El pasado 25 de septiembre, los militantes de ultraderecha Loïk Le Priol y Romain Bouvier fueron condenados, respectivamente, a veintiséis y diecinueve años de prisión. El primero, por el asesinato del jugador argentino de rugby Federico Martín Aramburu; el segundo, por tentativa de asesinato. A finales de agosto de 2026, un policía destinado en el departamento de Yvelines, sospechoso de preparar un proyecto de acción terrorista y considerado próximo a la ultraderecha, fue imputado y puesto en prisión preventiva. Unas semanas después, un adolescente de 15 años fue detenido en Lyon, sospechoso de haber preparado una acción violenta contra un instituto de la ciudad, en un contexto de adhesión a una ideología supremacista y racista de ultraderecha.
Estos casos son diferentes y deben considerarse como tales. Sin embargo, su sucesión invita a examinar con mayor atención los procesos de radicalización, pero también los de abandono de la radicalidad, es decir, las trayectorias mediante las cuales algunas personas se distancian progresivamente de la violencia y de los entornos en los que estaban implicadas. En estos ámbitos, los conocimientos que Francia ha acumulado sobre el yihadismo podrían resultar muy útiles.
Yihadismo y ultraderecha: mecanismos a veces comunes
Mis investigaciones con personas vinculadas al yihadismo y a la ultraderecha muestran que, detrás de sus evidentes antagonismos ideológicos, determinados mecanismos sociales y biográficos pueden presentar sorprendentes similitudes: el deseo de convertirse en héroes, la recuperación de la autoestima o la nostalgia de un pasado idealizado.
Comparar estos universos no significa equipararlos: sus doctrinas y sus genealogías son profundamente diferentes. Precisamente, la comparación permite distinguir lo que corresponde a cada ideología de aquellos mecanismos más generales que intervienen en la adhesión a movimientos radicales.
Una restauración narcisista
Una de las convergencias más llamativas tiene que ver con lo que podríamos denominar dinámicas de restauración narcisista. En algunos de los individuos entrevistados, el compromiso radical permite reelaborar experiencias de humillación, pérdida de estatus social, fracaso o insignificancia. Como me confesó uno de ellos:
«Antes de incorporarme a los movimientos identitarios, sufría discriminación y se me descalificaba. Con ese compromiso me había convertido en un auténtico líder, en un reclutador de militantes en el mundo digital, y se me reconocía y respetaba dentro de esos movimientos».
Otro explicaba:
«Al unirme al Estado Islámico, pensaba que participaba en un gran proyecto y que tendría un papel en la Historia».
Quien se percibía como invisible se convierte en combatiente; quien experimentaba una sensación de impotencia pasa a ser defensor de una comunidad amenazada; quien sentía que no tenía ningún control sobre su propia vida se incorpora a una lucha presentada como histórica.
Estas experiencias no conducen automáticamente a la radicalización. Sin embargo, la ideología puede transformar una herida individual en una injusticia colectiva, dotarla de significado y permitir una forma de ennoblecimiento personal.
Un horizonte utópico idealizado
A esta restauración individual responde, en ocasiones, una restauración imaginaria de la colectividad. Los universos yihadistas pueden recurrir a la imagen de un califato unificado, poderoso y virtuoso; los de la ultraderecha fantasean con una Europa étnicamente homogénea, blanca y cristiana. Saladino, Jerusalén, las Cruzadas, Carlos Martel o los templarios se convierten así en recursos simbólicos desvinculados de su contexto histórico.
Uno de los militantes de ultraderecha entrevistados durante mis investigaciones se había tatuado en el brazo la expresión «Deus Vult» («Dios lo quiere»), una fórmula asociada en el imaginario contemporáneo al llamamiento a la primera cruzada. Se trata de una muestra del papel que este pasado reinventado puede desempeñar en la construcción de la identidad.
La estructura temporal es comparable: el presente se interpreta como decadencia, el pasado como una grandeza perdida y el futuro como una restauración. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman denominaba «retrotopía»: el horizonte utópico se desplaza hacia un pasado reconstruido e idealizado.
Por tanto, estas ideologías no invitan simplemente a regresar al pasado: lo utilizan para hacer que el futuro vuelva a parecer deseable. La restauración individual y la colectiva pueden reforzarse mutuamente: reparar simbólicamente el mundo permite también, a algunos individuos, repararse a sí mismos.
Cuando las radicalidades se mezclan en internet
El entorno digital ha transformado profundamente los espacios de socialización radical. Los espacios en línea permiten exponerse, a veces de manera sucesiva, a contenidos procedentes de universos conspiracionistas, masculinistas, racistas, neonazis o aceleracionistas. Estos últimos apuestan por agravar el caos y la violencia para precipitar el colapso del sistema.
Estas circulaciones y combinaciones entre distintos repertorios ideológicos se describen a veces con la expresión inglesa «salad bar extremism», o extremismo de barra libre: determinados actores recurren a varios universos ideológicos, en ocasiones contradictorios, para construir su propia visión del mundo.
