Suresnes. Octubre de 1974. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Hasta los años veinte del pasado siglo, el municipio de Suresnes (casi un barrio de Paris) era pura mugre proletaria. Las fábricas que usaban el río Sena como desagüe, no sólo hicieron de aquel suburbio, una pesadilla de Balzac, sino un foco de socialistas. Si hay algo en Francia parecido un falansterio – nos recuerda Del Molino – es Suresnes.
Desde 1919, una sucesión de alcaldes socialistas, convirtió sus barriadas de miseria, en viviendas de ladrillo aseadas y simétricas, con cuatro pisos y algunos toques muy discretos de decoración cerámica. Escuelas, parques y centros sociales, se diseminan hoy, con armonía geométrica, por unas calles que, aún hoy, transmiten el mejor espíritu socialista. No ese socialismo bolchevique feo y alcoholizado, sino la sobriedad elegante de la Segunda Internacional, esa forma risueña de socialismo, que Lenin detestaba.
De puro ingenuos, aquellos obreros eran muy combativos y, en una calle de Suresnes, se rearmó el partido socialista francés, durante la ocupación alemana, cuando el alcalde Henri Sellier – destituido por el gobierno de Vichy – reunió a los cuatro militantes que habían escapado de los nazis y, montó una célula en un pisito a dos pasos del gran teatro, que se había inaugurado en 1939, orgullo del proletariado. Suresnes fue uno de los pocos focos de poder socialista, que no sucumbieron a De Gaulle ni al comunismo. En medio de esa especia de “aldea gala”, se levantaba el teatro, ágora y faro de la cultura popular, donde se refugió durante unos años Jean Vilar, el gran revolucionario de la escena francesa, fundador del festival de Aviñón y, director del Teatro Nacional Popular, cuya sede puso en ese edificio de Suresnes, que hoy lleva su nombre.
Pero en 1974, pese al entusiasmo de su alcalde Robert Pontillon, viejo resistente y alcalde desde 1965, la comuna de Suresnes se está pudriendo. Las fábricas cerraban, el paro crecía y, los obreros que antes animaban charlas de ateneo y, aplaudían las funciones experimentales, del teatro municipal, se entregaban a la melancolía del aguardiente y del vino malo. No había en toda Francia, un escenario mejor para inaugurar los nuevos tiempos del socialismo y, enterrar el pasado de las casitas, el falansterio y el ateneo.
Alfonso Guerra fue el encargado de recibir a los invitados internacionales. Cuando el partido aún se reunía en Toulouse, esas vistas eran esporádicas, pero a París acudieron jefes de muchos partidos y, Alfonso se encargó de agasajarlos. Acostumbrados a los ritos masónicos de Llopis, los socialistas europeos esperaban una reunión de catacumbas, lo normal en un partido clandestino de una dictadura bárbara. Cuando se encontraron con un teatro lleno y, un programa de debates amplísimo, protagonizado por profesionales universitarios, muchos de ellos abogados, que se hacían entender en francés y, tenían opinión sobre cualquier asunto, se entusiasmaron.
Por la pasión con que se discutía a gritos, cualquier asunto doctrinal o de actualidad, pareciera como si Franco ya no existiera y, que aquel partido fuese legal. Antes que político, Alfonso Guerra siempre se sintió hombre de teatro y de letras y, aquella era una ocasión irrepetible, para dirigir una gran función. Tal vez no tuviera, la fuerza del texto de “Mariana Pineda”, pero le sobraban golpes de efecto, clímax y giros de la trama. Alfonso estaba en su salsa, entrando y saliendo de escena, coreografiando los debates y dirigiendo a los actores.
El planteamiento no podía ser más trágico, en términos teatrales (mi amigo Rafael Escudero, me contó el desarrollo del Congreso, pintando con su natural sentido de la ironía, a diversos compañeros de subieron al estrado: Paulino Barrabés, con su ojo fastidiado y un brazo prácticamente inútil; otro con muletas, Emilio Barbón que fue diputado y, otro del que no me acuerdo de su nombre, con un garfio de pirata, en lugar de la mano izquierda. Rafa pensó: ¡por dios, en donde me he metido!). Pero la tragedia se situaba en otro lugar: en un reino sin rey, el sucesor al trono renunciaba a ocuparlo. Nicolás Redondo, a quien los 3.586 militantes consideraban ya su jefe, se hizo a un lado, e invitó a Felipe González, para que leyera un informe de gestión, como era costumbre en los congresos del PSOE.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.