Como físico, cuyos estudios quedaban limitados, a las propiedades de los seres inanimados, Niels Bohr sentía cierto escrúpulo, cuando se le invitaba a conferenciar, sobre otros aspectos del conocimiento. Cuando en una ocasión le invitaron a dar una charla, acerca de los beneficios de la luz en la curación de enfermedades, advirtió que se limitaría a glosar aquello fenómenos luminosos puramente inorgánicos, que habían ejercido a través de los tiempos, una especial atracción sobre los físicos, debido, en gran parte, al hecho de ser la luz, nuestro principal instrumento de observación. Sería quizá interesante, abordar el problema de hasta donde los resultados alcanzados, en el dominio más limitado de la física, pueden modificar nuestros puntos de vista, respecto a la posición que ocupan los organismos vivos, en el cuadro general de la ciencia natural. No obstante el carácter sutil de los enigmas vitales, ha surgido este mismo problema, en cada etapa del desarrollo de la ciencia, pues la verdadera esencia de la explicación científica, estriba en reducir los fenómenos complejos, a otros más sencillos. Precisamente, en el momento presente, la limitación fundamental de la descripción mecánica, de los fenómenos naturales, puesta de manifiesto en el reciente desarrollo de la teoría atómica, ha prestado nuevo interés al viejo problema. Este progreso, realizado gracias a un estudio más íntimo, de la interacción, entre la luz y los cuerpos materiales, presenta aspectos que invalidan ciertos requisitos, considerados hasta ahora, como indispensables en una explicación física. Y los esfuerzos de los físicos para dominar esta situación, se asemejan, en cierto modo, a la actitud, más o menos intuitiva, respecto a los aspectos de la vida, adoptada de siempre por los biólogos.