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Josep Burgaya

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

Estado de shock

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La noticia sobre la imputación judicial del expresidente Rodríguez Zapatero ha supuesto una sacudida excesiva para la cultura de izquierdas, donde la ética y la moralidad de sus representantes políticos siempre han sido un principio fundamental. En la actual polarización de la política española, donde la derecha juega una estrategia de destrucción total respecto al gobierno de izquierdas y al presidente Pedro Sánchez, resulta difícil saber qué es verdad, qué es solo una posibilidad y qué es abiertamente la práctica generalizada del lawfare por parte de una judicatura española casi totalmente alineada con la estrategia política de la derecha y la extrema derecha. Resulta evidente que se levantan imputaciones ficticias, como en el caso de la esposa de Sánchez, con un juez Peinado cuya rapidez para mover el caso y llevarlo a juicio resulta tan insólita como el hecho de que la propia judicatura no lo haya apartado de un caso en el que manifiesta una hostilidad injustificada. Desgraciadamente, también es cierto que el PSOE ha sido muy poco cuidadoso con un entorno con demasiados Ábalos, Koldos y Santos Jordán. Se podrá decir, y es cierto, que los casos de corrupción del Partido Popular son más numerosos y de mayor importancia, y que su única ventaja es que la judicatura los deja morir por antigüedad e inanición o, si hace falta, prevaricando.

¡P’alante!

Vivienda

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Que la vivienda es el principal problema del país es algo de lo que creo que poca gente duda. Es inaccesible para la mayoría de los ciudadanos, tanto en régimen de alquiler como de compra. Existe un déficit de oferta. Se calcula que en España faltan 900.000 viviendas que, de construirse, sin duda equilibrarían la oferta y la demanda y provocarían una bajada de los precios, tanto en una forma de acceso como en la otra.

Prioridad nacional

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Este se ha convertido en un concepto dominante en España de la mano de la ultraderecha de Vox y de la aceptación y normalización que hace de él el Partido Popular. Una exigencia de los de Abascal a la hora de formar gobiernos de coalición con los populares en comunidades autónomas como Extremadura y Aragón; pero vendrán más. Una manera de situar el tema de la inmigración en la agenda política y electoral de la peor forma posible, fomentando el rechazo, el desprecio y la segregación de la población recién llegada.

Pecar por exceso

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

El capitalismo contemporáneo sufre la paradoja de depender de unas tecnologías que aumentan exponencialmente la productividad del trabajo, pero esta mejora de la productividad no repercute ni en los trabajadores ni en la sociedad. Una mayor capacidad productiva genera dosis más grandes de desigualdad y empobrecimiento, un mundo en el que una parte de la población se vuelve prescindible. Una auténtica “economía del absurdo”. Además, cuando la izquierda y la derecha hablan del capitalismo, se refieren a una entidad imaginaria. Los mercados libres competitivos ya no existen, son un mito. Estamos en una economía dominada por los oligopolios y sin que los Estados puedan o quieran hacer gran cosa para evitarlo. Las grandes empresas se han apoderado de los reguladores a través del sistema de puertas giratorias. Es lo que se conoce como “captura regulatoria”. La regulación acaba desempeñando la función inversa: impide la entrada de nuevos participantes. Es evidente que, cuanto mayor es la concentración, más rentables son las empresas y más bajos los salarios. Décadas de desigualdad en un crecimiento sin precedentes han generado grandes dosis de resentimiento que han abierto la puerta a la airada reacción populista. Los ganadores de la globalización y del predominio extremo del mercado se fueron alejando de los perdedores y establecieron un distanciamiento social creciente, casi de desarraigo.

