señalar que rusos y ucranianos son un solo pueblo, que Ucrania no es una nación (sobre el particular, he comenzado a escribir algo sobres los inicios de La Rus de Kiev) y por eso no hay guerra, el mismísimo lenguaje que usa China, respecto a Taiwan.

Propaganda es convertir a la víctima en agresor, como en esa fantasía en la que es Rusia la que es atacada, mientras se oculta la cifra oficial de bajas en su ejército (lo hacen todos en las guerras, sí, pero no por eso deja de ser mentira). Propaganda es darse un baño de masas, en un espectáculo de totalitarismo (como hicieron Franco, Mussolini e Hitler) haciendo de la política pura estética, teatralizando el discurso, desde el efectismo de las emociones ¡ah las emociones! con banderas himnos y símbolos. Propaganda es el culto a la muerte y el sacrificio – como hacía la Falange – la viril invitación a la lucha. Propaganda, en fin, es elevar a tu enemigo, Occidente, a categoría absoluta, con una identificación apasionada, de los supuestos responsables de la situación, construyendo el “mito negativo” (como dice Máriam Martínez-Bascuñán) que los mantendrá unidos.

El reverso de todo ello es el terror, la idea de una purificación necesaria, de todos aquellos, a los que Putin ha calificado de “traidores nacionales”, frente a la parte “sana de la sociedad.

“Purificar”, nada menos, una palabra que por si sola, genera la certeza de un nuevo horror, para quienes muestren, critiquen o sólo mencionen la guerra. Paradójicamente, mientras la palabra “guerra” se prohíbe en Rusia, aquí, donde podemos pronunciarla, parece un nuevo tabú y, quizá por eso, no acabamos de interiorizarla. Porque guerra es la crisis energética, los millones de refugiados que están viniendo a Europa, el aumento del presupuesto en defensa, la subida de la gasolina, la incertidumbre radical que nos habita, las sanciones y embargos que desplomarán el PIB, y requerirán medidas valientes y estímulos fiscales europeos. Con casi seguridad, la guerra provocará turbulencias en nuestras democracias, en el sistema con el que estamos comprometidos, como señaló Trudeau en el Parlamento Europeo. No sé los demás, pero a mí me gustaría que nuestros líderes, además de hermosas palabras, nos dijeran a las claras: estamos en guerra. Quizá así asumiéramos que, aunque tomemos medidas para paliar sus efectos, lo vamos a pasar mal. Y ahí si pondremos a prueba, nuestra solidaridad con Ucrania.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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