Los godos. Wamba. El hombre que no quería reinar. I
Este es mi rey godo favorito. No sólo porque pudiera ser un ancestro de la familia, sino por su personalidad, su vida y, lo mucho que aportó al Reino de Toledo.
- Publicado en Historalia
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
Este es mi rey godo favorito. No sólo porque pudiera ser un ancestro de la familia, sino por su personalidad, su vida y, lo mucho que aportó al Reino de Toledo.
Los estadounidenses asocian el café “latte”, con ideologías progresistas, hablan del “liberal latte”. Y parece que, en Bruselas, el PP se empeña en hacer algo parecido con Doñana, como si la disputa por la conservación del parque natural, fuera una especie de manía progresista.
Cuando era aún un chaval y veraneábamos en Valldemossa, después de cenar mis padres si iban a tonar un café con sus amigos a Ca’n Perico. Yo me quedaba un rato, antes de irme a la cama, con mi abuela Marie Porcel Boucher en el jardín. Ella estaba siempre allí, con sus pensamientos y mirando a la bóveda celeste. Entonces me enseñaba a situar y conocer las constelaciones, explicándome el origen y el porqué de sus nombres.
El físico James Trefil decía que la mecánica cuántica, es una “región del universo donde el cerebro humano, no puede sentirse cómodo”. Y esta incomodidad viene dada, porque la naturaleza, a escala microscópica, responde a leyes que desafían, nuestra comprensión de la realidad macroscópica. Entre estos comportamientos está la superposición (una partícula puede estar en diferentes estados a la vez, como el gato vivo y muerto de Erwin Schrödinger) y el entrelazamiento a distancia – o acción fantasmal como la describió Einstein – es el principio que permite, que las partículas separadas y alejadas, respondan de forma instantánea y, se comporten como un solo sistema.
Del Molino dice que leer hoy aquellas jornadas de la moción de censura, en el “Diario de Sesiones”, asombraría a todos los que sólo han conocido, los Plenos del Congreso actuales, en general preconizados y guionizados de antemano. Pero que escucharlas – y especialmente verlas en las grabaciones de TVE – es una experiencia impresionante.
La intensidad sin fisuras, con la que escribía Virginia Woolf, asociada a todas las sensaciones e impresiones, que registraba continuamente, era, en cierta forma, responsable de su vulnerabilidad y, de su miedo a las críticas. Incluso cuando comenzó a hacerse famosa, reconocida como una escritora importante, ella jamás, jamás, ha dado señales de ese mal fatal, que alcanza a todas las celebridades: creerse alguien importante. Muy al contrario, cuanto más apreciada era, más frágil se mostraba, más modesta se tornaba, más humilde, poco segura de sí misma, muy al contrario de personajes como Wells, Galsworthy y Shaw.
Adolfo Suárez se entendió con Santiago Carrillo y con Felipe González. Con Manuel Fraga menos, porque con Fraga no había quien se entendiera. Las amables conversaciones con los líderes socialista y comunista, difuminaron algo su imagen de jefe conservador y, sus votantes parecían sentirse traicionados. Los demasiados ucedistas, que se consideraban con derecho a sucederle, comenzaron a decir que su jefe, cargaba demasiado hacia la izquierda. Quizá tenían razón los del búnker, en lo de que el hijo de un rojo, acaba siendo rojo, como si fuera una fatalidad genética. La verdad es que Suárez, se entendía lo suficiente con la izquierda, como para parir con ella una Constitución neutra. El texto no es militante, el primero en no serlo en la larga y triste historia, de las muchas constituciones españolas.
Leonard Woolf repite con frecuencia, hasta que punto se descubre en los diarios de Virginia, que toda su vida giraba en torno de su escritura. Ella empleaba sus diarios como Beethoven hacía con sus libretas, lanzando una idea – en su caso un tema – que sería recobrado meses o incluso años más tarde, ella en un libro y él en una sinfonía. Cuando Virginia escribía, conversaba íntimamente con ella misma, a propósito de la novela, su significación, su sentido profundo, su objetivo, los personajes, la construcción.
