EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Clayface intenta aprovechar el éxito del terror corporal, pero no alcanza las profundidades sangrientas del género 
Warner Bros.

Durante ocho décadas, varios personajes han encarnado al villano Clayface en los cómics de DC, pero los dos más destacados seguramente sean Basil Karlo y Matt Hagen.

Karlo, el primer Clayface, que debutó en junio de 1940, era un actor de películas de serie B que no tenía superpoderes, pero sí sed de sangre y afición por el crimen. En las aventuras de Batman de los años cincuenta, Clayface reapareció bajo la identidad de Matt Hagen, un cazador de tesoros cuyo encuentro accidental con material radiactivo le otorgó el poder de transformarse en una enorme masa de barro viscoso, con fuerza sobrehumana y capacidad para adoptar cualquier apariencia.

A lo largo de las décadas han aparecido y desaparecido otras versiones de los cómics de Clayface, pero para su debut en la gran pantalla DC ha optado por recuperar una vez más a Matt Hagen. Esta vez, Clayface protagoniza una historia sobre el origen de un supervillano, con una buena dosis de terror corporal, un subgénero que ha vuelto a ganar popularidad en los últimos años.

En esta reinterpretación contemporánea de la película, Hagen es un actor de Hollywood cuya carrera alcanza su punto álgido y termina cuando unos mafiosos le desfiguran brutalmente el rostro para vengarse de que se haya acostado con la novia del jefe de la banda. Desesperado, Hagen decide ofrecerse como conejillo de Indias para probar una fórmula experimental que contiene inteligencia artificial microscópica.

El tratamiento promete regenerar las células dañadas y devolver el cuerpo a su forma original. Al principio, los resultados son prometedores, pero después, en respuesta a una intensa excitación emocional —especialmente a la ira—, su carne empieza a deformarse y a adquirir una vida propia e impredecible.

Como ocurre en los cómics, Hagen aprende a modificar su rostro maleable para imitar a otras personas. Utiliza estas nuevas habilidades para emprender una sangrienta venganza contra los mafiosos que lo agredieron y arruinaron su carrera.

Aunque Clayface no cumple la promesa de romper los límites del género con una historia de terror corporal basada en un cómic, tampoco es un desastre absoluto. La película entretiene y ofrece suficientes secuencias imaginativas como para compensar algunos de sus aspectos más convencionales y unidimensionales.

Me entusiasmaba la perspectiva de una historia sobre el origen de un supervillano escrita y dirigida por Mike Flanagan. Este gran nombre del cine de terror es responsable de algunas adaptaciones recientes brillantes, entre ellas la insuperable La maldición de Hill House para Netflix. También me impresionó mucho su arriesgada e imaginativa actualización de la novela de debut de Stephen King, Carrie. Sin embargo, Flanagan se apartó del papel principal en la escritura del guion, probablemente por problemas de agenda relacionados con Carrie.

Conserva el crédito de coguionista. Pero hay poco en esta película que recuerde la sensibilidad de Flanagan hacia los personajes y los diálogos matizados de sus mejores obras. Una reescritura completa a cargo del guionista británico-iraní Hossein Amini (Drive, excelente; The Snowman, no tanto) podría explicar en parte la incertidumbre tonal de la película y la extraña falta de decisión que caracteriza buena parte de la acción.

El resultado final parece debatirse entre la audaz originalidad de su premisa y la necesidad de atraer al gran público.

Un protagonista sólido para un material poco desarrollado

Dicho esto, Tom Rhys Harries, actor galés que encabeza el reparto de Clayface, sostiene con gran solvencia los aspectos más débiles del guion y se entrega admirablemente a las horripilantes transformaciones de su personaje. Las mejores escenas de la película muestran a Hagen enfrentándose a lo que podría considerarse tanto un cuerpo nuevo y emocionante, dotado de capacidades sobrehumanas, como una aterradora degeneración total.

La enérgica interpretación de Harries da lugar a varias secuencias memorables en las que Hagen lucha contra su cuerpo descontrolado. La mejor muestra su empeño por evitar que sus párpados viscosos y disfuncionales se queden pegados y se cierren por completo. Los efectos de maquillaje protésico se combinan eficazmente con imágenes generadas por ordenador, y los aficionados al terror apreciarán el esfuerzo y la dedicación tanto del actor como del equipo de efectos especiales.

La película recuerda claramente a La sustancia (2024), la desmesurada y brillante incursión de Coralie Fargeat en el terror corporal de gran público. Clayface comparte con aquella película, implacable en su crudeza, el interés por la superficial vanidad de la fama y por los extremos a los que llega el protagonista para conservar la juventud y la belleza en un mundo que solo valora las apariencias.

Además, la conexión entre el estado emocional de Hagen y la deformación progresiva de su carne permite explorar de forma interesante la salud mental masculina y su impacto en el cuerpo. El hecho de que una historia sobre el origen de un supervillano aborde estos temas resulta, por sí mismo, bastante encomiable.

Clayface también evoca con fuerza La mosca (1986), la magistral e influyente obra de terror corporal de David Cronenberg. En este clásico, el científico interpretado por Jeff Goldblum mezcla accidentalmente su ADN con el de una mosca doméstica. Su transformación comienza como una emocionante sucesión de nuevas habilidades, pero acaba convirtiéndose en una descomposición física total que lo transforma en una criatura grotesca.

Clayface intenta recorrer un camino similar, pero sencillamente no consigue reproducir la capacidad de Cronenberg para moverse en la frontera entre el terror y el asombro ante las extrañas transformaciones del cuerpo.

Sin embargo, el principal obstáculo para el éxito de Clayface es la caracterización superficial de los personajes y el retrato muy esquemático de un reparto secundario compuesto por mafiosos estereotipados y caricaturescos. Esto resulta especialmente evidente en la historia de amor, que provoca más de un gesto de exasperación y parece introducida para fomentar la conexión emocional con los protagonistas.

La mosca sí logró integrar esa dimensión romántica en el horror: el científico Seth Brundle (Jeff Goldblum) y la periodista científica Veronica «Ronnie» Quaife (Geena Davis) se enamoran e intentan desafiar las probabilidades que juegan en su contra. La química entre ambos resulta increíblemente convincente, algo que sin duda contribuyó el hecho de que los dos actores fueran pareja. Por desgracia, Clayface no consigue reproducirla.

Aunque las secuencias más sangrientas de Clayface están llenas de ese terror imaginativo que solo alguien apasionado por el género podría concebir, los diálogos y los personajes se quedan cortos. La película no ofrece ni los matices emocionales característicos de Flanagan en sus mejores trabajos ni abraza conscientemente los excesos propios de los relatos de mafiosos o la mitología de los cómics.

En cambio, Clayface se queda en un término medio aceptable que puede resultar demasiado suave para los aficionados al terror acostumbrados a los espectáculos extremos de Fargeat y Cronenberg, y a la vez demasiado desagradable y violento para los seguidores de las películas de superhéroes basadas en cómics.The Conversation

Matt Jacobsen, profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Sociedad y Medioambiente, Universidad Queen Mary de Londres

Este artículo se republica a partir de The Conversation bajo una licencia Creative Commons.

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