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El átomo. El cristianismo primitivo medieval. III


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

San Agustín se alineará completamente, con la “teoría de los cuatro elementos” (agua, fuego, aire, átomos) que, desde entonces, disfrutará de una aprobación casi general. Siglos más tarde Thierry de Chartres, llevará incluso a cabo una cristianización explícita de los cuatro elementos, identificándolos con el cielo (fuego+ aire) y la tierra (agua+ tierra) de la Creación.

¡La Creación! He ahí un tema fundamental de desacuerdo, en principio ineludible e insuperable, entre las enseñanzas bíblicas y, las proposiciones de los átomos, para quienes, como hemos visto, el mundo es eterno e increado, de acuerdo con el principio, de que nada surge de la nada. Ahora bien, la eternidad del mundo es rechazad, por todos los grandes teólogos y escritores de la Iglesia, desde Basilie el Grande y San Agustín, durante los primeros siglos de nuestra era, hasta Santo Tomás de Aquino, en el s. XIII. Escribe Basilio: “Como punto de partida, para discutir acerca de las formas, que le han sido dadas al mundo, conviene, en primer lugar, hablar del origen de este orden, que percibimos en el conjunto de las cosas y, en cada una de ellas tomadas por separado. El cielo y la tierra, al fin y el cabo, son creaciones, como debo recordaros una vez más. No han sido engendrados por sí mismos, contrariamente a lo que muchos han sugerido, sino que han sido creados por Dios. Algunos sabios griegos, han tratado de basarse en un punto de partida materialista y, han atribuido el origen de la estructura del mundo, a unas sustancias, a las que llaman elementos. En cuanto a San Agustín, escribe en “En la ciudad de Dios”: “Pero ¿por qué quiso el Dios eterno, hacer el Cielo y la Tierra, que antes no había hecho? Si quienes hablan así, quieren pretender que el mundo es eteno, que no ha tenido un comienzo y, que, por tanto, no ha sido creado por Dios, dan completamente la espalda a la verdad y, son culpables, de la locura mortal de la impiedad”.

En efecto, los cristianos, no solamente rechazan la eternidad, porque esto es contrario, a la enseñanza formal de la Biblia, sino también porque afirmar, que el mundo ha existido desde toda la eternidad, impone límites inaceptables, a la libertad divina. Si un mundo eterno existe necesariamente, es que no depende de la libre elección del creador. Ahora bien, la contingencia del mundo, es decir, la ausencia de su necesidad, es una idea inseparable del dogma de la creación. Solo Dios es eterno.

Destaquemos, sin embargo, que hay, sobre este fondo de desacuerdo, sobre la eternidad o la adventicidad del mundo, una convergencia – limitada, por supuesto – entre los atomistas y los teólogos de la Iglesia, que se refieren, a la definición misma del tiempo.

“Epicuro dice, que el tiempo, es el accidente de los accidentes, es decir, el acompañamiento de los movimientos”. Por otra parte, San Agustín dice: “Sí, efectivamente, la verdadera diferencia, entre la eternidad y el tiempo, es que el tiempo está marcado, por una serie de cambios sucesivos, mientas que la eternidad no admite ningún cambio ¿quién no ve que el tiempo no existiría, si no se hubiese creado una criatura, que desplazara, tal o cual objeto, con cierto movimiento.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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