A la altura de las elecciones del Frente Popular – febrero de 1936 – se podían distinguir ya dos evoluciones paralelas, que acabarían por ser determinantes en el desgaste de la izquierda socialista y, en último término, de la crisis de gobierno de mayo de 1937, que supuso la exclusión de los caballeristas del poder.
La primera de esas evoluciones fue el viraje del Comintern, que adopto una estrategia interclasista, en forma de Frente Popular. Era el comienzo de una reordenación de estrategias que, a la larga, conduciría a la colaboración entre el PCE y el sector centrista del PSOE. La filosofía fundamental de ambos, sobre los que tenían que ser los objetivos del Frente Popular, era la misma.
La antigua convicción de Prieto, de que la necesidad de restablecer la coalición de gobierno republicano-socialista, era primordial, se daba también en los comunistas, que buscaban asimismo, un pacto gubernamental entre republicanos y socialistas moderados o, incluso, un gabinete formado únicamente por partidos republicanos. (Véase en “La Revolución española” de Burnett Bolloten, la aceptación de mal grado de la dirección comunista, de la designación que llevó a cabo Largo Caballero, de ministros comunistas en septiembre de 1936). No obstante, serían precisos el estallido de la guerra, y la alteración política que supuso la necesidad urgente de la ayuda soviética, para convencer a Prieto, de las bondades de una alianza entre socialistas y comunistas.
La segunda evolución fue que, mientras los objetivos políticos de prietistas y comunistas comenzaban a converger a finales de 1935, las relaciones de los socialistas de izquierda con los anarcosindicalistas de la CNT y los disidentes comunistas, se hallaban en un momento de crisis. En realidad llevaban así desde 1933. La razón de fondo, era la sospecha generalizada en los diversos grupos izquierdistas, de que los caballeristas tenían la clara intención de absorberlos. Si analizamos en profundidad, la evolución de las relaciones de los socialistas de izquierda, con los anarcosindicalistas y con los comunistas disidentes (POUM y demás trotskistas), nos daremos cuenta de lo aislada que se encontraba, la izquierda del PSOE, en la primavera de 1936.
Veamos la historia de las relaciones de los caballeristas con los disidentes comunistas. En 1933, Joaquín Maurín, líder del Bloc Obrer i Camperol (BOC) concibió la idea de una Alianza Obrera. Su intención era crear un instrumento revolucionario que, traspasando las divisiones organizativas del proletariado, promoviera y coordinase una acción conjunta y eficaz, de la clase trabajadora en su totalidad. Pero la dirección caballerista, tan sólo mostró interés en la idea de una Alianza Obrera, tras la ruptura de la coalición republicano-socialista, y el posterior revés electoral de noviembre de 1933. Además, la izquierda socialista tenía una visión muy limitada, del papel que la Alianza podía jugar. Desde el inicio, la vio como un medio de extender la influencia y el dominio del PSOE y la UGT, en zonas que históricamente la organización socialista, había sido relativamente débil, como era el caso de Cataluña.
La izquierda socialista, quedó traumatizada por la magnitud de la represión de la revolución de Asturias. Temerosos de los efectos en las bases, los bolchevizadores del PSOE observaron con pasividad, como el PCE, no sólo asumía la responsabilidad política y, por tanto, la reputación por lo ocurrido en octubre, sino que adoptaba y transformaba la estructura, el significado político y los objetivos de la Alianza Obrera. Llevada a cabo a nivel local, la Alianza iba a convertirse, en la expresión embrionaria del frentepopulismo del PCE. En vista del tamaño insignificante de la militancia del PCE y, por tanto, de la inevitable marginalidad de muchas de sus organizaciones, puede extrañartnos, a primera vista, que los dirigentes de la izquierda socialista, fueran tan contrarios al nuevo modelo de las alianzas. Pero, no sin alguna justificación, los caballeristas comprendían que se trataba de un mecanismo, por el cual el PCE intentaba apropiarse de sus bases populares.
Lo más transcendental de todo esto, me parece que fue el fracaso de la izquierda socialista en 1935, a la hora de acordar la unidad de acción con la CNT. Porque, pese a parecer que tanto los socialistas de izquierda, como los anarcosindicalistas, se oponían juntos al socialismo centrista, encarnado en la estrategia prietista, de colaboración con el gobierno, sería más acertado afirmar, que los anarcosindicalistas estaban en contra de las tendencias reformistas, del movimiento socialista en su conjunto, mientras que los caballeristas se oponían exclusivamente al sector prietista. A lo largo de 1935 y 1936, las relaciones entre los socialistas de izquierda y la CNT, estuvieron llenas de dificultades.
Pues eso.
(Continuará)