Eurico comenzó su reinado, prodigando gestos de gran soberano. Envió de inmediato, embajadas a todos los reinos vecinos, anunciando su llegada como nuevo monarca: sus legados llegaron hasta Constantinopla, hasta la corte de los suevos en Hispania, y a la de los vándalos en África. León, entonces emperador romano de Oriente, le envió, a su vez, embajadores. Y también, el rey de los persas. Pero sus enemigos tampoco eran mancos, y pronto dibujan una coalición, que aunó a bretones, francos y burgundios, alimentados todos desde Roma. Por si faltaba poco, también los suevos se revolucionan en Hispania, y rompen el acuerdo con los visigodos. Eurico ve claro que si quiere imponerse, tendrá que demostrar que es más fuerte que sus vecinos. Y una de las primeras cosas que hace, es trasladar su capital (Tolosa), llevándola más hacia el oeste, a Air-sur-l’Adour, en el actual departamento francés de Las Landas, un lugar mucho más relevante, para controlar las rutas del oeste hacia Hispania y, sobre todo, alejada del peligro que supone la vecindad de los francos, burgundios y romanos.