A vueltas con el turismo

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La industria turística, y su masificación, tiene una contradicción de base: no se puede ser a la vez singular y multitudinario. Este último aspecto destruye el atractivo de lo diferente. Pero la lógica de un sector industrial capitalista es la apuesta máxima: reducción de costes, abaratamiento, multiplicación. Aunque hemos convertido el viaje, la actitud turística, en algo cotidiano y transversal a todo lo que hacemos, apostar por este sector es ya algo arcaico, al igual que pretender mantenerlo. Es una actividad de dudoso beneficio colectivo, con costes medioambientales que no se pueden asumir, y resulta imposible democratizarla; es una cuestión de física, de la relación entre espacio y movimiento de los cuerpos. Si hemos colapsado, estamos en situación de bloqueo cuando el turismo internacional solo lo pueden practicar 2.500 millones de personas y, sin embargo, pretendemos —y seguramente es voluntad de la gente— ampliarlo por las posibilidades de renta de las nuevas clases medias en una proporción aproximada de 200 millones adicionales anuales. En una década, hemos duplicado el número de turistas internacionales. Se puede discutir si esto técnicamente puede ser posible, si las leyes de la física y la capacidad de construir infraestructuras lo hacen factible, pero resulta indiscutible su insostenibilidad medioambiental, de entrada, además de la económica, social y urbana. ¿Doblar la vivienda turística cuando somos incapaces de proporcionarla a todos los ciudadanos?

Bienvenidos al caos

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La llegada al poder de Donald Trump ha resultado mucho más disruptiva de lo que podíamos esperar, incluso teniendo en cuenta sus ya muy singulares manifestaciones previas. Ha destruido cualquier noción de multilateralidad en las relaciones internacionales, instaurando una inaudita preeminencia de la fuerza bruta. La diplomacia, como medio de relación entre países y como intento dialogado de evitar conflictos, ha sido enviada al olvido. Cualquier situación de equilibrio entre los intereses globales de las potencias ha sido dinamitada en nombre de construir un nuevo mundo que, como culmen del cinismo, se ha presentado bajo el relato de poner fin a guerras preexistentes. Ha prendido fuego al comercio internacional como base del progreso compartido, considerando que su balanza comercial negativa era un robo y no, como realmente es, una brutal falta de productividad en su propio territorio. Ha instaurado aranceles comerciales desmesurados de la manera más arbitraria posible, como forma de castigar a los países cuyo sistema socioeconómico y democrático no le agrada. Nunca la metáfora del elefante en una cacharrería había sido tan adecuada como ahora. Ha ocupado la agenda mediática realizando comparecencias explosivas cada día, practicando el matonismo y humillando a quienes estaban presentes. Ha afirmado deshacer las guerras, y lo único que ha hecho es fomentar el genocidio de Israel en Gaza y Cisjordania o empujar a Ucrania a entregarse de forma dócil en manos del imperialismo ru so. Ha intervenido en Venezuela, no en nombre de la libertad, sino del petróleo, para facilitar, mediante una presidenta títere, el saqueo de los recursos naturales por parte de las multinacionales norteamericanas y, por cierto, también de la española Repsol.

Proteger a los menores de las redes sociales

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Pedro Sánchez ha anunciado que el Gobierno de España, mediante un decreto ley, obligará a las plataformas de internet que han desarrollado redes sociales a impedir el acceso a todas las personas menores de dieciséis años, en la línea de lo que ya hacen Francia y también Canadá, como acabarán haciendo muchos otros países. Ya existen suficientes evidencias y estudios científicos que demuestran el perjuicio que comporta su utilización y adicción durante los años de formación y de conformación de la personalidad de niños y adolescentes. El vínculo con la pantalla y la falsa construcción de espacios de relación impiden un desarrollo saludable, así como el establecimiento de relaciones personales y sociales sólidas y naturales. Se acaba viviendo en un mundo de ficción que provoca el abandono del mundo real y dificulta la creación de vínculos y afectos saludables.

