Moción de censura. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Adolfo Suárez se entendió con Santiago Carrillo y con Felipe González. Con Manuel Fraga menos, porque con Fraga no había quien se entendiera. Las amables conversaciones con los líderes socialista y comunista, difuminaron algo su imagen de jefe conservador y, sus votantes parecían sentirse traicionados. Los demasiados ucedistas, que se consideraban con derecho a sucederle, comenzaron a decir que su jefe, cargaba demasiado hacia la izquierda. Quizá tenían razón los del búnker, en lo de que el hijo de un rojo, acaba siendo rojo, como si fuera una fatalidad genética. La verdad es que Suárez, se entendía lo suficiente con la izquierda, como para parir con ella una Constitución neutra. El texto no es militante, el primero en no serlo en la larga y triste historia, de las muchas constituciones españolas.
Aunque fue un esfuerzo colectivo y, todos los partidos con representación parlamentaria, aportaron lo suyo, renunciando cada uno a partes de su programa, el protagonismo de Suárez, estaba fuera de cualquier duda. Seguramente fue el que más se arriesgó y más se empeñó. En 1980 era presidente, porque el PSOE no supo ganar las elecciones de 1979. Pero el Presidente se había dejado mucho en el camino, España estaba hasta arriba de problemas, que el gobierno de UCD no sabía resolver. Se vivían los tiempos del llamado “desencanto”. La sociedad española – el pueblo español, como decíamos entonces – había dimitido del entusiasmo ideológico, que siguió a la muerte de Franco y, se enrocaba en el cinismo. En abril de 1980, la inflación superó los quince puntos y, el desempleo pasaba del diez por ciento, pero el juvenil llegaba casi a los cuarenta. La delincuencia estaba disparada: en 1980 había más presos en la cárcel que en 1955, en pleno franquismo.
Joaquín Sabina escribió una canción titulada “¡Que demasiao!”. Se convirtió en la oda al delincuente, que entonaba una clase media que lo admiraba en la distancia, pero sujetándose muy fuerte el bolso y, poniendo el cepo antirrobo en el volante del coche. La atracción por la vida marginal, llegó a las clases altas con la droga. Por el Madrid de la “movida”, se mezclaban el lumpen y la joven burguesía, siempre dispuestos a compartir jeringuilla, aunque no gustos musicales. Como síncopa en una partitura, sobre esta melodía atronaba otra delincuencia, esta política, que en 1980 llegó a su cumbre: 130 muertos en atentados (93 de ellos obra de ETA) uno cada tres días. Fue el año más sangriento de la Transición.
De manera que el 28 de mayo de 1980, el PSOE presentó una “Moción de censura”. Según nuestra Constitución, para ello se necesita la décima parte de los diputados (35). Yo fui uno de los firmantes de la misma. Según me comentaron, se eligió a los 35 más serios, es decir, a los que no acostumbraban a irse de la lengua. Porque el texto de la moción, se había redactado y firmado dos días antes y, había que mantenerlo en secreto.
Tenía razón Alfonso Guerra: aquella tarde en el Congreso, al cerrar el debate de la moción, los trozos de Adolfo Suárez se esparcían por el suelo. Como decía antes: Suárez se lo había dejado todo en el camino. Sus compañeros de partido, luchaban entre sí como hienas, ignorando su cadáver político y, sus votantes ya se habían pasado al PSOE o, más bien a Felipe. No saldría adelante aquella moción, pero Suárez la había perdido.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.