El lunes 7 de agosto Paccard y Balmat pernoctaron, como ya era habitual en casi todos los intentos, en lo alto de la Montagne de la Côte, provistos de una manta, alimentos, un termómetro, un barómetro y una brújula. El alba serena anunciaba un tiempo magnífico y, a mediodía, los dos escaladores llegaban al Petit Plateau (3.650 m) sorteando las grietas con sus largos bastones para el hielo, colocados horizontalmente, a modo de puentes. Después, no sin rendir tributo al cansancio, atravesaron el Grand Plateau. A partir de aquí, entraban ya en territorio virgen, no hollado jamás por planta humana. El fuerte talud les obligó a tallar peldaños en el hielo, pero a la cinco de la tarde, se asomaban al nevado casquete cenital. Las dificultades técnicas habían quedado atrás. Lo que les quedaba se resolvía en un aéreo recorrido de suave pendiente – la arista de las Bosses – que ambos hombres superaron con admirable tesón, dado lo avanzado de la hora y el enrarecimiento del aire en semejantes alturas, que les hacía boquear a cada paso, faltos de oxígeno. Es indudable que uno y otro, poseían un talante muy superior a lo corriente. Y a las 6,23 de la tarde, ya no podían ir más alto. Estaban en la cima. Desde el fondo del valle, en Chamonix, las personas que contemplaban su ascensión a través de los catalejos, se convertían en testigos del primer gran día del alpinismo. Era el 8 de agosto de 1786 y el Mont Blanc, el pico conocido más alto de Europa (más tarde se descubrió, que el Elbrus en Rusia era algo más alto (5.642 m y se escaló en 1829).