La política del terror

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Una de las maneras más descarnadas de ejercer el poder es generar miedo entre aquellos a quienes se quiere dominar, ya sean personas o países. Una de las formas más efectivas que tiene el terror para mostrarse y ejercerse es la imprevisibilidad. No tener ninguna seguridad de si serás acusado o reprimido y que no haga falta ninguna motivación para que caiga sobre ti la brutalidad del poder con excusas impensables. Stalin, en los años más duros del sistema soviético, era un maestro en esto. Miedo a ser denunciado, a atraer la mirada de los inquisidores o a que los mismos familiares o amigos te denunciaran para ganarse la indulgencia del régimen. No se requería ninguna causa ni prueba formal para ser detenido o imputado; podía suceder porque sí, por azar, por casualidad, por la mala leche de alguien o por el deseo de algún funcionario de ganar puntos. Millones de personas acabaron en el Gulag y muchas fueron torturadas o desaparecieron. El conjunto de la sociedad soviética vivía atemorizado, intentando pasar desapercibido, sin normas ni garantías a las que acogerse. Si al hecho inesperado le añades una brutalidad fuera de toda medida, el mecanismo del espanto funciona todavía mejor. La violencia arbitraria actúa como un gran somnífero destinado a sustraer toda noción de libertad, reducida a pura supervivencia. El nazismo alemán funcionó también con esta lógica. Cualquiera, por cualquier cosa o por nada, podía ser detenido y entrar en un mecanismo kafkiano que podía llevarlo a ser brutalmente torturado o a su desaparición física. Todo el mundo tomaba nota de lo que, otro día, podía pasarle a él.

La teoría del caos

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Faltan palabras para definir de manera completa las políticas que está practicando Donald Trump. En poco tiempo, ha dinamitado el orden geopolítico del mundo y ha enviado el derecho internacional y la práctica de la diplomacia a la papelera de la historia. Su acción resulta de una brutalidad extrema, pero no se puede negar que es totalmente disruptiva. Bienvenidos al caos. Ha acabado con la multilateralidad abriendo conflictos bajo el predominio de la amenaza y del abuso de la fuerza. Ha desaparecido toda sutileza en las intenciones de los Estados Unidos como potencia. Todo tiene que ver, abiertamente, con el saqueo de los recursos naturales allí donde se encuentren y mezcla las declaraciones de guerra con los negocios de las grandes corporaciones pero, especialmente, de las empresas familiares. La fuerza del ejército americano como vía para tomar el control del petróleo, las tierras raras, islas estratégicas o solares donde construir emporios inmobiliarios sobre las ruinas de Gaza. Han desaparecido el respeto y las buenas maneras. El brutalismo se impone exhibiendo discursos absolutamente ridículos, paródicos y estremecedores. Estamos a merced de un loco rodeado de gente muy peligrosa, dispuesta a todo, como si hubiéramos entregado un arma a un mono de feria. Pero esta conducta infantil y la sensación de improvisación cumplen con el objetivo de atemorizarnos y hacernos incapaces de cualquier respuesta. Nos supera, porque era totalmente inesperado y fuera de toda lógica de la razón humana. La duda reside en saber si realmente Trump es lo que parece o bien resulta ser un magnífico actor en una obra de teatro muy mala.

El futuro no es Trump, es China

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Donald Trump y el populismo que avanza de manera incontrolada se mueven en la lógica de generar el desorden y el caos. Venezuela y todo lo que vendrá son una buena muestra de ello. La amenaza y el belicismo son las formas que han adoptado las relaciones internacionales. Ha muerto la diplomacia y el uso de la fuerza y la brutalidad preceden a negociaciones a las que una de las partes llega de manera agónica. A pesar de las ínfulas norteamericanas, su declive es evidente y las maneras actuales no hacen sino poner de manifiesto sus debilidades. La dimensión geopolítica sobrevuela este mundo en crisis e inmerso en una gran confusión. La emergencia de China, su avance lento pero imparable hasta obtener primero la hegemonía económica y después la militar, es el contexto que da sentido a muchos conflictos actuales. Estados Unidos se siente desafiado y sus golpes de ciego en política internacional, especialmente evidentes con la actual presidencia, pueden entenderse por el desasosiego que provoca la inevitable hegemonía futura del gigante asiático. El dinamismo de su economía, la creciente influencia internacional no solo en Asia, sino también en África o América Latina, su desarrollo militar, su capacidad financiera que la convierte en poseedora de una parte importante de la deuda norteamericana, la capacidad tecnológica o el diseño de la Nueva Ruta de la Seda parecen señales claras tanto de su capacidad como de su voluntad de entrar en una nueva era. Están ganando la batalla de la tecnología.