Dueño de la escena, Felipe apenas miró sus notas. Al no haber gestionado nada, pues el partido llevaba sin bridas desde 1972, no tenía nada de lo que informar. Así que tomó el rábano por las hojas y, aprovechó para desarrollar el análisis que había escrito, en la reunión del hotel Jaizkibel. Habló de la enfermedad terminal del franquismo, de los errores de la oposición, de las alianzas y del futuro democrático, al que Portugal acababa de adelantarse. Lo hizo con su característica finura, identificando a los amigos y a los enemigos. Por unos instantes, todos los asistentes al congreso, parecieron franceses negociando un programa electoral. Bien iluminado en el centro del escenario, el chaman Isidoro, fascinó a los delegados. Antes de su intervención, muchos querían que siguiera una dirección colegiada, sin una cara al frente. Después del discurso, casi todos los reconocieron como jefe.
Hasta los años veinte del pasado siglo, el municipio de Suresnes (casi un barrio de Paris) era pura mugre proletaria. Las fábricas que usaban el río Sena como desagüe, no sólo hicieron de aquel suburbio, una pesadilla de Balzac, sino un foco de socialistas. Si hay algo en Francia parecido un falansterio – nos recuerda Del Molino – es Suresnes.
En el III Concilio de Toledo, convocado por el monarca Recaredo en el mes de mayo del año 589, el núcleo de la reunión giro, por supuesto, sobre materias de fe, dirigidas a defender la Trinidad, es decir, la consustancialidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que rechazaban los arrianos. Se anatematizó, en todos sus puntos, la doctrina defendida por Arrio el obispo hereje, que murió excomulgado y envenenado, en el año 336, después de ser condenado por el concilio de Nicea – presidido, como ya sabemos, por el emperador Constantino, en el año 325 – en el que se defendió la consustancialidad de las tres personas divinas (“homo-ousion”, de la misma esencia). En el concilio, se admitió la presencia de los representantes del pueblo godo (“omnis gens gothorum”), pero también de los representantes de los suevos (“suevorum gentis infinita multitudo”) en la unidad de la fe y, contra cualquier otra herejía. La conversión de Recaredo repercutió en la Narbonense, donde también se convocó un concilio en la capital, con asistencia de los ocho obispos de la provincia, para aceptar las directrices del monarca.
Una de las varias conspiraciones contra Recaredo, tuvo lugar en la Narbonense y, fue narrada por el franco Gregorio de Tours, en el que éste, asume el arraigo y la fuerza de las aristocracias arrianas. Los protagonistas fueron el obispo Ataloco (que se podía esperar con este nombre) y, los condes Granista y Wildigerno, que desencadenaron una guerra civil de graves consecuencias, por las bajas que se produjeron. La revuelta fue sofocada, por el mismo Claudio que había reprimido la de Mérida y, que se tuvo que desplazar hasta la Narbonense, con un poderoso ejército, dado que los rebeldes, estaban apoyados por lo ejércitos francos.
La muerte de Hermenegildo y de Leovigildo (según Isidoro, la del último de forma natural) ponía en manos de Recaredo (586-601) todo el poder del reino. Isidoro decía de él que era piadoso y dado a la paz y no a la guerra como su padre y, que llevó a toda la “gens” gótica a la verdadera fe. Y según Gregorio de Tours, estaba “tocado por la misericordia divina”. Esta fue la causa de la posterior amnesia de Isidoro, respecto a su participación en la lucha contra Hermenegildo. Amnesia que no fue gratuita y, obligó a Recaredo, a unir todas las fuerzas godas arrianas en la fe católica, la más numerosa. Sobre todo, porque había otros muchos problemas políticos que solucionar en el reino y, el monarca, un hombre quizá menos religioso que su hermano Hermenegildo, pero mucho más pragmático, al que las diferencias teológicas, que creaba el conflicto entre arrianismo y catolicismo, le debían importar un pito (al fin y al cabo, todo quedaba dentro del cristianismo) y, rodeado de estados católicos, comprendió la conveniencia política de la conversión (como vemos, la religión ha sido casi siempre, empleada como arma política). Sus antepasados habían sido capaces de relegar a un segundo plano, a dioses como Odín o Wotán, para establecer los pactos convenientes, con el gobierno imperial romano arriano, más fácil era acoplarse a un catolicismo, que compartía las mismas raíces religiosas que el arrianismo, que hasta entonces profesaban; consejo que, según alguna de las fuentes, había recibido de su padre Leovigildo.
