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Niels Bohr. La ciencia hace limpieza. II


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

El espectáculo de la ciencia, volviendo sobre sí misma, era emocionante en extremo. Todo queda en entredicho. El científico y filósofo vienes Ernst Mach (quien dio nombre a la velocidad de la barrera del sonido) llegó al extremo de cuestionar la existencia del átomo. Casi medio siglo antes, el ruso Mendeleyev había revolucionado la ciencia, con su Tabla Periódica de Elementos atómicos. ¿Qué era exactamente un átomo? ¿Alguien había visto alguno? Según Mach, el átomo no era más que un concepto desfasado, un vestigio de un modo de pensar anterior y, acientífico. La ciencia estaba cargando, con una idea abstracta e insignificante, jamás constatada por nadie. Ya no había nada sagrado. Hasta las nociones más básicas, se podían cuestionar. Niels Bohr empezó pronto a hacer eso. En 1909 inició su tesis doctoral, que resultó ser un trabajo puramente teórico, sin que el autor introdujera el componente de la experimentación y, que llevó a una conclusión demoledora. El título de la tesis de Bohr fue “Investigación de la Teoría del Electrón en los Metales”. Bohr rechazaba la postura extrema de Mach. El átomo no sólo existía, sino que empezaba a comprenderse algo, acerca de su naturaleza. Para los años finales del siglo XIX, la mayoría de los científicos (¡pero no Mach!) consideraban el átomo, como la forma fundamental de la materia.

De hecho, su mismo nombre en griego, significa “sin partes”, es decir, indivisible. Entonces, en 1897, el físico británico J. J. Thomson descubrió el electrón, la primera partícula subatómica conocida. El electrón tenía una carga eléctrica negativa. Todo Hacía pensar que el átomo, tenía una estructura interna. Thomson sugirió que el átomo era, como un pastel esférico de carga eléctrica positiva, con electrones pegados a modo de pasas, suficientes para neutralizar dicha carga.

El cuadro cambió un poco, cuando tocó explicar cosas como el magnetismo de los metales. Según la teoría del electrón en los metales, un metal podía concebirse como un gas de electrones, en medio de una red espacial de iones de carga positiva.

En estos primeros días, en los que nadie sabía exactamente de que estaba hablando, un íón se definía de una manera circular, reminiscencia de Alicia en el País de las Maravillas, como “un átomo que ha perdido sus electrones”. Se elaboraron teorías provisionales sobre teorías provisionales. Había un sentido en lo que decía Mach. ¿Cuál era el fundamento de todas estas teorías, si nadie había visto un átomo?

Sin preocuparse de semejantes rigores, Bohr siguió avanzando por lo desconocido, a golpe de teoría. En su tesis argumentaba, con un análisis parsimonioso y preciso, que el magnetismo revelaba las deficiencias en la teoría del electrón en los metales. La respuesta obvia era cuestionar dicha teoría, pero Bohr escogió un camino completamente diferente.

Y aquí atisbamos por primera vez, la asombrosa originalidad y valor de su pensamiento. Bohr argumentó como sigue: la teoría del electrón en los metales, explica casi todas las cualidades, mostrada por los metales. El problema empieza, cuando hay que explicar algo acerca de las “cantidades”, implicadas en el comportamiento metálico. Por ejemplo, cuando se colocan ciertos metales en un campo eléctrico, la fuerza de su magnetismo (que depende de los electrones) no concuerda con las leyes de la física clásica.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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