Europa en una encrucijada

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Europa es un término geográfico, pero, sobre todo, es un concepto, una idea, un planteamiento social y cultural de referencia. En Europa nace y se impone la razón ilustrada, así como la idea del progreso de la humanidad. Ven la luz las nociones de colectividad, de sociedad, de la función integradora y cohesionadora de las administraciones públicas, los derechos humanos universales y el papel fundamental que tiene la concepción social y económica del Estado del bienestar. Lógicamente, Europa también ha significado en otras épocas opresión en forma de colonialismo y la insana tendencia a resolver las divergencias internas con dos grandes guerras mundiales que dejaron un balance de sesenta millones de muertos. Tenemos también la inmensa mancha del totalitarismo de los años treinta y la perversión extrema e injustificable del Holocausto. Europa ha sido capaz de construir un sentido de identidad colectiva por encima de los nacionalismos y las culturas nacionales. Unidad y diversidad. Una identidad basada en valores democráticos de tolerancia, libertad y respeto a las minorías. Una colectividad unida por una cultura con muchos rasgos compartidos que se construye a mediados del siglo XIX y que va desde la literatura rusa, la ópera italiana, la filosofía alemana, la capitalidad de París, hasta la enorme fuerza de lo que se ha denominado la Mitteleuropa. En el siglo XX, Europa erige, tras una gran guerra devastadora, un proyecto de sociedad compartido por las dos grandes opciones políticas que se alternan en los gobiernos, como son la socialdemocracia y la democracia cristiana. El Estado del bienestar es, probablemente, uno de los mayores peldaños civilizatorios alcanzados en la historia de la humanidad. Resulta de una voluntad y un deseo de entendimiento y cooperación para limitar las desigualdades a las que conduce el capitalismo si no existen políticas equilibradoras y compensatorias. La idea de que o el bienestar es para todos o, moralmente, no es posible para nadie.

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Cada vez más nihilistas

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En las últimas décadas, dominadas culturalmente por los postulados posmodernos, además de la crisis de los valores democráticos y la influencia nefasta de la tecnología digital, se desprende un cierto relativismo moral. Esta falta de convicciones y de ideas sólidas suele derivar hacia el nihilismo, en un no creer en nada más allá de uno mismo y la pretensión de consumir y acumular riqueza. Una posición que, intelectualmente, puede resultar atractiva, cómoda y apreciada estéticamente, pero que tiene poco sentido práctico y que abole cualquier noción de sociedad y de progreso de la humanidad.

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Escaso sentido de lo colectivo

