Talleyrand. Tal para cual. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Era costumbre en aquel tiempo y lo siguió siendo durante muchos años (y es posible que no se haya acabado aún) que los encargados de las negociaciones internacionales y de hacer realidad los deseos de los Estados interlocutores, cobraran una comisión “por sus buenos oficios”. Estas comisiones eran conocidas con el eufemismo de douceurs. Así que en cuanto se supo el nombramiento de Talleyrand, los embajadores en París de Prusia, España y Portugal empezaron a hacerle llegar dinero a espuertas para congraciarse con el Directorio. Para evitar suspicacias y rumores degradantes en el interior del país, se pagaban con frecuencia en bancos extranjeros. Para ello, Talleyrand tenía cuentas abiertas en Londres, Hamburgo y Ámsterdam. El “dulcificado” decidía donde.
¿Cómo se veía a sí mismo el nuevo ministro? Ya hemos comprobado que el exobispo de Autun era hombre de conciencia laxa, en absoluto rigorista, ni para con los demás ni, por supuesto, para consigo mismo. Por otro lado, la costumbre venía de antiguo y se consideraba un elemento natural, casi consustancial, del trato diplomático. ¿Por qué iba a cambiar él un hábito que le resultaba tan rentable? Lo cierto es que, aunque los rumores que hacían circular sus enemigos, lo acusaban de venal (y de muchísimas cosas más) nunca fue acusado públicamente de corrupción.
La primera tarea que Charles-Maurice se impuso, al fijar su residencia en París, fue conocer a Napoleón. En aquel momento, el joven guerrero se encontraba en Italia, y Talleyrand le escribió una breve carta “de presentación” en la que le decía: “Sintiéndome anonadado al asumir responsabilidades de enorme importancia ¡cuanta seguridad me confiere saber la fuerza y la facilidad que su gloria aporta a nuestras negociaciones! Basta con citar el nombre de Bonaparte, para que todo resulte más sencillo”.
Su primer movimiento, como vemos, pasaba por la adulación, un arte que conocía muy bien al haber sido, no mucho tiempo atrás, hombre de la Iglesia y de Versalles. El segundo paso consistía en hacer llegar antes que nadie a Napoleón, las decisiones en materia de política exterior que tomaban Barras y los demás directores. Era una idea francamente ingeniosa porque, en realidad, estas decisiones ya no las tomaba el Directorio ni el ministro, sino el mismo Napoleón. Cuando el exobispo se hizo cargo del ministerio, a mediados de julio, Bonaparte ya estaba negociando sin consultar con nadie, un tratado “muy ventajoso” con Austria, que no tardaría mucho en firmar él mismo, también en nombre de Francia, el 17 de octubre de 1797. Fue el tratado de paz de Campo Formio, en el que intervino el conde Ludwig von Coblenz como representante de Austria. Supuso el final de la Primera Coalición, la victoriosa conclusión de las campañas de Napoleón en Italia, y el final de la primera fase de las Guerras Napoleónicas.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.