Aristóteles, la filosofía (II)
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Para ejercitar la filosofía, “no hay necesidad de instrumentos ni de lugares especiales, sino que, fuera cual fuere el lugar de la tierra, en el que pongamos el pensamiento, éste alcanzará siempre de la misma manera, la verdad, puesto que ésta está presente en todas partes. Un pensamiento, que hallará la aceptación más amplia, en la época helenístico-romana.
La filosofía es, además, un buen objetivo y, constituye el fin metafísico del hombre, aquello en lo que y por lo que, se realiza plenamente la esencia del hombre. En realidad, el hombre es cuerpo y alma. Pero el cuerpo es un instrumento al servicio del alma (al menos eso creían los griegos) y, por tanto, es inferior a ésta. A su vez, el alma está dividida en partes, todas ellas subordinadas a la parte racional. Por tanto, el hombre, “es sólo o sobre todo esta parte”, es decir, el alma racional. Pero la misión del alma racional es alcanzar la verdad y, esta meta sólo se consigue con la filosofía. Por tanto, ésta consiste en la realización, de lo que hay más elevado en nosotros, en nuestra perfección. En consecuencia, el conocimiento es la virtud suprema, es, por decirlo así, la clave de la vida humana.
Se comprende, por tanto, el motivo por el cual, se designa a la filosofía, como el “fin” del hombre. El hecho de haber mostrado que la filosofía, realiza la esencia del hombre, implica directamente esta tesis, ya que la esencia de una cosa, es también su fin. Aristóteles pensó que debía proporcionar una prueba específica, lo cual demuestra que poseía ya, su concepción finalista fundamental, acerca de la realidad y, de algunos conceptos básicos de la metafísica. Lo que es “primero” por la “generación”, es “último”, en cuanto al valor ontológico y, viceversa, lo que es último por la generación, es primero por valor ontológico. Ahora bien, en el hombre primero se desarrolla el cuerpo y después el alma y, en ésta, primero las facultades irracionales y, sólo después la facultad racional. Así, pues, en virtud del principio establecido anteriormente, resulta que el alma racional, que es última en la generación, le corresponde la primacía, en el orden y valor ontológicos, ocupando, asimismo, por tanto, el primer puesto en el conocimiento filosófico, que representa la “virtud” de esta alma.
La filosofía es también útil. Aristóteles desarrolla este punto, en especial para responder a Isócrates, que en “Antidosis”, había sostenido que, el planteamiento filosófico de la “Padeia” académica (ver escrito anterior) era totalmente abstracto, por lo que la filosofía era “inútil”. Aristóteles puntualiza, ante todo, el concepto de la superioridad de la contemplación sobre la acción, de la teoría sobre la práctica. La contemplación tiene un valor autónomo, a la acción le corresponde un valor subordinado… Pero, además, siendo verdadera la tesis, de que la filosofía vale en sí y por sí, sigue siendo cierto, que la filosofía es también útil para la acción, ya que proporciona las normas y los parámetros, de la misma.
Finalmente, la filosofía nos procura la felicidad. En realidad, todos los hombres amamos la vida, siendo ésta algo agradable en sí. Pero la vida más elevada consiste en pensar. Así pues, la suprema felicidad se realiza, en la actividad del pensamiento. Por ello Aristóteles concluye:
“La vida, aun cuando es miserable y difícil por su naturaleza, resulta, no obstante, una realidad tan agradable, que el hombre parece un Dios, en comparación con las demás cosas. En realidad, entre las cosas que hay en nosotros, la inteligencia es el dios y, el “eón” mortal (cada uno de los seres eternos, emanados de la unidad divina) contiene una parte de algún dios. Por tanto, hay que filosofar o marcharse de aquí, despidiéndose de la vida, porque todas las demás cosas, vienen a ser un gran parloteo y vaniloquio (discurso inútil e insustancial)”.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.