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En todas partes se produce un fenómeno que parece imparable. La derecha más extrema y desacomplejada se impone políticamente, y lo hace contando con el apoyo de los sectores sociales más excluidos que, antes, se sentían representados por los partidos progresistas y de izquierdas. La América de Trump, la Italia de Meloni, la Hungría de Orbán o la Argentina de Milei son buenos ejemplos y no los últimos: quienes malvivían gracias a ayudas sociales de contención, acaban votando a quien afirma que lo primero que hará es eliminarlas. Una muestra de que amplios sectores sociales, los más necesitados, se han desvinculado de los sindicatos y partidos que los representaban. Unos utilizan mucho las estrategias populistas, pero los otros algunas cosas no deben haber hecho del todo bien. Las dinámicas políticas y sociales de las últimas décadas evidencian cómo en Occidente los sectores populares cada vez se sienten menos representados por las opciones progresistas, ya que buena parte de estas han abandonado la pretensión de conseguir una mayor nivelación económica entre los grupos sociales, optando por la defensa de preocupaciones particulares a partir del establecimiento de identidades fracturadas y definidas en torno a cuestiones culturales. Resulta significativo que la izquierda no tenga, en general, planteamientos en relación con el combate contra la desigualdad y sobre el futuro del trabajo. Si hay un tema crucial hoy y hacia el futuro, es la pérdida de puestos de trabajo, la imposibilidad de empleo para todos y que gran parte de lo que quede tenga unos mínimos de dignidad. El significado del trabajo tiene mucha más incidencia que el salario y el reparto de rentas. Condenamos a gran parte de la población no solo a vivir subvencionada, sino a carecer de una cultura, dignidad y orgullo ligados al trabajo.

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La política como frustación

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Estamos en un mundo en el que la política y los políticos atraen las iras de una ciudadanía humillada, defraudada y sin propósito ni sentido de colectividad. Se ha impuesto la actitud pospolítica o antipolítica, como se refleja en el ascenso imparable de las extremas derechas, las cuales encuentran su mejor ecosistema en la polarización extrema y el uso de un lenguaje desatado, presentándose como los redentores ante unas clases medias atemorizadas y unos sectores populares que se sienten abandonados. En realidad, sin embargo, no hay política si entendemos esta como el espacio de planteamiento y resolución de los grandes retos y conflictos, como el ámbito en el cual se dan curso a las prioridades estratégicas de lo colectivo, en detrimento de la inmediatez de lo puramente individual.

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Tener opinión no es lo mismo que tener criterio

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Nunca como ahora los porcentajes de analfabetismo habían sido tan bajos, ni el número de personas con titulación universitaria tan elevado, tanto en España como en el resto del mundo. Pero nunca como ahora el analfabetismo funcional había alcanzado cotas tan altas. Y no me refiero a la brecha digital, sino a la incapacidad mayoritaria para disponer de una cultura general aceptable. Claudio Magris ha reflexionado sobre la ignorancia considerada como una virtud de nuestros tiempos, con manifestaciones recibidas con simpatía como si revelaran una genialidad o una sensibilidad superior al frío uso de la razón. Los informes PISA, no solo sobre el nivel de los estudiantes, sino sobre la capacidad de comprensión numérica y lectora, son, como mínimo, deprimentes.

La postración europea

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La fotografía, en la Casa Blanca, entre Donald Trump y Ursula Von der Leyen, resultó una imagen patética, la evidencia de la rendición de la Unión Europea ante las amenazas de los Estados Unidos. Una genuflexión en toda regla que no es solo una derrota económica, sino también una humillación política y cultural. Además del inmenso beneficio económico para los Estados Unidos, existe para Trump el valor añadido de convertir a Europa —más dividida que nunca por el ascenso político de la extrema derecha en muchos países— en una caricatura de sí misma, una destrucción de los valores que representa. La dirigente europea, en una salida absurda, afirmó que se trataba de un gran acuerdo. Aunque Europa tenía en ese momento malas cartas para negociar, en todas las cancillerías se cree que la dirigente alemana no ha estado a la altura de las circunstancias, que se ha entregado sin ni siquiera haber luchado. Los grandes padres del europeísmo deben de revolverse en su tumba. Además de potencial negociador, nos faltan políticos que mantengan en pie el proyecto europeo y que se hagan valer frente a los nuevos líderes belicosos y populistas que los tiempos actuales nos han traído.

