Talleyrand. Tal para cual. IV
Era costumbre en aquel tiempo y lo siguió siendo durante muchos años (y es posible que no se haya acabado aún) que los encargados de las negociaciones internacionales y de hacer realidad los deseos de los Estados interlocutores, cobraran una comisión “por sus buenos oficios”. Estas comisiones eran conocidas con el eufemismo de douceurs. Así que en cuanto se supo el nombramiento de Talleyrand, los embajadores en París de Prusia, España y Portugal empezaron a hacerle llegar dinero a espuertas para congraciarse con el Directorio. Para evitar suspicacias y rumores degradantes en el interior del país, se pagaban con frecuencia en bancos extranjeros. Para ello, Talleyrand tenía cuentas abiertas en Londres, Hamburgo y Ámsterdam. El “dulcificado” decidía donde.
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