Hay otra grieta o duda razonable, contra lo que se llamó, por algunos, el Pacto del Betis y, es esta: hasta finales del verano de 1974, no estuvo claro que el PSOE, pudiera convocar un congreso, por lo que me cuesta creer, que ya estuviera escrito su guión. Las afiliaciones habían crecido (la mía estaba ya muy cerquita de materializarse), se sumaban militantes sueltos y, grupos minúsculos en varias ciudades de España. Ya no se cabía en la vieja sede de Toulouse. Había que buscar un escenario más amplio, en algún lugar de Francia. Robert Portillon, responsable de las relaciones internacionales de los socialistas franceses – y, por ende, interlocutor habitual de los socialistas españoles – y alcalde eterno de Suresnes, ofreció el magnífico teatro de su municipio. La dirección del PSOE aceptó y, convocó el congreso para octubre.
Conspiranoicos de derecha o izquierda, alimentados por el resentimiento, de políticos que se quedaron en el camino (me viene de golpe a la cabeza, el de Pablo Castellano) han esparcido el bulo de que Felipe y, por ende, el PSOE, no fue sino la continuación del franquismo, por otros medios. Y los historiadores sabemos bien, que la historia es siempre más verosímil, bajo forma de conspiración. Cuesta mucho creer y admitir los hechos desnudos: un partido desconocido, que apenas había participado en la lucha antifranquista y, que muchos españoles suponían extinto, se convirtió en muy pocos años, en un poder incontestable, con un control sobre el Estado, superior al de las monarquías absolutas del pasado. Para muchos, sin una mano negra, esta historia era intragable.
Para ejercitar la filosofía, “no hay necesidad de instrumentos ni de lugares especiales, sino que, fuera cual fuere el lugar de la tierra, en el que pongamos el pensamiento, éste alcanzará siempre de la misma manera, la verdad, puesto que ésta está presente en todas partes. Un pensamiento, que hallará la aceptación más amplia, en la época helenístico-romana.
En “Protréptico” (cabe pensar que escrito en el año 351/350) Aristóteles trata de rebatir a la escuela de Isócrates, no ya como lo había hecho en “Grillo”, desmantelando la retórica, sobre la que se basaba la escuela del adversario, sino de forma positiva, mostrando la excelencia de la filosofía, sobre la que se asentaba, a su vez, la “Padeia” de la Academia (Paideia, en griego παιδεία, "educación" o "formación", a su vez de παις, país, "niño", era, para los antiguos griegos, el proceso de crianza de los niños, entendida como la transmisión de valores - saber ser - y saberes técnicos - saber hacer - inherentes a la sociedad). Aristóteles trata de mostrar que la filosofía, es superior en todos los sentidos, ya sea en sí o por sí, como por sus efectos y por los beneficios, que proporciona al hombre: en especial, frente a la “Antidosis” de Isócrates, señalaba que la filosofía era la base única y segura de la acción. Así pues, el “Protréptico” es la defensa integral de la filosofía. Al mismo tiempo es también, el documento en el que Aristóteles, que rondaba ya los 35 años, esclarece definitivamente para sí y para los demás, el ideal de la “vida teorética”, es decir, del tipo de vida que sitúa en la especulación, el propio fin y la felicidad, llegando de esta forma, más allá de las posiciones de la Academia.
Cuando Émilie du Châtelet, se convenció de que Voltaire no dabas más de sí en el plano erótico, comprendió que había que buscar la pasión por otro lado. Y así llega a su vida Saint-Lambert, diez años más joven que ella, un pisaverde bonito al que se entrega con un entusiasmo amoroso, que primero la halaga y, luego la asusta. Para colmo, el muy torpe, la deja embarazada. A su edad, en aquella época, es mal asunto. Ella aguarda los peores presagios, por lo que se apresura a acabar su magna obra, la traducción comentada de los “Principia” de Newton. En septiembre de 1749, da luz a una niña perfectamente sana, pero ella muere de fiebre puerperal, dos días después, a punto de cumplir los 43 años.
