Talleyrand. De camino a Brumario. VIII
La empresa que se había propuesto Talleyrand de construir un triunvirato, no dejaba de ser peligrosa, porque las garras de los miembros del Directorio aún funcionaban. A demás, habían colocado como ministro de Policía a un hombre extremadamente peligroso: Joseph Fouché (1759-1820), oratoriano y profesor de matemáticas en su origen que, tras votar a favor de la muerte del rey, se había pasado al jacobinismo más radical. Como agente de la Convención y propagador fanático de su intento de descristianización, había decretado la muerte de casi 2.000 personas el Lyon en 1793, ganándose el nada honroso apodo de Mitrailleur de Lyon. Cierto que, con su falta de escrúpulos (es famosa la frase de Napoleón: “Si la traición tuviera un nombre, se llamaría Fouché”), se había apuntado, junto a muchos otros, al golpe de Termidor, pero su temperamento y habilidad como espía del poder (de cualquier poder) seguían incólumes. Se había puesto al servicio de Barras, si bien se decía que estaba empezando a virar hacia Napoleón, aunque los conspiradores no tenían ninguna seguridad, de que aquel feo diablo de lívida faz y ojos de pescado, no se hubiera olido algo de lo que se estaba cociendo y anduviera tras sus pasos, para hacer méritos ante el Gobierno, ciertamente tambaleante, pero aún en pie, del Directorio.
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