El turismo como pulsión absurda

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Nos movemos todo el año, pero en verano el fenómeno turístico, aquí y allá, resulta del todo insoportable. Viajar y hacer turismo son dos formas antitéticas de recorrer el mundo. Vagabundear y explorar era algo posible en el pasado, cuando el viaje aún no se había industrializado. Viajar no es hacer turismo; un turista no es un viajero. Es una diferencia que planteó Paul Bowles, que además de escritor fue un reputado viajero. Establecido durante años en Tánger, allí escribió El cielo protector, novela en la que el protagonista, justamente, no se considera turista, sino viajero. La diferencia residía en el tiempo: “mientras el turista suele apresurarse a volver a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza lentamente durante años de un punto a otro de la tierra”, escribió. Esta es una visión entre romántica y aristocrática del viaje. La sostiene alguien que dispone de tiempo y, por tanto, de rentas suficientes para vivir sin trabajar. Se asocia la autenticidad del viaje al elitismo económico y social, mientras que al turista solo le quedaría el movimiento fácil, superficial y falso. El viajero explora a fondo y consigue un nivel de experiencia vedado a los turistas. El turista, en cambio, solo está de paso durante sus vacaciones pagadas y limitadas. Según esta visión, el viajero “conoce”, mientras que el turista únicamente “reconoce” aquello que ya ha visto en los folletos de la agencia.

Morir por exceso

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Aunque el turismo es una actividad que se ha desestacionalizado y se practica durante todo el año, cuando llega el verano al sector se le hace la boca agua al ver cómo, este año también, batiremos récords de visitantes, como si eso fuera un beneficio para todos, lo cual dista mucho de ser cierto. Nunca tienen suficiente. En 2024, visitaron España 90 millones de extranjeros. Más que nunca. Esta temporada, ya prácticamente todo contratado, lo superaremos y probablemente desbancaremos a Francia como la primera potencia turística mundial. Todo un logro. A Barcelona llegan 30 millones de visitantes (si contamos extranjeros y nacionales) y poco importa el efecto sobre una ciudad que ha sobrepasado, con creces, su capacidad de carga. Una industria que aporta, casi, el 15% del PIB. Dicen que es nuestro petróleo, pero, como este, solo proporciona una riqueza aparente y los efectos colaterales son demasiado importantes como para no tenerlos en cuenta. En realidad, es una opción económica muy frágil, débil, que genera riqueza sobre todo para compañías aéreas, plataformas de internet y grandes grupos hoteleros que no están radicados aquí, mientras nos deja unas pocas monedas en el destino, deteriora la economía y las condiciones sociales. Las ciudades de Cataluña con rentas medias más bajas son aquellas especializadas en el turismo. El secreto de esto: los bajos salarios que se pagan y los contratos temporales. Desde el punto de vista económico, la especialización turística es siempre una apuesta perdedora, para el territorio y para su sociedad. Requiere flujos de trabajadores recién llegados dispuestos a trabajar en condiciones de semiesclavitud. Esta es la realidad.

Apagón informativo

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Hay varias maneras de estar desinformado. Una es estar desconectado o no tener acceso a medios de comunicación. Esta primera opción resulta difícil. ¿Cómo te aíslas? Si lo miramos bien, no es tan mala opción si queremos tener una vida digna y no estar sometidos a una presión constante en la que más que informarnos, se trata de sufrir un estrés continuo por no saber si lo que consumes tiene una mínima calidad o si, por el contrario, es solo “grasa” que funciona como distracción manipuladora. Obviamente, el resultado es que quedas como un elemento extraño, antisocial y ajeno a la realidad. La opción contraria, que es estar hiperconectado, leyendo todo lo que encuentras en los periódicos, en las redes, en medios de todo tipo sin distinguir sesgos ni intereses, sin diferenciar entretenimiento de información, sin matices entre periodismo y opinión, te acaba intoxicando por exceso y, sobre todo, porque ya no hay manera de saber qué es falso y qué es pura invención. Los rumores y las noticias se superponen, y lo que prometen los titulares de clickbait no te acaban dando lo que prometía ese tentador redactado que funciona como un anzuelo. A la hora de estar informados, también menos, es más. Si no sabemos el origen y la autoría de lo que consumimos, si las informaciones no responden a una cabecera y a periodistas reconocidos por su responsabilidad profesional, acabamos intoxicados —ahora lo llaman infoxicación— y, con seguridad, nada informados.

