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18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Celebrity Traitors: un neurocientífico explica si realmente se puede hacer bostezar a alguien fingiendo un bostezo
Maya Jama en The Celebrity Traitors. BBC/Studio Lambert/Euan Cherry

En el programa de telerrealidad de la BBC The Celebrity Traitors, los traidores —James Acaster, Maya Jama y King Kenny— recibieron un desafío insólito: asesinar a un fiel provocándole un bostezo. Su plan consistía en aburrir tanto a su objetivo que acabara bostezando y, después, pronunciar la frase «¿Te estoy aburriendo?» para consumar el asesinato.

La prueba juega con una de las características más extrañas del bostezo: su capacidad para propagarse de una persona a otra. Ver bostezar a alguien puede bastar para desencadenar un bostezo propio, a veces incluso cuando no se tiene sueño. Pero ¿funcionaría el mismo truco si el bostezo fuera fingido deliberadamente?

El bostezo se encuentra en todo el reino animal y los científicos creen que este comportamiento se remonta a cientos de millones de años. Los seres humanos bostezamos, pero también lo hacen los simios, los perros, los caballos, los reptiles, las aves e incluso los peces, aunque el bostezo contagioso —contagiarse del bostezo de otro individuo— se observa en muchas menos especies.

¿Por qué se contagian los bostezos y qué nos revela esto sobre nuestra forma de responder a los demás? Los investigadores manejan varias teorías, desde la creación de vínculos sociales hasta los mecanismos cerebrales implicados en reconocer e imitar las acciones de otras personas. Estas teorías pueden ayudar a explicar si un bostezo fingido y convincente puede engañarnos y si el desafío de los traidores era tan sencillo como parecía.

Una de las teorías se conoce como la hipótesis del vínculo social. Los seres humanos y muchos animales sociales suelen imitar el comportamiento de los demás sin darse cuenta. Reproducimos expresiones faciales, gestos, posturas e incluso acentos. Esta imitación inconsciente puede contribuir a fortalecer las relaciones sociales y generar un sentimiento de pertenencia.

¿Te estoy aburriendo?

El bostezo contagioso puede ser otro ejemplo de esta imitación social. Los estudios han descubierto que es más probable que las personas se contagien de los bostezos de familiares, amigos y personas a las que conocen bien que de los de desconocidos. Se han observado patrones similares en otros animales sociales. Los lobos, por ejemplo, tienen más probabilidades de responder a los bostezos de individuos con los que mantienen vínculos sociales más estrechos.

Los investigadores también han señalado que el estatus social puede influir en el bostezo contagioso. Los individuos pueden responder más a los miembros de su propio grupo o a los que ocupan posiciones de mayor estatus dentro de él, mientras que sus respuestas suelen ser más débiles ante personas desconocidas y ajenas al grupo. Esto sugiere que el bostezo contagioso puede reflejar las relaciones sociales subyacentes.

Neuronas espejo y simulación mental

Una segunda teoría se centra en los mecanismos cerebrales que nos ayudan a comprender el comportamiento de los demás. Algunos investigadores han relacionado el bostezo contagioso con la actividad de las llamadas neuronas espejo. Estas se activan tanto cuando realizamos una acción como cuando observamos a otra persona realizar esa misma acción, y pueden ayudarnos a comprender las acciones, intenciones y sentimientos de otras personas.

Según esta perspectiva, ver bostezar a alguien activa de hecho nuestro propio sistema del bostezo, lo que aumenta la probabilidad de que respondamos bostezando. Una idea relacionada sostiene que el bostezo contagioso puede estar vinculado al contagio emocional, es decir, a la tendencia a compartir los sentimientos y estados de los demás. Desde este punto de vista, el bostezo contagioso guarda relación con la empatía: nuestra capacidad para comprender las experiencias de otra persona y responder a ellas.

Varios hallazgos respaldan esta posibilidad. El bostezo contagioso suele aparecer alrededor de los cuatro o cinco años de edad, aproximadamente en el mismo periodo en que los niños desarrollan capacidades más avanzadas para comprender lo que otras personas piensan y sienten, una habilidad que suele denominarse «mentalización».

Se ha observado una menor frecuencia de bostezos contagiosos en personas con autismo y en aquellas con rasgos psicopáticos. Sin embargo, aunque este hallazgo encaja con la interpretación popular de estas condiciones, la situación no es tan sencilla.

En el caso del autismo, una menor frecuencia de bostezos contagiosos no refleja necesariamente una menor empatía. Algunos estudios sugieren que las diferencias en la atención —en particular, dedicar menos tiempo a mirar directamente los rostros y los ojos— podrían explicar buena parte del efecto. En otras palabras, si alguien no observa atentamente la cara de la persona que bosteza, quizá simplemente tenga menos probabilidades de detectar el estímulo que desencadena el bostezo contagioso.

Entonces, ¿son contagiosos los bostezos fingidos?

La respuesta es «a veces», pero lo son con menos eficacia que los bostezos auténticos.

Si el bostezo contagioso depende en parte de respuestas sociales y emocionales automáticas, un bostezo fingido y convincente podría activar los mismos mecanismos cerebrales que uno real. Al fin y al cabo, quien observa suele reaccionar ante la apariencia de un bostezo, sin saber si es auténtico.

Sin embargo, si el bostezo parece claramente artificial o exagerado, pueden faltar señales sociales importantes. El observador quizá no simule inconscientemente la acción ni la interprete como una expresión genuina del estado de otra persona. Como resultado, el efecto contagioso puede ser más débil o no producirse.

En resumen, el bostezo contagioso parece depender de algo más que ver una boca abierta. Puede reflejar la conexión social, la atención compartida y una comunicación emocional sutil. Por ese motivo, un bostezo fingido puede ser contagioso cuando parece auténtico, pero es menos probable que uno evidentemente falso active los mecanismos sociales que hacen que los bostezos reales se propaguen de una persona a otra.

Para los traidores, esto plantea una cuestión complicada: ¿podrían hacer bostezar a su objetivo sin que resultara evidente que estaban intentando provocarlo? Su éxito dependía de explotar un comportamiento que es en parte automático, pero no completamente predecible.The Conversation

Stephen Jackson, catedrático de Neurociencia Cognitiva, Universidad de Nottingham

Este artículo se republica a partir de The Conversation bajo licencia Creative Commons.  

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