Las trayectorias pueden desarrollarse, por tanto, mediante acumulación: fragmentos ideológicos se van sumando a través de las recomendaciones algorítmicas, los foros, la mensajería privada, los vídeos cortos y las comunidades digitales. En ellos se mezclan el humor transgresor, las teorías de la conspiración, la fascinación por las armas, los discursos masculinistas e incluso, en ocasiones, la glorificación de autores de matanzas masivas.
Estas circulaciones pueden atravesar fronteras ideológicas que, en principio, parecen infranqueables. Al referirse a los vídeos de propaganda yihadista, uno de los militantes de ultraderecha a los que entrevisté reconocía su capacidad de atracción:
«Hay que reconocer que son muy buenos en comunicación»; «aunque no seas musulmán, resulta atractivo».
Para los profesionales que se enfrentan a estas situaciones —educadores, agentes de los servicios de inteligencia o magistrados—, no siempre resulta sencillo determinar dónde termina la convicción ideológica y dónde empieza la provocación.
La ira, las humillaciones, las frustraciones afectivas o sexuales y la sensación de pérdida de estatus social también pueden manifestarse en internet, recibir la validación de un grupo y ser reinterpretadas progresivamente desde una perspectiva política.
Estas dinámicas conducen a una conclusión: las intersecciones entre la ultraderecha, el masculinismo, el conspiracionismo y las subculturas digitales deben constituir un objeto de investigación por derecho propio.
Prevenir antes de la tragedia
La historia reciente invita a desconfiar de las respuestas tardías. En materia de radicalización yihadista, Francia no comenzó a estructurar una verdadera política pública de prevención hasta 2014, especialmente en el contexto de las salidas de ciudadanos hacia Siria e Irak.
Los atentados de 2015 provocaron después un cambio de escala: formación de profesionales, creación de unidades de seguimiento en las prefecturas, mecanismos de alerta y atención, programas de abandono de la radicalización, financiación de investigaciones y creación de puestos especializados. En 2018, el plan nacional «Prevenir para proteger» movilizó a veinte ministerios en torno a sesenta medidas.
Por tanto, una gran parte de los instrumentos de los que disponemos hoy se construyó cuando la amenaza ya se había hecho evidente.
El precedente yihadista invita a actuar con prudencia. Después de los atentados de 1995-1996, un largo periodo de calma pudo hacer creer que la amenaza se había alejado de forma duradera. Esa percepción se mantuvo hasta los asesinatos cometidos por Mohammed Merah en 2012, que precedieron a la oleada de atentados de los años siguientes.
La ausencia de atentados masivos de ultraderecha en Francia no significa que no se produzcan actos de violencia. El 31 de mayo de 2025, en Puget-sur-Argens, Hichem Miraoui fue asesinado y otro hombre resultó herido en un ataque racista y antimusulmán del que se hizo cargo la Fiscalía Nacional Antiterrorista. Además, desde 2017 se han frustrado dieciséis atentados o planes de atentado atribuidos a la ultraderecha.
Por tanto, una amenaza no se mide únicamente por el número de víctimas mortales que ya ha causado. También debe evaluarse a través de los proyectos terroristas frustrados, las trayectorias individuales y las transformaciones de los ecosistemas ideológicos. Precisamente antes de que se produzca el acto violento es cuando la prevención adquiere todo su sentido.
Respuestas públicas desiguales
Frente al yihadismo, Francia dispone actualmente de un conjunto de competencias y dispositivos especializados: responsables de referencia en materia de radicalización, mediadores especializados en cuestiones religiosas en las prisiones, psicólogos y educadores especializados, unidades de evaluación y atención a personas radicalizadas, así como programas individualizados como el PAIRS. En una década se ha constituido un auténtico ecosistema de profesiones, conocimientos y prácticas.
La respuesta a la violencia de ultraderecha está menos estructurada, especialmente en materia de prevención y abandono de la radicalización. Esto no significa que no exista ninguna actuación: los servicios de inteligencia y la administración penitenciaria prestan ahora una mayor atención a estos perfiles.
Uno de los militantes de ultraderecha a los que seguí durante mis investigaciones salió de prisión después de cumplir una larga condena sin haber tenido acceso a un programa especializado para abandonar la radicalización. Su caso plantea una pregunta sencilla: ¿qué ofrecemos a una persona que desea distanciarse de este tipo de compromiso?
No se trata de crear una nueva burocracia, sino de trasladar a otras formas de radicalización los avances logrados en la lucha contra el yihadismo, identificando mejor los procesos de pérdida de estatus social y humillación, de recuperación personal, de socialización digital y de hibridación ideológica.
Prevenir estas trayectorias no significa vigilar las opiniones políticas ni criminalizar a un electorado. En una democracia, las ideas radicales pueden expresarse siempre que se mantengan dentro del marco establecido por la ley. La actuación de las políticas públicas debe comenzar cuando aparecen discursos que glorifican el odio o intenciones de recurrir a la violencia.
Ya disponemos de parte de los conocimientos, los profesionales y las herramientas necesarios. No esperemos a que una tragedia nos obligue a construir de urgencia aquello que todavía podemos desarrollar hoy.
Artículo publicado en The Conversation.





