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18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Clickgate: lo que revela un escándalo de trampas en el críquet sobre el difuso «espíritu del juego»
Yogifromhills/Shutterstock

El críquet, considerado según algunos indicadores el segundo deporte más popular del mundo, tiene cierta predilección por protagonizar escándalos bastante peculiares. Las relaciones entre el Reino Unido y Australia se vieron sometidas a una gran tensión por la forma en que Harold Larwood, un minero del carbón de Nottinghamshire capaz de lanzar bolas de críquet a gran velocidad contra los bateadores, lanzó contra Don Bradman y el resto de su equipo durante la serie «Bodyline» de 1932-1933. Aquella táctica llegó incluso a provocar una grave fractura de cráneo al guardameta Bert Oldfield. Ha pasado casi un siglo, pero los aficionados al críquet todavía discuten sobre aquel episodio.

Después estuvieron los tres jugadores de críquet pakistaníes condenados por ponerse de acuerdo para lanzar bolas nulas en un partido entre Inglaterra y Pakistán disputado en 2010. El efecto global sobre el resultado del propio encuentro fue mínimo, pero el escándalo recibió una considerable cobertura mediática internacional.

Además, y sin ningún orden en particular, hemos tenido el «sandpapergate», un escándalo por manipulación de la pelota que terminó con el entonces capitán australiano, Steve Smith, disculpándose entre lágrimas ante las cámaras de televisión; la polémica de 1979, provocada por Dennis Lillee, sobre si era correcto utilizar un bate de críquet de aluminio en lugar del tradicional de madera; y el escándalo de 1994 del entonces capitán de Inglaterra, Mike Atherton, conocido como «la suciedad en el bolsillo», relacionado con los supuestos intentos de conseguir que la pelota describiera una trayectoria curva en el aire. Y eso sin entrar siquiera en los numerosos escándalos de apuestas que ha sufrido este deporte.

Pero el reciente caso conocido como «Clicky Ponting», ocurrido en la North Yorkshire and South Durham Cricket League, parece ser algo completamente distinto. En julio de 2026 aparecieron imágenes de vídeo de Brian Devine, situado en la posición de primer slip —el jugador que se coloca junto al bateador para atrapar las bolas desviadas por el borde del bate—, aparentemente chasqueando los dedos para imitar el sonido que produce una pelota de críquet cuando golpea el canto del bate.

Al parecer, Devine llevaba bastante tiempo recurriendo a este truco —y engañando por el camino a los árbitros—, según se ha informado. Y el Saltburn CC había estado eliminando bateadores gracias a ello. El club ha suspendido a Devine «por un futuro previsible». Es posible que haya otras sanciones.

Nadie ha defendido abiertamente que los jugadores del Saltburn —cabe preguntarse si al menos algunos de los compañeros de Devine conocían esta práctica concreta— no estuvieran traspasando una línea. Pero lo interesante es lo que este caso revela —o deja de revelar— sobre el críquet en general.

El espíritu del críquet (en teoría)

El críquet hace un verdadero esfuerzo por reivindicar algo que denomina el «espíritu del críquet». En la década de 1990, dos antiguos jugadores internacionales, Ted Dexter y Colin Cowdrey, impulsaron la idea de que este deporte reconociera que siempre debe practicarse conforme al debido «espíritu» del juego.

En el año 2000, el preámbulo de las leyes del juego —el críquet se toma demasiado en serio como para conformarse simplemente con tener reglas— sostenía que debía practicarse «no solo de acuerdo con sus leyes, sino también conforme al espíritu del juego».

En otras palabras, el críquet se considera a sí mismo un deporte con un atractivo único. Y ese atractivo se fundamenta firmemente en la idea de que este deporte es, de algún modo, diferente de los demás (léase: mejor que ellos). Sin embargo, la realidad de cómo se juega no siempre parece corresponderse con esa imagen.

La conducta que se atribuye a Devine está claramente fuera del «espíritu del juego». Pero existen formas similares de hacer trampas en todos los deportes: por ejemplo, golpear el balón con el puño para introducirlo en la portería por encima del guardameta en los cuartos de final de un Mundial, o fingir que se ha sufrido una herida sangrante durante un partido de rugby union para facilitar una sustitución que, de otro modo, no habría estado permitida. Analizo este tipo de situaciones con mucho más detalle en mi propio trabajo sobre la falta de integridad en el fútbol moderno.

Sin embargo, esos otros deportes no parten de la posición moralizante de que su disciplina es, de alguna manera, diferente. El hecho de que los árbitros de críquet no dispongan de medios para sancionar a los jugadores sobre el terreno de juego es revelador. No tienen tarjetas amarillas ni rojas —ni ningún sistema equivalente— a su disposición. En un deporte en el que se da por sentado que todo el mundo juega conforme al «espíritu» del juego, se considera que esas medidas simplemente no son necesarias.

El espíritu del críquet (en la práctica)

Lo que los debates sobre el espíritu del críquet ponen de manifiesto sistemáticamente es la falta de consenso sobre lo que ese «espíritu» significa en realidad. Sin duda, sus principios son encomiables, pero la práctica legítima sobre el terreno de juego viene determinada por las 42 leyes de este deporte, cuya interpretación corresponde a los árbitros. Estos ejercen su criterio en función de cómo consideran que deben aplicarse las reglas en cada situación concreta.

La única forma lógica de invocar algo tan impreciso como el espíritu del críquet consiste en determinar si una acción se ajusta a las reglas. Si no te gusta una acción concreta, aunque se considere legal, debes encontrar la manera de convencer a quienes supervisan estas cuestiones para que cambien las normas. Eso no significa que el espíritu del críquet no exista. Pero no puede existir —y, de hecho, no existe— con independencia de las reglas del juego.

Lo que probablemente más irrita es que muchos miembros de la comunidad del críquet dan por sentado que este deporte es único en ese sentido. El deporte no se practica en un vacío moral. El respeto por los adversarios y por el propio juego está claramente presente en todas las disciplinas deportivas. Pensemos en el jugador de bádminton o de tenis que levanta la mano a modo de disculpa cuando la pelota toca la red y sale favorecido por ello. O en el jugador de rugby que derriba a un rival y después le ofrece la mano para ayudarlo a levantarse. Practicar cualquier deporte exige —o debería exigir— que los participantes se traten con cierto respeto. Esa es la base de una sociedad mejor en todos los sentidos.

La conducta que se atribuye a Brian Devine en el caso Clickgate será desaprobada por prácticamente todas las personas que siguen el deporte. Y con razón. También constituye un ejemplo más de cómo jugadores de críquet de todos los niveles recurren a prácticas poco limpias y a comportamientos inapropiados. Sin embargo, el críquet sigue pareciendo convencido de que es único porque se juega de una manera diferente. No es así. Ha llegado la hora de que este deporte despierte y lo reconozca.

Artículo publicado en The Conversation.

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