La corrosión de la desigualdad

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Nunca la capacidad productiva de la humanidad había llegado a la que ahora poseemos. El viejo mito de conseguir la suficiencia productiva y acabar con la escasez hace ya hace unas décadas que se logró. El maquinismo, el desarrollo tecnológico avanzando en proporciones geométricas, nos ha dado la posibilidad de sostener dentro de los límites de la dignidad a la totalidad de una población que se ha multiplicado por diez en los dos últimos siglos. Sin embargo, la teoría económica, las estructuras sociales, el pensamiento político y los valores morales sólo se han desarrollado en proporciones aritméticas. Nunca ha habido en la historia de la humanidad tanta gente pobre y socialmente excluida. Dos miles de millones de personas sobreviven por debajo de los límites de la pobreza, y el hambre sigue siendo la principal causa de mortalidad del planeta. En nuestro mundo, como nunca en la historia, conviven en un contraste brutal niveles de riqueza sin parangón, con digna miseria de otros siglos, o aún peor. La falta de equidad, la desigualdad extrema y creciente es el concepto que mejor define en los últimos cuarenta años, en una progresión que no parece tener límites, como tampoco parece tenerles la capacidad de aceptación cultural que se ha ido generando al respecto, como si la injusticia social fuera algo consustancial a la condición humana. La pobreza ya no es algo vinculado al subdesarrollo de amplias capas del planeta, como quizás era el retrato de la era colonial y poscolonial, sino que es una condición que se da, aunque en proporciones variadas, en todas partes sea cual sea el nivel de desarrollo global del país o el papel desempeñado en la distribución global de la producción.

El apagón

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Aceptémoslo, somos muy vulnerables. Lo vivimos de manera extrema y trágica con la pandemia y ahora de forma inesperada y casi anecdótica lo acabamos de experimentarcon el apagón eléctrico. En el mundo extremadamente tecnificado y aparentemente donde todo está controlado no nos libraremos de incertidumbres, accidentes y de qué suceda lo improbable. Esto ha ocurrido siempre, pero, quizás, el problema de hoy es que no estamos dispuestos a aceptarlo. Pedimos certezas y seguridades absolutas de que no son posibles y cuando sucede algo que no estaba en nuestro imaginario exigimos explicaciones, responsabilidades y que alguien lo pague. Nada nos gusta más que la católica tendencia a repartir culpas, cortar cabezas y que a alguien se le imponga pena por unos daños que no se sabe exactamente cuáles son. Lógicamente, en un mundo que debería estar presidido por la razón ilustrada es necesario buscar causas y explicaciones a fenómenos que, más o menos, pueden resultar perjudiciales. Más que nada para corregir lo que sea susceptible de hacerse y no repetir experiencias que tienen costes económicos y sociales bastante importantes. Sería estúpido no hacerlo y achacarlo todo al azar o a un mal alineamiento de los astros. A veces y como en este caso, la causalidad resulta algo compleja de averiguar.

