Tras el éxito de la Vilafrancada, el absolutismo retornó al país. Juan VI tuvo que aceptar este hecho cuando un grupo de militares y civiles rodearon el Palacio de Bemposta. En todo caso, en los círculos de poder se perfilaron dos posturas. Por un lado, se encontraba el rey y el gobierno que defendían posiciones moderadas, prometiendo la aprobación de una nueva Constitución, ya que, como se ha señalado en 1824 se abolió la de 1822. Pero, por otro lado, estaba la corriente más extremista o reaccionaria, defendida por la reina Carlota-Joaquina y el príncipe Miguel, que terminó por promover conspiraciones contra el propio gobierno. Existen ciertos paralelismos con la situación española contemporánea en lo que se refiere a la existencia de dos posturas en el seno del absolutismo después del Trienio Liberal, cuando aparecieron los ultrarrealistas, en torno a Carlos María Isidro, germen del futuro carlismo, aunque el caso portugués, como vemos, es más complejo.