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“Soirées”. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Nos explica Leonard Woolf en su inmenso “diario”, que cuando la salud de Virginia, llegó a ser algo más estable, comenzaron a disfrutar de una vida más mundana, lo que no fue sencillo. A Virginia le gustaba “el gran mundo”, la manera en que se desarrollaban las “veladas”. Cuanto más suntuosas eran, más las apreciaba. Su actitud ante ellas, no era simple, como todo lo que la concernía. La idea de participar en una, la excitaba mucho, le subía la temperatura de la mente y del cuerpo. Pero, de hecho, ella prefería soñar con ellas, más que asistir. Y, a veces, a causa de su vulnerabilidad, debido a una eventual espina, o a una flecha lanzada (o no) por la suerte, se ausentaba, como si hubiera asistido a la escena final del “Crepúsculo de los dioses”, como si hubiera visto y, sobre todo, oído, al mundo derrumbarse en llamas a su alrededor.

Leonard no participaba de ese optimismo respecto a las “soirées”, pues no sentía tanto placer en ellas como Virginia. Así, no fue con Virginia al “tea party” de Logan Pearsall Smith en Chelsea, ni al fin de semana en casa de Ottoline Morrell en Garsington, donde se bebía Earl Grey, rodeados de piezas chinas, cuadros, libros y, seres humanos, que se parecían todos entre sí. Un poco como el té, un gusto delicioso y refinado, mostrando una buena educación, cultura y, buen gusto. Pero nada más. (Hay que decir que el Earl Grey, no fue nunca el té favorito de Leonard y, que tampoco le gustaba Logan, el anfitrión).

En los años veinte, había algunas anfitrionas que habrían su salón, al cual eran admitidos escritores o damas que, una vez evaluados/as, pasaban a convertirse en asiduos invitados. Lady Colefax, lady Cunard y lady Ottoline Morrell, eran algunas de las anfitrionas más apreciadas. Se podría estudiar una parte de la historia de la sociedad, investigando sobre esos “salones”, una manera de vivir, una colección interesante de especímenes humanos, e incluso, el hecho de que ellos tenían una cierta influencia, sobre el funcionamiento de la sociedad, que hoy ha desaparecido.

El “salón” de Lady Ottoline Morrell (que fue durante un tiempo amante de Bertrand Russell) en Bedford Square, funcionaba de una manera más clásica. Existía bajo diferentes formas, uno podía ser invitado a comer, al té, a la cena, o a un “party” después de cenar, con mucha o poca gente. En cualquiera de esos casos, uno podía estar seguro de que el “pudding” contendría “ciruelas” – personas muy, o al menos un poco, menos distinguidas – y, en la mayoría de los casos, eran las ciruelas las que se ponían en primera fila en el pudding, cuanto más gordas, mejor. Pero no eran las ciruelas, las que prefería Leonard, en el pudding de los eventos sociales. En su opinión, ellas no tienen éxito, salvo si se las concibe en una reunión alrededor de una mesa, frente a un fuego en la chimenea, o en un jardín, gente agradable, entretenida e inteligente. Y el placer surge, de los encuentros entre esas personas, que mantienen conversaciones agradables, divertidas e inteligentes. Todo ello realzado por la belleza de la casa, buena comida y buen vino. Pero una velada no resulta agradable, salvo que el número de participantes, esté estrictamente limitado, para que cada uno tenga la posibilidad de expresarse. Tanto Virginia como Leonard, gustaban de ese tipo de veladas. Pasaron bastante tiempo en ellas, tanto en Richmond, como en Rodmell o, más tarde, en Londres.

En casa de una anfitriona “profesional”, como Ottoline, no era lo mismo, la observación del tipo de personas que concurrían. La observación de este tipo de anfitriones y, la de sus invitados, fascinó a Leonard. Para que resultara fascinante la velada, eran necesarios estos ingredientes: el gozo de proporcionar placer a los invitados, el arte de utilizar bien su poder y manifestar su prestigio, la pasión por coleccionarlo todo, de sellos a seres humanos.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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