El primer “ochomil”. “El Annapurna”. VI
Después de la fuerte tormenta nocturna, el amanecer trajo una calma relativa y, los dos hombres (Herzog y Lachenal) calzándose con trabajo las botas endurecidas por el intenso frío, se pusieron en camino a las seis de la mañana, sin cuerdas ni oxígeno (la expedición no lo llevaba). La pendiente, pese su moderada inclinación, le obligaba a detenerse con frecuencia. La latitud imponía su ley. Cada paso, era una pequeña victoria de la voluntad. Marchaban ensimismados, sin cruzar palaba entre sí, cada cual, encerrado en su mundo interior, conscientes de las deficiencias de su estado mental y, de la torpeza de sus reflejos.
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