Baruch Spinoza. Fallecimiento. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Con el fin de situar mejor la muerte de Spinoza, recogemos dos noticias que ayudarán, figurarnos cuál fue el ritmo del deterioro de su salud. La primera es que, aún el 6 de diciembre de 1676, compró material de hojalata a un tendero, lo cual nos hace suponer, que aún lo seguía utilizando en sus labores de pulimento de lentes.
La segunda noticia, más conocida que la anterior, es que, tres meses después de eso y, solo quince días antes de su muerte, el 6 de febrero de 1677, cuando Schuller le visitó por última vez en La Haya, ya Spinoza estaba muy débil, por lo que el médico presintió su pronto fallecimiento. Veamos sus palabras a Leibnitz: “Me temo que el señor D.B.d.S. nos abandonará en breve, ya que la tuberculosis, enfermedad heredada de la familia, parece que se agrava de día en día. Y, efectivamente, Spinoza murió a los pocos días.
Sin duda porque la muerte de Spinoza, cuando Colerus (uno de sus biórafos) escribió, ya había dado lugar a cometarios de todo tipo sobre sus circunstancias, la describe con todo detalle y, después de citar cada una de las dudas o “rumores” de otros, las calara una por una. He aquí su versión:
“El domingo (sábado) por la mañana, antes de la hora de ir a la iglesia, descendió de nuevo y habló con el hospedero y su mujer. Spinoza había llamado a su lado a cierto médico, L. M., de Ámsterdam, el cual encargó a los hospederos, que compraran un gallo viejo y que lo cocieran aún aquella mañana, a fin de que a mediodía pudiera Spinoza tomar su caldo. Así lo hicieron y, cuando el hospedero y su esposa regresaron a casa, aún tomó un poco con apetito.
Después de mediodía fueron los hospederos juntos a la iglesia y, dicho doctor, L. M., se quedó solo con él. Pero al volver de la iglesia, se enteraron de que Spinoza, había muerto a las tres, en presencia del mismo doctor. Este zarpó aquella misma tarde en el barco de la noche hacia Ámsterdam, sin preocuparse más del muerto. Sí había cogido, en cambio, algún dinero que Spinoza había dejado sobre la mesa, a saber, un ducado de plata unas pequeñas monedas, así como un cuchillo con mango de plata y, se los había llevado”.
Como ya hemos dicho, la muerte de Spinoza no fue imprevista, ni para él ni para otros. Él la presentía, sin duda porque conocía su enfermedad y, además, ya se sentía débil. Y, como acabamos de decir, quince días antes de morir, Schuller informó a Leibnitz, de que se agravaba de día en día y fallecería “en breve”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.