Como es sabido, el movimiento obrero socialista siempre fue muy cuidadoso en relación con las huelgas; debían ser bien meditadas, solamente debían ser emprendidas cuando la organización sindical correspondiente fuese fuerte, contando con potentes cajas de resistencia, debían ser ordenadas y pacíficas, y solamente se declararían como último recurso. En repetidas ocasiones hemos estudiado esta cuestión en El Obrero, acudiendo al propio Pablo Iglesias. En el otoño de 1901, El Socialista volvió sobre este tema (lo hizo en multitud de ocasiones, con fines pedagógicos), criticando a los anarquistas, pero, sobre todo, a los lerrouxistas, poniendo como ejemplos huelgas del tipo que defendía el socialismo y que finalizaron con éxitos para los obreros.