Como decíamos en el anterior artículo, la marquesa du Châtelet, defensora elocuente de las novedades newtonianas, polemizó sobre las “fuerzas vivas”, con el secretario de la Academia de Ciencias, un soberbio pelmazo llamado Dortous de Mairan. ¡Ella, una simple mujer que, por tanto, no podía entraren la docta casa! El doctor Dortous trató de apabullarla con mucho desdén y pocos argumentos, desde su elevado cargo, recibiendo el inequívoco revolcón por parte de la adversaria, que le pulverizó, tras advertirle, memorablemente, al comenzar su respuesta: “Yo no soy secretario de la Academia, pero tengo razón, que es algo que vale más que todos los títulos…”
Fernando Savater y otros volterianos más, han escrito sobre esta espléndida y hermosa mujer. Hija del barón de Breteuil, un diplomático culto; marquesa de Châtelet por su matrimonio con un militar tolerante; amante de Voltaire y amiga de personalidades de su época, Gabrielle-Émilie Le Tonnelier de Breteuil, fue una de las mujeres más destacadas de la Ilustración francesa del siglo XVIII. Su talento y su curiosidad, la llevaron a interesarse por todas las manifestaciones artísticas, a traducir obras clásicas y, a escribir ensayos de divulgación científica. El pasado diciembre, se cumplieron los 317 años de su nacimiento.
Pero al final del siglo XIX “ocurrió un cambio fundamental: los clérigos empezaron a jugar al juego de las pasiones políticas”. En nuestros días los clérigos están implicados en las pasiones de la política, con todas las características de las pasiones: la propensión a la acción, la sed de resultados inmediatos, la preocupación exclusiva del fin, el desprecio por la argumentación, el exceso, el odio, las ideas fijas. Se entiende que el retrato trazado por Benda, se aplicaba a los clérigos que “habían cometido traición”, no a todos los intelectuales. Pero desde entonces – afirma Sartori – el clérigo a la antigua ha acabado estando en franca minoría.
Cada generación quiere ser nueva, original, tiene necesidad de sentirse expedita y ligera, tiene que decir algo que no se haya dicho todavía, y contradecir lo que ya se ha dicho. Sino fuese así – escribía Giovanni Sartori – nuestra vida no tendría objetivo, ni la historia dinamismo. Pero no es fácil ser originales. El camino más fácil es la ignorancia. El que no sabe nada, puede despertarse cada mañana con una nueva ocurrencia, nueva para él. En los años sesenta mi generación, estaba convencida de que no había habido luz, hasta que fue encendida por nosotros, entonces veinteañeros. El más hábil entre ellos, decía sarcásticamente Sartori, redescubrió el paraguas. Sin embargo, la mayoría de las veces, el paraguas no se abría, y lo redescubierto estaba mal redescubierto (a lo mejor ya aparecía, mejor dicho y mejor explicado, en Aristóteles). Y muchos han buscado desde siempre la originalidad en el extremismo.
Intercambiaba opiniones hace unos pocos días con una amiga, sobre lo mucho que nos cuesta a algunos veteranos, entender los días que vivimos. Los cambios producidos por las nuevas tecnologías, es de tal magnitud, que ya no tenemos claro que queda del mundo en que crecimos, ni como va a acabar de conformarse el nuevo. Lo he comentado con cierta frecuencia, la Red nos ha conectado con los lugares más remotos, y nos ha puesto en contacto instantáneo, con personas con las cuales nunca nos veremos cara a cara. Ha alterado nuestra manera de relacionarnos con el tiempo. Hoy todo es apremiante, urge que nos pronunciemos ya mismo, sobre el problema más complicado. Disponiendo de un ordenador, un móvil o una tablet, es fácil creer que podemos gobernar las circunstancias, marcar el ritmo de la política, transformar las cosas con sólo utilizar los dedos sobre un teclado, a golpes de clics. Pero lo que aún está por ver, es si todas esas facilidades nos van a hacer más libres, más autónomos, más independientes.
En estos días los medios repiten la pavorosa noticia, que anunciaba el Daily Telegraph: el sello Pufin, propiedad de Penguin Random House, había modificado las obras para niños del escritor Roals Dahl, para adaptarlos y “asegura que puedan seguir siendo disfrutadas por todos, a día de hoy”. Así, las brujas malvadas de “La brujas”, ya no ponen los niños a dieta, ni son mecanógrafas sino científicas y, llevan peluca, ya no como una rareza, sino como muchas otras mujeres. La protagonista de “Matilda” no lee a Josep Conrad, sino a Jane Austen y, las tías malvadas de “James y el melocotón gigante”, ya no son gordas ni flacas. En definitiva: se tergiversa el significado, o directamente se censura su contenido, en aras de un supuesto público infantil, que, intuimos, se escandaliza más que el de la edición anterior.
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