La identidad de la izquierda

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

A partir de la crisis de las referencias ideológicas tradicionales, en Europa, lo que había sido la izquierda revolucionaria adoptó el conglomerado de posiciones que provienen de la configuración del pensamiento posmoderno, especialmente desde 1968. En lugar de situarse al lado de la Modernidad, del racionalismo y de la visión colectiva que emanaba de la Ilustración y de la Revolución Francesa, se apuesta por una filosofía que rechaza el concepto de verdad objetiva e historicidad, y que atribuye a los pensadores ilustrados el origen de las formas políticas totalitarias y de todos los males ocurridos y provocados por el mundo occidental a lo largo del tiempo. La extrema izquierda asume la paradoja de defender medios y objetivos autoritarios para el triunfo de planteamientos fundamentalistas y dogmáticos, justamente en nombre de superar lo que, afirman, es el poder omnímodo del Estado. Estamos ante una visión del mundo que se construye entre 1960 y 1980, especialmente en Francia, y que pasa a tener presencia e incluso hegemonía en las grandes universidades norteamericanas y que, desde allí, regresará a Europa convertida en una cultura social que induce fuertemente al activismo. Un mundo que gira en torno a los agravios sociales y culturales y que pretende convertir la lucha política en una confrontación por la hegemonía cultural, simplificando mucho los planteamientos de Gramsci, centrándose en marcadores identitarios de género, sexualidad, raza..., y muchos otros. Se deja en segundo plano, o directamente se obvia, toda referencia a las desigualdades socioeconómicas o al conflicto inherente a una sociedad dividida en clases.

Seguridad

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

El mundo se ha vuelto más inseguro de manera muy evidente, aunque nunca haya sido un remanso de paz. Hay hechos objetivos en la geopolítica mundial que lo avalan. El Israel de Netanyahu, la Rusia de Putin y la nueva política estadounidense de la mano de Donald Trump nos lo dejan muy claro. También es una percepción desde una determinada posición en el globo. Una buena parte del mundo nunca se ha sentido segura porque la pobreza y la desigualdad son factores de incertidumbre vital que muchas personas nunca han dejado de sufrir. Para ellas, el ambiente es tan desagradable hoy como lo ha sido siempre. Pero en el mundo occidental sí hemos vivido décadas bastante tranquilas, donde los conflictos, si es que se producían, lo hacían de forma muy localizada. Vivimos una situación nueva, aunque la desintegración y el conflicto en la antigua Yugoslavia ya nos indicaron que algo había cambiado en un mundo que giraba en torno a dos grandes potencias. Ya no había ni hay equilibrio. Ahora, sin embargo, se ha impuesto el desorden, un caos no organizado donde vuelve a predominar la amenaza, y la diplomacia y el acuerdo parecen haber desaparecido. Europa es quien más sufre este nuevo panorama. Disponíamos de un paraguas occidental de defensa, liderado y financiado en gran parte por Estados Unidos, que de repente desaparece mientras el entorno y la posibilidad de guerra en Europa empiezan a ser una posibilidad real.

El brutalismo

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Este término suele definir un estilo arquitectónico que se impuso después de la Segunda Guerra Mundial, consistente en construcciones de grandes dimensiones e impacto, levantadas en un continuo, siguiendo algunos de los criterios tardíos de Le Corbusier. No se trata de insertar la construcción en el entorno dialogando con él, sino de intervenciones “brutales” que se convierten en referencia y modifican notablemente las funciones del entorno. Parecería, últimamente, que la política ha adoptado esta característica de impacto contundente sin hilar demasiado fino en las formas ni en los detalles. La diplomacia ha dado paso al uso de la amenaza y de la fuerza. No se trata de convencer ni de encontrar soluciones sostenibles a largo plazo, sino de forzar capitulaciones de manera claramente impuesta y sin matices posibles. Donald Trump es la culminación de esto. En política interna e internacional, ni dialoga ni intenta convencer: da órdenes tajantes acompañadas de amenazas brutales si no se cumplen de forma inmediata y sin discusión. Un lenguaje nuevo en las relaciones internacionales y en el debate político. No hay argumentos, solo discursos terminales y directrices a cumplir. Tradicionalmente, en política y en toda negociación, lo importante era que pareciera que todos ganaban algo, que las victorias fueran discretas y que no se humillara a los menos favorecidos. Ahora se trata justo de lo contrario: evidenciar el triunfo exagerando el abuso y las formas degradantes. Solo gana uno, no hay segundo, todos son perdedores y merecen ser escarnecidos por serlo. Comunicativamente, el “malismo” funciona muy bien como relato.


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